El Comercio
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Autor: luisariasarguellesmeres_72
Viga Azul: Jugando a ganar
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Luis Arias Argüelles-Meres | 14-01-2018 | 8:29| 0

Este Real Oviedo de Anquela, aun no venciendo, convence. En Vallecas se jugó a ganar, se mostró ambición y mordiente desde el primer momento. Por fortuna, ya parece un mal recuerdo aquel equipo de la temporada pasada y de principios de la liga actual que jugaba agarrotado fuera de casa y que, al mínimo revés, se venía abajo y recibía correctivos a veces humillantes.

Desde que el balón se pone en juego, el Oviedo presiona arriba. Jugadores como Aarón y Saúl Berjón son temidos por los rivales. En el centro del campo, hay seguridad, tanto por parte de Folch como de Rocha, y esa defensa que se diseñó en los últimos partidos, con Forlín dirigiendo la batuta, es un auténtico baluarte. Y, por si todo ello fuera poco, en las llamadas jugadas de estrategia, incluidos los saques de esquina, el repertorio de la chistera de nuestros lanzadores parece estar muy lejos de agotarse.

Por otra parte, en el encuentro del viernes, nos enfrentábamos quizás al rival más difícil de toda la Segunda División cuando juega en casa. El fútbol que practica el Rayo como local, además de atesorar calidad, derrocha oficio. De ahí que, a pesar de que, antes de que el equipo madrileño marcase, el Oviedo estaba siendo el mejor en el campo, supieran aprovechar la ocasión que se les brindó con una defensa desacertada que permitió un centro letal que supuso que se adelantasen en el marcador. Un fallo defensivo del Oviedo, y, como consecuencia de ello, gol en contra.

Con todo, el conjunto carbayón no perdió la fe en sí mismo. De hecho, le dio la vuelta al marcador y todo parecía indicar que, de hacerse efectiva la victoria del Oviedo, el salto cuantitativo y cualitativo sería enorme. Por eso, cuando el Rayo se quedó con diez jugadores, la esperanza de ganar estaba fundada. Pero llegó esa penalti, como mínimo dudoso, y se cumplió el guión de que contaríamos con un arbitraje polémico, que empezó con la tarjeta Forlín, claramente rigurosa.

Aun así, a punto estuvimos de llevarnos los tres puntos de Vallecas, en ese lanzamiento magistral de Rocha que dio en el palo. Hubiera sido la culminación de un Oviedo que se lleva reivindicando varios partidos y que su última trayectoria tiene todos los visos de ser algo más que una buena racha.

Noche fría en Vallecas, en contraste con aquellos lejanos años en los que el Rayo en casa jugaba por la mañana. Noche fría que no entumeció el juego ovetense.

Se jugó a ganar en uno de los estadios más difíciles de la actual Segunda División. Y se pudo haber conseguido.

Este Real Oviedo de Anquela va en serio.

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Recuerdos de Oviedo: Aquellas tardes en Aristos
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Luis Arias Argüelles-Meres | 14-01-2018 | 11:35| 0

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“Mi vida, no; las vidas, / mis generaciones, mis estrellas todas, / las futuras memorias/ donde estemos, / mi sangre con deleite/ y un blanco olvido/ de ceguera y de beso”. (Manuel Altolaguirre).

Hubo un tiempo en el que las discotecas eran para las tardes. Hubo un tiempo en el que, teniendo que estar en casa a las diez de la noche para cenar, las dos o tres horas anteriores de algunas tardes las pasábamos en las discotecas. Hubo un tiempo en Oviedo, allá por la década de los setenta, en el que eran muchas las discotecas que había en Oviedo cada una con su personalidad propia. Y, entre ellas, Aristos destacaba no sólo por el esmero que se ponía a la hora de seleccionar la música, sino también por la zona donde estaba, nada menos que en la calle Cervantes, así como por el ambiente que allí había, que, con mayor o menor grado de consciencia de ello, podría aseverarse que pretendía estar acorde con el nombre de la discoteca.

Aquellas inolvidables tardes en Aristos, sobre todo, de viernes y domingos. Si tocaba de viernes, solía ser una de las mejores opciones a nuestro alcance para celebrar el principio del fin (de semana). Si tocaba de domingo, vivíamos aquello como un antídoto que nos hiciera olvidar que nos esperaban madrugones y rutinas.

