El Comercio
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Fecha: enero, 2018
Viga Azul: Sufrido empate
Luis Arias Argüelles-Meres 29-01-2018 | 12:05 | 0

La racha continúa, no hay que olvidarlo y, además, defensivamente hablando, a no ser por un par de sustos en la primera parte, no hubo esas pájaras que cuestan derrotas. Y, sobre todo en el segundo tiempo, se demostró claramente que el Oviedo no se conformaba con el empate, que no se limitaba a defenderse atrás desesperadamente.

En ese sentido, le faltó precisión a Linares que, por otra parte y como acostumbra a hacer, luchó sin desmayo todo el tiempo que estuvo sobre el césped. Y, a propósito del delantero azul,  me atrevo a asegurar que no estaba falto de razón cuando reclamó un penalti que no se señaló por parte del árbitro.

Frente al Reus –hay que reconocerlo- faltaron cosas muy básicas. Por ejemplo, no se prodigaron esas asistencias de Berjón que tan eficaces están resultando en lo que va de campeonato. Por ejemplo, no se vio precisión en la mayoría de los lanzamientos a puerta; de hecho hubo varios disparos que salieron muy desviados, que fueron muy imprecisos.

Podría hablarse de flojera con respecto a anteriores partidos en lo que respecta a la sincronía del equipo en jugadas de ataque que en otros choques acabaron siendo letales para el adversario. A ello habría que añadir que hubo jugadores que no estuvieron todo lo afortunados que sería de desear, como fue el caso de Yeboah, que, desde luego, se quedó muy lejos de su anterior versión en los partidos previos a la expulsión de la que fue objeto en Sevilla.

Faltó precisión, en efecto. Sin embargo, hubo intensidad y lucha, que fueron suficientes para dejar la portería a cero y también para continuar la excelente racha que llevamos de partidos sin perder.

Ante todo y sobre todo, se cumplió el guion de Anquela en el sentido de que costó mucho el empate, no fue fácil no salir derrotados del campo del Reus, pues el equipo local también luchó de principio a fin. Se ve que en este campeonato ningún partido es un paseo.

Tengo para mí que el partido ante el Reus fue un trámite que se cumplió, aunque ello no redundase en una victoria. Cumplido el trámite, viene la cuenta atrás del esperado derbi que lleva 15 años sin disputarse en el Carlos Tartiere.

Primer empate sin goles, víspera de un derbi que será todo un acontecimiento.

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Recuerdos de Oviedo: Cine Principado
Luis Arias Argüelles-Meres 28-01-2018 | 3:36 | 0

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“La consciencia es la mera superficie de nuestro espíritu, de la cual, como de la esfera terrestre, no conocemos lo íntimo, sino sólo la corteza”. (Schopenhauer).

“El arte es seducción, no rapto”. (Susan Sontag).

Larga historia la de este cine; tanto fue así, que recuerdo haber visto películas en esta sala desde la infancia hasta la treintena. Larga historia que, según anecdotarios que se remontan a años anteriores a mi llegada al mundo, hablan de que también se representaron en el Principado obras de teatro.

Cine Principado, en pleno centro de Oviedo, muy próximo al Campo de San Francisco, a muy pocos pasos de la calle Uría, de la calle Fruela, y así un amplio etc.

No sabría decir ni siquiera la estación del año en que ocurrió aquello, pero recuerdo que, siendo niño, vi que allí se anunciaba la película que tenía por título “Franco, ese hombre”. ¡Madre mía! También puedo dar cuenta de un film en el que el cantante que sigue teniendo apariciones televisivas en las fiestas navideñas, esto es, Raphael, era el protagonista. Tampoco la vi, sólo las cartaleras. Estos recuerdos de infancia que vengo desgranando son vespertinos y otoñales. No deja de ser curioso.

Y, al margen de determinadas películas que no llegué a ver, aunque sí recorrí sus carteleras, el Cine Principado en sí mismo siempre me cautivó. Creo que fue en su ambigú donde más chocolatinas tomé, y en el pequeño espacio que hacía de antesala del patio de butacas, era fácil encontrase con personas conocidas que salían cuando el No-Do se terminaba, antes de que diese comienzo la película propiamente dicha. Por cierto, recuerdo un No-Do en el que se resumieron los goles de una final del torneo de la Copa que ganó el Madrid gracias a dos goles que comenzaron en impresionantes arrancadas de Gento por la banda.

Cine Principado. En su misma calle, en un portal haciendo esquina, figuraba en una placa el apellido de un abogado que estaba íntimamente relacionado con su profesión, apellido que podría tomarse como un destino.

