El Comercio
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Recuerdos de Oviedo: Por la Corrada del Obispo
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Luis Arias Argüelles-Meres | 11-02-2018 | 10:09

“Deshaced ese verso, / quitadle los caireles de la rima, / el metro, la cadencia/ y hasta la idea misma. / Aventad las palabras, / y si después queda algo todavía, / eso/ será la poesía”. (León Felipe).

No deja de ser paradójico que, habiendo transitado la Corrada del Obispo en incontables ocasiones, teniendo en cuenta además que pasé por allí casi cada día lectivo durante los años de carrera en la antigua Facultad de Filología, en la Plaza Feijoo, los recuerdos que mejor conservo no me remiten a episodios que tuvieron lugar en pleno día, sino a algún atardecer y también a jornadas de invierno en las que aún es de noche. a esas horas en las que están a punto de comenzar las clases por las mañanas, en las que solía caminar impulsado por un cierto apresuramiento que era consecuencia de los insoportables olores que había en un rincón del Tránsito de Santa Bárbara, que aún no estaba vallado, especialmente los lunes.

Nunca olvidaré una mañana de diciembre de 1980, hacia las 8 y media. La noche aún no se había ido. El arriba firmante iba camino de la Facultad. En la Corrada del Obispo, apenas había viandantes. Un cura con sotana caminaba muy aprisa camino del edificio arzobispal. Como pasó muy cerca de mí, pude ver que llevaba en su mano un libro que seguramente era un misal, a juzgar por el color dorado de las páginas que no estaban cubiertas por el lomo del volumen. El pavimento estaba resbaladizo. No llovía en aquel momento, pero, por la noche, lo había hecho incesantemente. Además, el frío calaba. Me crucé con alguien que se detuvo a encender un cigarrillo. Aquello, psicológicamente, tuvo su no sé qué de calidez. Y un personaje muy fácilmente reconocible por aquellos años en Oviedo comía palomitas con voracidad resguardándose bajo la techumbre del inmueble que tenía a mi derecha.

Al fondo, la casa sacerdotal envuelta en una sedosa niebla que había tomado una extraña forma de ovillo. Aun así, pude ver a un viejo cura que salía de allí ayudado de un bastón. Enseguida, lo perdí de vista cuando echó a andar calle abajo.

El cielo no sólo estaba muy oscuro por no haber amanecido aún del todo, sino también porque presentaba un aspecto como de boca de lobo. No, no era un cielo protector, ni tampoco tenía nada que ver con el que nos deleitaba fray Luis de León en sus trabajadas poesías.

Aceleré el paso para ponerme a resguardo en la Facultad. Y, mientras tomaba el primer café de la mañana en aquella especie de palomar que estaba en la planta de arriba, con la ociosidad a la que el momento invitaba, intenté poner rostro a las personas con las que me había encontrado en la Corrada del Obispo. Y sólo pude identificar –eso sí, sin esfuerzo alguno- al joven que comía palomitas, al que entonces era muy frecuente ver por la mayoría de las calles de Oviedo, siempre con algún libro en la mano. La primera vez que me tropecé con él muy de cerca, el libro que paseaba era muy sesudo, nada menos que la “Crítica de la Razón Pura”, de Kant, en una edición de la editorial Losada. Había sobre el personaje en cuestión la correspondiente leyenda urbana. Y, en todo caso, me resultaba muy curioso verlo la mayor parte de las veces con libros que paseaba. Me preguntaba si los habría leído en alguna ocasión o si estaba dispuesto a venderlos.

En cuanto a los viandantes no identificados, más que ponerles rostro, más que reinventarlos, lo que pensé era que simbolizaban la omnipresencia de lo clerical en nuestra ciudad, omnipresencia de siglos. Sin embargo, caí muy pronto en la cuenta de que muy cerca de todos aquellos vestigios del pasado, estaba, en primer término, Feijoo que, aun habiendo abrazado los hábitos religiosos, representó en su momento la modernidad que trajo su pensamiento crítico. Y, puertas adentro, en la antigua Facultad de Filosofía y Letras, nada más enfilar las escaleras, nos encontrábamos de frente nada menos que con Clarín que, entre otras muchas cosas, representaba el espíritu abierto que, sin moverse de aquel Oviedo, conocía y divulgaba lo más puntero del pensamiento europeo de su tiempo.

Así las cosas, se trataba, por así decirlo, de espacios escalonados: desde la ciudad con gran peso de lo clerical, al pensamiento crítico de Feijoo, y de éste a un Clarín que, a finales del XIX, tuvo un alma lo suficientemente porosa para haber asimilado las grandes corrientes de pensamiento que se forjaron en aquella época tan decisiva en la historia de la humanidad.

Espacios escalonados y cercanos, que iban marcando diferentes fases de nuestra historia, especie de Atlas Histórico de nuestra heroica ciudad. Y en lo que representaba lo más pretérito se había colado el personaje de las palomitas, un ser de nuestro tiempo, pero que, a la vez, venía, como todas aquellas piedras, de muy lejos, con antecedentes muy literarios.

Por la Corrada del Obispo. Como dije al principio, los recordatorios más memorables no son en mi caso a pleno día, sino escenarios en los que o bien no amaneció, o bien en esos atardeceres de un otoño avanzado, en los que me detuve a tomar algo viendo el mundo pasar, tal vez invocando fantasmas del pasado, al tiempo que fueron momentos intensos acompañados de algún café y de conversaciones que fueron mucho más allá de intercambios de impresiones ocasionales.

Atardeceres de otoño avanzado con una temperatura benigna, en los que era fácil imaginar el paisaje astur, en los que la atmósfera regentiana no se quedaba en la hora de la siesta, sino que se prolongaba hasta la noche, hasta la magia de la noche.

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