El Comercio
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Autor: luisariasarguellesmeres_72
Recuerdos de Oviedo: Sorpresa en la Plaza de Pedro Miñor
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Luis Arias Argüelles-Meres | 21-05-2017 | 7:55| 0

“Tan gloriosa es una bella retirada como una gallarda acometida”. (Gracián).

Con las obras de construcción del parking de la plaza de la Escandalera, su fuente nada pretenciosa, pero muy nuestra, dejó de estar en su sitio, la misma fuente con la que nos encontrábamos todos los días a la ida y a la vuelta del colegio en la etapa en la que vivíamos en la plaza del Carbayón. Y, a decir verdad, cuando dejamos de verla, yo no sabía si había desaparecido para siempre, o si volvería a su sitio cuando finalizasen las obras.
Y el hecho fue que, sin poder precisar la fecha concreta, una tarde en los años setenta, inesperadamente, volví a verla en la plaza de Pedro Miñor. Y allí sigue.
Recuerdo que me acerqué a ella deteniéndome allí unos minutos, para cerciorarme de que, en efecto, era la misma fuente que había estado en la Plaza de la Escandalera. Y, a decir verdad, no encajaba mal en su nueva ubicación, al tiempo que le daba su no sé qué de prestancia a la plaza donde había sido trasladada.
Además, aquel encuentro –o reencuentro- fue en los setenta, o sea, en plena adolescencia. Y, miren ustedes por dónde, quizás haya sido una de mis primeras vivencias en las que saboreé lo agridulce de recuerdos gratos de un tiempo, aunque cercano, irrecuperable. Quiere decirse que hay momentos en la adolescencia en los que se echa de menos la infancia, aunque es más frecuente que, en esa etapa de la vida, se sueñe con momentos delirantes en un futuro más o menos próximo, más o menos perfecto.
Lo primero que me pregunté en aquella tarde fue si la presencia de esa fuente, entre otras cosas, significaba que el centro de la ciudad se iba desplazando hacia arriba, porque, bien pensado, el hecho de que, para llegar a la plaza de Pedro Miñor, uno de sus accesos más cómodos fuese recorrer antes la calle Valentín Masip significaba, o podría significar que la ciudad también crecía, al igual que el adolescente que rescato en esta historia.
Acaso me influyó mucho ver de nuevo la fuente de forma inesperada, pero lo cierto es que tuve sentimientos encontrados. Por un lado, su nueva ubicación incrementaba el atractivo de aquel rincón de Oviedo al final de la calle Valentín Masip. Por otra parte, confieso que no me hubiese disgustado que, tras las referidas obras, hubiese vuelto a su sitio de siempre. Pero había que asumir la realidad, esto es, el crecimiento.
Plaza de Pedro Miñor, años 70. Había algo del centro de Oviedo que se desplazaba hacia un enclave más alto de la ciudad, enclave que, como escribí más arriba, estaba muy cerca de una calle que estrenaba mucha actividad comercial.
Plaza de Pedro Miñor. No sólo llevaba un nombre muy notable en la ciudad, sino que además se “amueblaba” con algo que había formado parte del centro mismo de Oviedo. La suma de ambas cosas le daba a aquello una raigambre innegable.

Transcurrieron muchos años antes de que la plaza de Pedro Miñor se convirtiese en un lugar de paso camino del nuevo Tartiere, en una referencia de esa ruta gloriosa que, para muchos de nosotros, representa el oviedismo.
Y no sólo estamos hablando de un lugar de paso en el que el oviedismo es protagonista, sino también de una plaza acogedora y agradable, en la que a su alrededor hay establecimientos con mucho tirón, tanto en su interior como en las terrazas que despliegan por casi todas las esquina de la plaza.
Plaza de Pedro Miñor, desembocadura de una calle muy comercial y muy viva, lugar de paso al nuevo Tartiere, atractiva cita para disfrutar en cualquiera de sus terrazas, Y, por si todo ello fuera poco, no sólo lleva incorporado un nombre ilustre en la historia de Oviedo, sino que además cuenta con la fuente de la que venimos hablando como una incorporación de un Oviedo céntrico y tradicional.
Plaza de Pedro Miñor, a la entrada y a la salida de los encuentros que se juegan en el Carlos Tartiere, es un hervidero de oviedismo. Por las tardes, en los días más tranquilos de la semana, es frecuente ver a niños jugando. Y, además de todo eso, los establecimientos hosteleros que hay a su alrededor cumplen sus deberes de calidad y elegancia.