Años 70, cuando llega el destape “si el guion lo exigía”. Allí vi una versión cinematográfica de la magna obra del Arcipreste de Hita, o sea, “El Libro del Buen amor”. Sus protagonistas, si mal no recuerdo, eran Patxi Andión y Blanca Estrada. Se cumplió con creces aquello de que hay versiones cinematográficas que en nada mejoran a la obra literaria que pretenden plasmar.

Años 80, ya en los últimos años de la década, creo que a principios del 87, vimos allí “El Nombre de la Rosa”. Por cierto, al margen de que Eco no pareció mostrarse muy de acuerdo con aquella versión cinematográfica, que cambió en ciertos episodios la trama, la película en sí misma tenía su valor e interés.

Vimos “El Nombre de la Rosa” una noche de viernes en el Principado, y aquella incursión por los últimos suspiros de la Edad Media, estaban a años luz de la película antes mencionada que pretendía recrear la obra del arcipreste de Hita, también del siglo XIV. Podría decirse, por tanto, que, con la proyección de la película basada en la novela de Umberto Eco, el cine Principado se reconcilió con la Edad Media.

Noche de invierno sin helada y sin lluvia. Se conoce que aquello también pudo haber sido un aviso del llamado cambio climático, por mucho que no nos hubiésemos percatado de ello.

Y la última película que vi en el cine Principado fue “¡Ay, Carmela!”, de Carlos Saura, protagonizada por Andrés Pajares y Carmen Maura. Tengo para mí que acaso haya sido el momento cumbre como actor de Andrés Pajares, que protagonizó tantas y y tantas españoladas infames.

En todo caso, no deja de ser significativo que, en el mismo cine, en el que se proyectó, si mal no recuerdo, “Franco, ese hombre”, se haya podido ver también una película que da cuenta de la épica y la lírica de aquella España que perdió la guerra.

Cine Principado. Grandes películas, relato de unas representaciones teatrales que fueron anteriores a mi infancia y a mis recuerdos personales.

Una tarde de primavera cuando se proyectó “El Libro del Buen amor”. Una noche de invierno, cuando vimos “El Nombre de la Rosa” y una noche previa al verano cuando asistimos a la película de Carlos Saura que homenajeaba a aquella España perdedora.

Cine Principado. Casi siempre estaba llena la butaca de patio. Tenía un encanto especial su cafetería. Allí todo estaba cerca, espacios concentrados que, por supuesto, tampoco renunciaban a la voluntad de estilo.

Cada vez que paso por delante del edificio donde estuvo ubicado este cine, soy consciente de que aquellas películas de la infancia, la adolescencia, la juventud y el principio de la madurez no sólo forman parte de nuestra intrahistoria como generación, sino también de la propia historia de España.

Cine Principado, el inolvidable sabor de una chocolatina a deshora, aquel salón de cine en la planta baja donde, con independencia de la fila que nos tocase, nunca estábamos lejos de la pantalla. Aquella juventud que sacaba las entradas para ver a Raphael, al que conocía de sus apariciones televisivas.

Cine Principado. Con Carmen Maura haciendo de heroína, la justicia poética se cumplió. Con Sean Connery, investigando crímenes y descubriendo al culpable del veneno, la verdad, también histórica y científica, se hacía y se hizo camino.

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CARVALHO, MATERIALES PARA UNA EXPOSICIÓN
Luis Arias Argüelles-Meres 26-01-2018 | 1:32 | 0

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«Carvalho abarca una época que va de las utopías de los sesenta, cuando el sexo libre y todo lo demás era posible, hasta el desencanto de los noventa. Va de las grandes expectativas hasta los fracasos de estas mismas expectativas, cuando volvemos a follar con condón y aún sin permiso del Papa». (Vázquez Montalbán).

Cuando escribo estas líneas, acabo de visitar la muestra que tiene por título ‘Manuel Vázquez Montalbán: Pepe Carvalho’, que puede verse en la sala de exposiciones del Edificio Histórico de la Universidad de Oviedo. Se trata de un proyecto gráfico en el que colaboran más de cuarenta artistas, que pretende homenajear al gran escritor a través de su personaje literario más representativo.

Carvalho nos emplaza en lo más genuino del universo literario de Vázquez Montalbán, esa Barcelona en la que todo era posible, una ternura infinita bajo el envoltorio de la novela negra, una ironía que no cesa, ironía de un personaje tan descreído como el autor que lo parió, pero a la vez tan marcado por un tiempo en el que los sueños individuales y colectivos definieron a una generación que no estaba dispuesta a ceder ante lo irrenunciable.

Pepe Carvalho no es exactamente el alter ego del autor, pero sí que nos transpone a su mundo. ¿Cómo olvidar la larga lista de episodios en los que nuestro héroe detectivesco quemaba determinados libros en su chimenea en esos momentos de sosiego tras las pesquisas, a veces disparatadas, a veces hilarantes, de su trabajo?