En todo caso, hubo un tiempo en que Aristos era nuestra discoteca preferida en Oviedo. Como escribí más arriba, se podía escuchar buena música. Por otro lado, la pista de baile tenía un atractivo especial, era pequeña y acogedora. Además su acústica facilitaba una atmósfera muy agradable para bailar.

Hablamos, por otra parte, de una discoteca que se fundó, si los datos no me fallan, en septiembre de 1970. A partir del 74, cuando me faltaba un año para cumplir los 18, empecé a frecuentarla. No sé exactamente cuándo cerró Aristos, pero me consta que, al menos se mantuvo abierta al menos hasta la década siguiente.

Nunca olvidaré al portero de aquella discoteca, elegante y bonachón, además de discreto. Iba uniformado de un modo muy de acorde con la prestancia que tenía Aristos. Se diría que, además de cumplir con su función, aportaba un plus de tranquilidad al establecimiento, sobre todo, para aquellas personas que la estrenaban.

Aquellas tardes en Aristos, sobre todo, en otoño e invierno. Era muy grato entrar cuando el tiempo estaba desapacible, cuando caían los aguaceros, cuando había rachas de viento gélido que nos hacía sentirnos indefensos. Frente a todo ello, la buena música y la comodidad que ofrecía aquella discoteca. Nunca se tenía la sensación de que su interior estaba atiborrado de gente. Tampoco se percibía lo contrario. Y aquello obedecía al acierto en la decoración y en el diseño.

Ofrecía Aristos la tranquilidad necesaria tratándose de una discoteca, sin estridencia en la música, aunque fuese movida y bailable. Lo mismo podría decirse en lo referente a la seguridad. Jamás vimos una pelea ni el más mínimo atisbo de altercado en su interior.

Aquellas tardes en Aristos. Pongamos un invierno del último año de la década de los setenta, hacia las 9 y media de la noche. Fuera de la pista de baile, tomando un vodka con naranja a medias, escuchando la música lenta, evadiéndonos del jaleo y el alboroto de aquella fiebre que había entonces con el devenir de la política en un país que había estrenado las libertades muy pocos años antes. Pongamos que la magia de la música, unida a aquellas luces tenues y en movimiento contribuían lo suyo a vivir el momento de un modo suave, hasta aterciopelado, cerca del ensueño, lejos de la inquietud.

Aquellas tardes en Aristos. Hablo de los años inmediatamente anteriores a lo que se llamó la movida. Hablo de un tiempo y un país que cada día se juramentaba para convencerse de que los malos tiempos habían pasado, de que las libertades habían llegado para quedarse con nosotros, que aquello no era un espejismo, sino una realidad, por mucho que el decorado y la música que nos envolvían pudieran hacer creer que afuera las cosas no eran tan idílicas.

Creo que es importante dejar sentado que Aristos, con su música y su diseño, fue anterior a la movida, y que, por si ello fuera poco, su estética interior, a pesar de ser de los años setenta, se libró de lo peor de aquellos decorados tan chillones y desafortunados.

Aristos fue anterior a la fiebre del sábado noche. Su nivel de exigencia a la hora de seleccionar la música tenía el listón más alto que lo que dictasen las modas, siempre efímeras.

Una luz deslizándose por la pared que teníamos a nuestra espalda, una mesa pequeña sobre la que estaban las copas, el cenicero y la cajetilla de tabaco, un suelo que tenía no sé qué de calidez, una música cuyos acordes envolvían y animaban sin necesidad alguna de estridencia. Unas conversaciones cuyo tono no desafinaba con todo lo que estoy describiendo.

¿Y la pista de baile? ¿Y en la pista de baile? Unas cuantas parejas bailando lento, que no la llenaban nunca; al menos así me lo hacen ver todas las imágenes que evoco. Y cuando se bailaba suelto, se diría que era la música la que lo marcaba todo, no sólo el ritmo, también las puestas en escena, que nunca eran llamativas, que no buscaban protagonismo, que se dejaban llevar por la batuta de la discreción y de la armonía.

¿Cuántas vidas se habrán unido en aquella pista a resultas de haber decidido bailar juntos? De algunas tengo constancia.