Pero regresemos a aquella tarde del reencuentro. Recuerdo que llovía, es posible que fuese miércoles. La sensación me resultó agradable; tanto fue así que, a pesar de la lluvia, allí permanecí unos minutos, como conté más arriba.
Luego, sin tenerlo previsto, bajé a la plaza de la Escandalera, conservando en la retina el reencuentro que acababa de vivir.
Tomé aquella decisión sobre la marcha, no para comparar ambas fuentes y dirimir cuál de ellas podía agradarme más estéticamente. No, no se trataba de eso, sino de tener ambas imágenes muy cercanas en el tiempo, en un margen no superior a los 15 minutos.
Y, al llegar a la Escandalera, tuve muy claro que la fuente que había sido desplazada a la plaza de Pedro Miñor, aunque más pequeña, no había estado fuera de sitio en su ubicación anterior, ni tampoco desentonaba en su nuevo emplazamiento. Oviedo crecía, así lo pensé, con incorporaciones, sin desgarros, del mismo modo que el adolescente que era yo crecía y quería crecer.
Confieso que tal convencimiento, más bien tal vivencia, me emocionó y me produjo serenidad y bienestar. Lo esencial no era que las cosas y las personas permaneciesen o no en el mismo sitio, sino que, en el caso de que cambiasen, lo hiciesen sin desarraigos.
Plaza de Pedro Miñor, primeros años setenta. El reencuentro con la antigua fuente de la Escandalera fue todo un símbolo del sosiego, de “la casa sosegada”.

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Cuando la política pasa por los juzgados
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Luis Arias Argüelles-Meres | 19-05-2017 | 3:25| 0

Resultado de imagen de gabino de lorenzo y Wenceslao, el comercio

Si nos circunscribimos a Oviedo, aunque, por desgracia, la cosa sería extrapolable al resto de la vida pública del país en su conjunto, resulta que no pequeña parte de la política pasa, o anuncian que va a pasar, por los juzgados. Por ejemplo, ahí está Gabino de Lorenzo anunciando acciones legales contra el alcalde de Oviedo a resultas, según leo en EL COMERCIO, del expediente de responsabilidad patrimonial por la expropiación de Villa Magdalena, incoado a instancias del regidor Wenceslao López.

Así las cosas, el actual delegado del Gobierno de todas las Españas considera que se han vulnerado sus derechos, dado que no se le concedió la oportunidad de presentar las alegaciones pertinentes.

Desde luego, no seré yo quien se ponga a hacer digresiones leguleyas al respecto. Expertos hay en la materia entre los que no me encuentro.

Dicho esto, resulta, como mínimo, inquietante que el actual responsable de la seguridad en Asturias, cuestiones legales al margen, no haya tenido a bien manifestar su malestar por las consecuencias de la expropiación de un palacete, que serán muy lesivas para la ciudadanía ovetense. Porque aquí no estamos hablando de una decisión política con la que se puede estar o no de acuerdo, sino con una apuesta personal sangrante en lo económico para los contribuyentes. ¿Tan difícil es reconocer errores?

¿No cabría esperar la misma locuacidad del exalcalde carbayón para dirigirse a los ciudadanos que, según parece, tendrán que cargar con los costes de una determinación personal que la ciudad no necesitaba?

Cuando la política pasa por los juzgados. También leo en el diario EL COMERCIO que el juez encargado del caso deniega paralizar los cambios de nombre en el callejero de Oviedo decididos por el equipo de gobierno en aplicación de la ley de memoria histórica.

Sobre este tema, ya escribí más de una vez. Y me parece difícilmente refutable que se legisle para que el callejero de una ciudad perteneciente a un país democrático no rinda homenaje a personas vinculadas con una dictadura que ahogó derechos y libertades. Y no se puede negar que el franquismo fue una dictadura. Lo triste del caso es que tenga que ser un juez el que recuerde tal cosa en una sentencia, porque algo así debería establecerse en el debate ciudadano.

Así las cosas, Gabino de Lorenzo muestra energía y voluntad para emprender acciones legales, a las que tiene todo el derecho, pero, no obstante, no se toma la molestia de manifestarse apesadumbrado por las consecuencias de una expropiación que resulta ruinosa para la ciudad y sus contribuyentes.

Y, por otra parte, hay que reconocer que los cambios en el callejero de Oviedo tendrían que haberse llevado a cabo hace ya muchos años, sin que un debate de esta índole acabase dirimiéndose en el ámbito judicial.

El ser o no ser de una sociedad que se reclama democrática también se manifiesta en su callejero. No olvidemos esto, por favor.

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Recuerdos de Oviedo: La Fundación Municipal de Cultura en sus primeros tiempos
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Luis Arias Argüelles-Meres | 07-05-2017 | 9:44| 0

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“No podemos vivir sin la convicción de que hay algo indestructible en nosotros.” (Franz Kafka).