Vuelvo a aquella tarde de 1979, creo que eran primeros de diciembre. A aquel jersey verde de cuello de cisne, a aquellos pantalones que ya no eran –por fortuna- acampanados, a aquel vodka con naranja, que entonces se llamaba “destornillador”, a aquel cenicero pequeño pero con fondo suficiente para que las colillas se perdiesen en su interior. A aquella conversación en la que las palabras no eran las protagonistas, a aquella sensación de que el antes y el después estaban lejos, por lo mucho que nos llenaba el momento.

A la salida, embebidos de lo que había sido aquella tarde, sin decir palabra, seguramente le transmitimos con nuestros gestos una inmensa gratitud al portero de Aristos.

Aristos, la elegancia.

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Sobre la obra periodística del Rector Leopoldo Alas
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Luis Arias Argüelles-Meres | 12-01-2018 | 2:46| 0

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“No extrañéis, dulces amigos, / que esté mi frente arrugada/. Yo vivo en paz con los hombres/ y en guerra con mis entrañas”. (Antonio Machado).

“El hombre es, por encima de todo, heredero. Y que esto y no otra cosa es lo que le diferencia radicalmente del animal. Pero tener conciencia de que se es heredero es tener conciencia histórica”. (Ortega y Gasset).

Acaso con excesiva lentitud, todas las iniciativas que se vienen tomando encaminadas a la recuperación de la figura de Leopoldo Alas y García Argüelles, hijo de Clarín y rector de la Universidad de Oviedo, fusilado ignominiosamente en febrero del 37, contribuyen a que, de una vez por todas, se haga justicia poética y justicia histórica a una personalidad que, según mi criterio, es el último representante de lo que puede considerarse la época más esplendorosa de la Universidad de Oviedo. No sólo hablamos del hijo de ‘Clarín’, sino también del heredero de aquel ‘grupo de Oviedo’ que estuvo en la vanguardia en su tiempo de las universidades españolas.

Acaba de salir a la luz un libro que recoge la obra periodística del rector Alas. Una obra periodística que, ante todo y sobre todo, no es anecdótica ni secundaria en el caso que nos ocupa. Tengamos en cuenta que el rector Alas nació en 1883, en el mismo año que Ortega y Gasset. Pertenece, por tanto, a una generación, la de 1914, cuyo rasgo distintivo más fundamental era el afán pedagógico, que iba mucho más de las aulas, que se plasmaba en los periódicos. Hablamos de un tiempo en el que la generación que protagonizó la proclamación del único Estado no lampedusiano de nuestra historia contemporánea, convirtió la vida pública en un aula, con las ‘Misiones pedagógicas’ de Casona y ‘La Barraca’ de Lorca, llevando el teatro a los pueblos, con la omnipresencia en los periódicos, difundiendo el saber e influyendo en la opinión pública. Recordemos a este propósito aquello que dejó escrito Ortega, en el sentido de que el español huye de lo solemne como es el libro y la cátedra y que, para llegar a él, hay que servirse de esa plazuela intelectual que es el periódico.

En esta obra periodística del rector Alas que acaba de publicarse, hay artículos que son mucho más actuales de lo que puede pensarse, que hablan de la minería en Asturias, que inciden en el espíritu antitaurino que había empezado con Jovellanos y Larra, que se ocupan de lo que debe ser la misión de la Universidad, que insisten en el imperativo de que el conocimiento tiene que llegar a toda la ciudadanía y no ser privilegio de las clases adineradas.

Por otra parte, muchos de los artículos del rector Alas que se reproducen en este libro fueron publicados en los medios más prestigiosos e influyentes de la España de la época. Por ejemplo, en el diario ‘El Sol’. Por ejemplo, en la Revista ‘España’, fundada en 1917 por Ortega y que, según el filósofo nacía del matrimonio más español que existe, el formado por el enojo y la esperanza. El hecho de que Leopoldo Alas colaborase en estos medios da cuenta del prestigio que alcanzó en su día no sólo como profesor universitario, sino también como un miembro activo de la generación de 1914 comprometido con el ideario republicano.

Rector Alas, una vocación marcada por el convencimiento de que el saber y el conocimiento nos hacen mejores y nos emancipan. Una vocación periodística al servicio de un país más próspero y más justo.

Que sus escritos y afanes se recuperen supone un desquite frente al asesinato del que fue objeto. Fue fusilado por su compromiso con su tiempo y con su país.

Leer este libro significa, volviendo a lo afirmado en las primeras líneas de este artículo, plantar cara a un oprobio y asomarse a lo que fueron los anhelos y afanes de un representante de la mejor Asturias y de la mejor España.

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Recuerdos de Oviedo: “Nos vimos en el Choko”
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Luis Arias Argüelles-Meres | 07-01-2018 | 12:48| 0

“El poeta añade sombras al mundo, sombras claras y luminosas, como luces nuevas”. (Pedro Salinas).

Hubo un tiempo en Oviedo, a lo largo de la década de los setenta, en el que, entre los numerosos bares, cafés y cafeterías que había en la ciudad, se hablaba, sobre todo, de dos grandes establecimientos hosteleros, que eran Logos y el Choko, muy distintos y muy poco distantes entre sí. Para los que no fuimos asiduos, se diría que en el Choko la diversidad de gente era enorme, no resultaba fácil hablar de un público muy homogéneo ni por razones de edad, ni tampoco por otros criterios.

Tengo para mí que El Choko fue, además de otras muchas cosas, el lugar de referencia para la mayor parte de la gente que se acercaba a Oviedo y disponía de un tiempo para socializar o tomar algo. Estaba garantizado contar con sitio, así como la calidad de los productos y el servicio. Y, además de todo eso, siempre había por allí alguna persona conocida.

¿Quién no conocía el Choko, no ya en Oviedo, sino también en toda Asturias? Por lo que leí en su momento, el establecimiento del que venimos hablando estaba inspirado en una conocida y enorme cafetería de Madrid que se ubicaba en la calle Claudio Coello. Desde luego, fue un éxito.

Me atrevería a asegurar que, más que citarse allí, lo que había en el local que aquí nos trae era encuentros, esto es, resultaba muy fácil, a pesar de la enormidad del local, encontrarse allí con personas conocidas no sólo de Oviedo, sino también –y sobre todo- de cualquier localidad de Asturias. El Choko venía a ser en este sentido un punto de encuentro casi siempre por azar. Allí, como dije un poco más arriba, hacían parada muchas gentes que, por razones distintas, se acercaban a Oviedo. Tras los trámites, tras las compras, tras las visitas de rigor, etc., era muy frecuente acercarse a esta cafetería de referencia. Todo el mundo sabía dónde estaba, y no sólo por lo céntrico de su ubicación, sino también por el prestigio que se había ganado desde el momento mismo de su apertura.

Por otra parte, no sabría precisar ni el cuándo ni el cómo de mi primera estancia en el Choko. Fue, sí, en los años setenta, en plena adolescencia. Lo que sí recuerdo fue mi última visita a esa cafetería, concretamente a su terraza, una noche de verano en los ochenta, una de esas noches maravillosamente cálidas en las que el viento sur empujaba a las nubes, en un cielo en el que la luna estaba a punto de alcanzar su máximo esplendor en tamaño y brillo.

Y, ya que hablamos de terrazas, me parece obligado hacer mención al local hostelero de Oviedo que tuvo en su momento la terraza más acogedora de la ciudad: El Café de Alfonso, que, en muchos aspectos, era la antítesis del Choko, empezando por el tamaño del establecimiento y siguiendo por la uniformidad y asiduidad de su clientela. Desde luego, cuando se cerró el Café de Alfonso, fuimos muchos los que lo lamentamos, porque no sólo tenía buen servicio y distinción, sino que además se trataba de un café sin imitaciones ni imitadores, de un café muy singular. que además estaba muy cercano al Choko.

Regreso a aquella noche de verano en la década de los 80 en la que éramos los únicos clientes de la terraza en el Choko. Estábamos muy lejos de sospechar que era nuestra última estancia en aquel inolvidable café. Nos resultó curioso que nos atendiera un veterano camarero al que conocíamos desde hacía muchos años cuando trabajaba en una cafetería de la llamada Plaza de la Paz. Probablemente, estaba en vísperas de su jubilación, lo cual, bien mirado, resultó muy simbólico.