Visité por vez primera el sanatorio Miñor en los años 70, cuando fui a ver a la más joven de mis tías abuelas, que siempre decía que había nacido “con el siglo”. Estaba recién operada y se encontraba con buen ánimo. Recuerdo perfectamente su conversación que versaba sobre la carestía, para ella desmedida, de la vida entonces. También recuerdo que uno de los familiares que la acompañaba en la habitación comentó que en el Miñor habían venido al mundo muchos niños.
Por eso, en mi primer día de trabajo en la Fundación Municipal de Cultura, cuya primera sede estuvo en el Miñor, me vino a la mente aquel comentario acerca de la historia del lugar en la referida visita. Y, bien pensado, que tuviese que desempeñar mi tarea en la Concejalía de Educación tenía cierto vínculo con aquella historia.
¿Alguien recuerda, por estos pagos, que la primera Presidenta de aquella Fundación Municipal de Cultura fue Aurora Puente? ¿Alguien recuerda que, en el primer mandato de Masip como Alcalde carbayón, el concejal de Educación era Cándido García Riesgo, un socialista ejemplar para quien la izquierda no era una mera cuestión de siglas? ¿Alguien recuerda, en fin, que hubo un tiempo en el que la política, en materia cultural y educativa, era tomada en serio por algunos responsables políticos?
El hecho fue que solamente una vez, y durante un breve periodo de unos meses, desempeñé una tarea profesional que no fue la docencia. Y fue precisamente allí en la Fundación Municipal de Cultura donde trabajé como coordinador de la concejalía de Cándido Riesgo. Ciertamente, no me tocaba dar clase, si bien mi tarea no era ajena al asunto educativo. Así es que los cometidos que me correspondía realizar no eran ajenos a lo que pasaba en las aulas, o, en todo caso, a los centros docentes, de cuyo mantenimiento tenía que ocuparse el Consistorio.
Mi etapa en la Fundación Municipal de Cultura fue en el curso 86-87. En los bajos del Sanatorio Miñor, siguiendo con cuestiones docentes, estaba el CEP.
Y, por su parte, Cándido Riesgo ponía todo su empeño en el mantenimiento de las instalaciones de los colegios públicos y también, desde su concejalía, se colaboraba con las actividades culturales y deportivas.
Y, en otro orden de cosas, hay que decir que, por aquellos años, José Ángel Fernández Villa era un personaje todopoderoso en Asturias. Y, a este respecto, hay una imagen que jamás olvidaré. Como se sabe, la sede de HUNOSA se encuentra frente al Miñor.
Pues bien, en un acto de protesta sindical a las puertas de esa misma sede, cuando Maese Villa salió del coche, un Renault 18 de color rojo, una nube de fotógrafos se movilizó para hacer la instantánea del día. El mostachudo líder del SOMA como estrella mediática.
La referida imagen la vi desde el balcón del despacho de Juan Vega, gerente de la Fundación Municipal de Cultura, cuyas tareas eran muchas y diversas, fundamentalmente, las que tenían que ver con la programación del Teatro Campoamor, donde no sólo se representaban obras teatrales interesantes, sino que además había exposiciones de muy variada temática.
Y, volviendo a aquella imagen de Villa, rodeado de fotógrafos, cuando salió de su coche, tenía el semblante serio, contundente, incluso diría que airado. Todo un actor.
Gobernaba el PSOE en España, en Asturias y en Oviedo, esto es, su propio partido político, pero, claro, había que escenificar que eso no le llevaba al conformismo, que sus reivindicaciones estaban por encima de todo, que lo primordial era la defensa del mundo minero ante los peligros que se avecinaban de posibles reconversiones industriales.
Toda una lección de alta política, o, viendo lo que vendría después, de baja política. Pero ahí está nuestra historia llariega en la que Villa figura y figurará, y no precisamente en una mera nota a pie de página.
Volviendo a la FMC, allí estaban las concejalías de Cultura y Educación, con sus correspondientes funcionarios y, como dije, con Juan Vega en la gerencia.
A la hora de rescatar lo más esencial de mi experiencia allí, me produce ternura, no exenta de nostalgia, que era un tiempo en el que quedaba mucho por hacer, o, al menos, eso se pensaba. Mejorar las instalaciones docentes, esto es, apostar, desde lo que correspondía, por la enseñanza. Ofrecer a la ciudadanía ovetense ciclos de cine, representaciones teatrales, exposiciones, y así un largo etc. Y, desde luego, se tenía muy claro que aquello, como la vida según Gil de Biedma, iba en serio, tenía que ir en serio.
Puedo decir que Cándido García Riesgo no sólo apostaba por la enseñanza pública desde la teoría en busca de titulares, sino que además ponía todo su empeño en ello, desde unos planteamientos en los que el institucionismo tenía una presencia importante.
Puedo decir también que, en lo que se refiere a las actividades culturales, se buscaba la calidad y el interés, y, en muchos casos, se lograba.
Pasó el tiempo, y el mencionado palacete dejaría de ser la sede de la Fundación Municipal de Cultura, que se trasladó en tiempos del gabinismo al Teatro Campoamor.
Y siempre recordaré que los teléfonos no dejaban de sonar, que Cándido Riesgo recibía muchas visitas tanto de personal directivo de los centros docentes, como de asociaciones de padres.
Fue un honor haber trabajado con Cándido Riesgo, socialista, insisto, no sólo de siglas.

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Sobre la espantada del Pleno
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Luis Arias Argüelles-Meres | 05-05-2017 | 3:45| 0

Desde el momento mismo en el que Wenceslao López fue nombrado alcalde de Oviedo, se sabía que nos esperaba una legislatura que no iba a estar caracterizada por una atmósfera dulce y de buen rollo. Si a ello añadimos los continuos escándalos de presunta corrupción que vienen saliendo a la luz, se entiende perfectamente que el clima de confrontación política sea en no pocas ocasiones bronco. Y, en este sentido, el reciente abandono en bloque de los concejales del Partido Popular, más allá del hecho en sí mismo, pone de relieve que acaso no sea desacertado barruntar que el referido clima se vaya deteriorando cada vez más.

Y, en lo que respecta a lo que el alcalde definió como espantada, hay dos cuestiones de Pero Grullo que deben tenerse en cuenta. De entrada, creo que el derecho a réplica no debe negarse salvo circunstancias muy excepcionales. Y, por otro lado, con todo lo que está cayendo actualmente, resulta difícil de digerir que el grupo conservador se indigne cada vez que se les recuerda la realidad. Por muy molesto que pueda resultarles a los concejales del Partido Popular, es un hecho que la imagen de Agustín Iglesias Caunedo haya sufrido un deterioro importante a resultas del ‘caso Aquagest’, máxime cuando no dimitió, lo que no le hubiese impedido defender su inocencia y regresar por todo lo alto en el momento en el que se demostrase que no es culpable de lo que se le acusa. Pero ahí sigue, se diría que permanentemente indignado.

Y a ello hay que sumar las consecuencias económicas que se derivan de aquellos tiempos de vino y rosas del ‘gabinismo’, léase Villa Magdalena, léase el Calatrava. Y, por si ello fuera poco, también tenemos como entretenimiento las historias de las tarjetas de aparcamiento y la reciente noticia que afecta a don Alberto Mortera, tránsfuga del PSOE y hombre de confianza del PP hasta hace muy poco tiempo.

Por otra parte, me llama mucho la atención que el portavoz del PP de Oviedo hable de «fascismo» en la actitud del tripartito. Y es que no deja de tener su guasa que se hable de fascismo al tiempo que se rechazan cambios en el callejero de la ciudad de Oviedo que, en cumplimiento de la ley, eliminan del nomenclátor carbayón nombres de personajes vinculados al franquismo.

Dicho todo ello, también es cierto que el equipo de gobierno, además de criticar la herencia recibida en lo que a pufos se refiere, está obligado a afrontar el presente y el futuro inmediato de la capital. También en este asunto, don Pero Grullo diría que no solamente se trata de criticar lo mal que se han hecho las cosas hasta el año 2015, con sus consecuencias, sino que además hay que gobernar con medidas para hoy y para mañana.

Y, eso, no les prohíban la réplica. Que todo el mundo pueda explicarse y explayarse.

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Recuerdos de Oviedo: Cela en Vetusta
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Luis Arias Argüelles-Meres | 29-04-2017 | 11:13| 0

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“La tortuga puede hablar más del camino que la liebre”. (Khali Gibrán).