“Nos vimos en el Choko”. No exagero si digo que no es fácil abarcar el montón de recuerdos que me llevan a esta cafetería, no sólo porque, a lo largo del tiempo, fueron muchas las ocasiones en las que entré allí, sino también porque, dada su gigantesca superficie, podría decirse que allí adentro convivían en el mismo momento ambientes muy distintos.

Por ejemplo, según nos adentrábamos en el café, había, a mano izquierda, una especie de reservados que marcaban un ambiente muy distinto al del resto del local. Por otro lado, si la memoria no me falla, creo recordar que la barra empezaba teniendo una altura más o menos estandarizada y, según nos íbamos acercando al fondo del local, era mucho más baja, favoreciendo más la confidencialidad, creando un ambiente más parecido al de sentarse a una mesa y conversar.

Todo un mundo, no sólo por la amplitud, sino también por los distintos ambientes. Al menos, en sus últimos años, si algún cliente recibía allí una llamada telefónica, se le avisaba por el altavoz. Así pues, tecnología punta pensando en aquellos tiempos.

Se decía que en el Choko “se ligaba mucho”. A decir verdad, no puedo confirmar tal cosa por propia experiencia, si bien es cierto que hubo una ocasión, a finales de los setenta, al fondo del todo de la cafetería, donde había un montón de mesas con cómodos espacios entre ellas, en la que fui testigo de un intento de esto que se decía, intento marcado por la brocha gorda, que no estuvo muy lejos de derivar en un episodio desagradable por lo grotesco.

Fue el Choko un café que hizo de avenida cubierta en Oviedo. Un establecimiento que forma parte importante de la historia de nuestra ciudad.

¡Cuántas veces oímos decir y dijimos que “nos vimos en el Choko”!

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¿Vendrá Montoro con la rebaja?
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Luis Arias Argüelles-Meres | 05-01-2018 | 1:55| 0

«Los propósitos de Año Nuevo son simplemente cheques que los hombres hacen con fondos de un banco en el que no tienen cuenta». (Oscar Wilde).

Ahí los tenemos: tal y como informa EL COMERCIO, se trata de unos presupuestos «progresistas», según el alcalde Wenceslao López, y «el más social» que jamás tuvo esta ciudad, a juicio de los ediles Rosón e Iván Álvarez, pero, ¡ay!, al decir de la Oficina Presupuestaria municipal, tienen un grave lastre, y es el déficit de financiación, o sea, la ley Montoro, una de las leyes del chiripitifláutico ministro. Con don Cristóbal se ha topado el Gobierno vetustense. Con un ministro mucho más temido que admirado.

¡Qué complicada está resultando la política de esta ciudad para el equipo de gobierno municipal! No sólo les toca hacer frente a las deudas del pasado más reciente, deudas nada pequeñas, como bien se sabe, sino que además, se encuentran de bruces con las limitaciones que imponen las leyes que vino aprobando Montoro.

O sea, tras un proceso bastante complicado para alcanzar un pacto presupuestario entre las tres fuerzas políticas que conforman el llamado tripartito, se encuentran con una barrera legal que puede llegar a obstaculizar la razón de ser de cualquier partido de izquierdas que se precie, esto es, un presupuesto con un fuerte contenido social.

Esto es el juego de birlibirloque. O sea, era razonable legislar contra unos endeudamientos municipales que llevaban camino de no poder pagarse nunca, contra despilfarros faraónicos de los que tenemos muy claros ejemplos en Oviedo. Ahora bien, no es lo mismo endeudarse para convertir una ciudad en una especie de Camelot chillón y hortera, que exprimir unos presupuestos encaminados a políticas sociales, máxime en unos tiempos en los que las desigualdades son crecientes y llevan camino de convertirse en insufribles. Lo legal y lo legítimo, lo posible y lo irrenunciable. La dialéctica está muy clara.

Sea como sea, parece que tenemos ante nosotros un panorama muy claro: el equipo de gobierno del Ayuntamiento de Oviedo apuesta por lo social, aunque ello conlleve enfrentarse a lo legislado por Montoro.

Así pues, enfrentamiento con la oposición que planteará, casi seguro, su rechazo a estos presupuestos, y enfrentamiento a las respuestas que puedan venir de otros marcos legales en lo estatal y hasta en lo autonómico.

Lo único que está garantizado es que no habrá aburrimiento. Y que Montoro, fiel a sí mismo, vendrá con la rebaja.

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