Si la memoria no me falla, la primera vez que vi a Cela en carne mortal fue el 24 de octubre de 1980. En esa fecha pronunció una conferencia en Oviedo que tenía por título «Pícaros, clérigos, caballeros y demás falacias y sus reglas literarias en los siglos XVI y XVII». El enunciado, como se ve, era un tanto rimbombante. Y fue el entonces rector de nuestra Alma Máter, don Teodoro López Cuesta, quien lo presentó, con algunas dificultades al principio, pues el micrófono fallaba.
Regentiana tarde de octubre. A Cela le faltó chispa, y su alocución se limitó a cumplir el expediente, sin que se percibieran grandes alardes. No fue una lección erudita, tampoco literaria; se trató, más bien, de un cúmulo de generalidades, con algunas citas más o menos llamativas, de Hegel, entre otros. Una lástima, porque aquello podría haber dado mucho más de sí.
Y, a decir verdad, tras la referida conferencia, hubo un tiempo para digerir y comentar la decepción que sentíamos, pues, al menos, esperábamos chispazos de humor y anécdotas.
Tiempo después, cuando se celebró la primera ceremonia de los Premios Príncipe de Asturias en 1981, Cela estuvo por Oviedo, y sus declaraciones a la prensa no tuvieron desperdicio, cuando habló de que el dinero era para los tenderos y no para los artistas y literatos, al tiempo que no se mostró muy entusiasta con el boom de la literatura hispanoamericana. En lo primero, andaba sobrado de razón; en lo segundo, acaso sus palabras pudieron haber tenido mucho que ver con lo que le interesaba defender en función de su propia obra literaria.
Y, más allá de los acontecimientos mencionados, lo que más me interesa resaltar es al autor de tres obras maestras como “Las Familia de Pascual Duarte”, “La Colmena” y el “Viaje a la Alcarria”, al literato que, habiendo sido adicto al régimen de Franco, con episodios muy poco gloriosos, sufrió las consecuencias de la censura al haber tenido que publicar “La Colmena” en la Argentina. Al personaje público que se permitía ser chistoso con un sentido del humor muy celtibérico que combinaba lo “verde” y lo “marrón”, al autor del “Diccionario secreto”, pura brocha gorda.
Pero sigamos con Cela en Oviedo. Fue en 1982 cuando, dentro de una especie de “greguerías”, a su carpetovetónico modo, publicadas en “Cuadernos del Norte”, escribió aquello que tanta escandalera originó acerca de la Virgen de Covadonga, palabras que había oído decir a una señora, sobre cuya identidad se hicieron cábalas, y hasta hay certezas. Aquello fue Cela en estado puro, fue una manifestación de brocha gorda, que nada tenía que ver con criterios literarios.
Por otro lado, ¿cómo no recordar el encontronazo que Cela tuvo con Laso Prieto en las inmediaciones del antiguo Carlos Tartiere cuando iban camino de los estudios que entonces tenía por allí televisión española? Y es que, si mal no recuerdo, aquel rifirrafe se produjo muy pocos días después de la ceremonia de los Premios Príncipe de Asturias, en la que el escritor gallego obtuvo el Premio de las Letras, y, a resultas de ello, pronunció un buen discurso en los que resaltaba determinados valores que colisionaban tanto y tanto con su comportamiento grosero, desconsiderado y chabacano.
Cela en Vetusta. Es muy poco conocido el hecho de que, en su momento, don Camilo le pidió ayuda a un ovetense de pro, a Fernando Vela, para publicar en Espasa-Calpe “La Familia de Pascual Duarte”, y que hay un texto del que fuera secretario de la Revista de Occidente, a propósito de ello muy interesante acerca del género novela.
Pero, sea como sea, lo más notorio de la relación de Cela con nuestra ciudad, fuera del ámbito estrictamente literario y académico, fueron sus salidas de tono, su sentido del humor escatológico y celtibérico y su personalidad nada versallesca.
Vuelvo a aquella tarde de octubre de 1980. Alguien había llevado a la conferencia un ejemplar de “La Colmena” con el propósito de acercarse a Cela para pedirle una dedicatoria al final del acto. Sin embargo, llegado el momento no se acercó al escritor para que le firmase el libro. Se diría que había encontrado un abismo entre la ternura de aquella prosa y la decepcionante intervención que había tenido, una intervención, insisto, plagada de generalidades y desganada. Una intervención que no fue más allá de cumplir con el expediente.
Pero, bien pensado, nos hizo ver una realidad incómoda, que, en este caso, habla de las contradicciones que pueden producirse entre la personalidad de un autor o autora y lo que se refleja en la obra escrita, que no siempre guardan semejanza, sino que, en ocasiones, chocan de lleno.
Cela en Vetusta. Aquella tarde de octubre fue, sin embargo, deliciosa. Era de esos otoños en los que se agradece el frescor del otoño y su no sé qué agridulce.
Aquella tarde de octubre la terminamos en una conocida sidrería del Naranco, que es una privilegiada atalaya para contemplar Vetusta desde lo alto, para abrir un libro al desgaire, para saborear sidra bien escanciada, para “forrar” esa sidra con buenas y suculentas viandas.
Oscureció. Bajamos andando a la ciudad y no dejamos de preguntarnos a santo de qué había citado a Hegel, sin apenas entrar en la obra de Quevedo, ni en el erasmismo, ni en las contradicciones de aquella sociedad que había generado una literatura que logró asombrar al mundo.
Cela en Vetusta, carpetovetónico y cortesano.

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