Carvalho en el Comité Central, también en Buenos Aires, quinteto incluido. Sus recetas de cocina, dando su no sé qué a los casos, su escepticismo, su desengaño, su aparente dureza que no era más que una máscara con la que un personaje entrañable se defendía.

¿Cómo no preguntarse qué harían y qué dirían ahora sobre Cataluña tanto Carvalho como su creador?

Carvalho, personaje irrepetible e imprescindible de nuestra literatura contemporánea, criatura literaria de un autor que, según dijo alguien, era capaz de escribir un artículo mientras preparaba una paella.

Carvalho nació literariamente con la novela ‘Yo maté a Kennedy’, es decir, se asomó, gracias a la magia de su autor, a los grandes acontecimientos de la segunda mitad del siglo XX, a las grandes preguntas y, también, a aquella Barcelona en la que la mejor literatura en la lengua del imperio se daba cita.

Para quienes hemos leído a Vázquez Montalbán, esta exposición es un reencuentro que nos recuerda horas y horas inolvidables, al tiempo que nos lleva a nuestra educación sentimental en las últimas décadas del pasado siglo. Para quienes no han disfrutado hasta el momento de ese placer que supone la lectura de las novelas protagonizadas por Carvalho, la exposición puede suponer un punto de partida inolvidable.

Recomiendo vivamente que no la se pierdan.

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Recuerdos de Oviedo: Cafetería Orly, 1974
Luis Arias Argüelles-Meres 21-01-2018 | 3:38 | 0

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“Hay cosas indestructibles que acompañan el cuerpo hasta la muerte como si hubieran nacido con él. Y una de esas es lo que surge entre un hombre y una mujer que viven juntos ciertos momentos”. (Clarice Lispector).

Sí, la increíble casualidad sucedió en 1974. Fue en la cafetería Orly en la calle Gil de Jaz de Oviedo. Un cliente tenía a su derecha el periódico que hojeaba y a su izquierda la taza de café. Y, en un tono jocoso, sin salir del asombro, comentaba con uno de los camareros la noticia más destacada de la prensa aquel día: El entonces dictador de Uganda acusaba a su ministra de Asuntos Exteriores de haber hecho el amor en el aeropuerto parisino de Orly en el tiempo de escala entre dos vuelos.

La noticia era de por sí pintoresca, y a ello había que añadirle que, precisamente en la cafetería de Oviedo que llevaba el mismo nombre que el aeropuerto parisino, nos hubiésemos enterado de tan extraño acontecimiento. Hilarante, sin duda. Además, he de confesar que, hasta aquel momento, no sabía de la existencia del tirano de Uganda, que, a partir de entonces protagonizaría una serie de noticias que, juntas, constituirían un trágico show.

Oviedo, 1974. En plena adolescencia, a los 17 años, estábamos, en lo que a la vida pública se refiere, más expectantes que esperanzados. Pero éramos muy conscientes de que, aunque oficialmente no fuera así, los tiempos no sólo estaban cambiando, sino que existencialmente ya habían cambiado. Más allá de eso, no había certeza alguna, ni podía haberla, del cuándo y del cómo cambiarían las cosas formalmente. Meses atrás, se había producido la revolución de los claveles en Portugal. Y sabíamos que el mundo más cercano en lo geográfico era muy distinto al que, institucionalmente, teníamos en España y en Asturias.

Meses atrás el entonces Presidente del Gobierno de España, Arias Nvarro, había planteado una tímida apertura, mucho más teórica que real, que fue conocida como “el espíritu del 12 de febrero”. Se hablaba de que podían autorizarse “asociaciones políticas”, eso sí, cuyos principios no colisionasen con el glorioso movimiento nacional. Por tanto, estábamos muy lejos de avistar que el camino a la democracia empezaba a estar transitable.

Vuelvo a aquella mañana en la cafetería Orly. Antes de encontrarnos con el cliente que comentaba la portada del periódico, habíamos estado en la planta de arriba, lejos del mundanal ruido, al margen de las noticias del día, embebidos en los acordes de una hermosa canción de Nicola di Bari, “El Arco Iris”. Lejos y al margen, incluso a la contra de casi todo, a la contra en el sentido de que, para concentrarnos en nosotros mismos, teníamos que ausentarnos del resto de las cosas que, en teoría, configuraba eso que llaman realidad.

Por eso, se nos hizo largo digerir aquella noticia, largo y ajeno. Noticia de brocha gorda y que tenía todos los trazos de ser una patraña chabacana a más no poder. Pero no sólo nos quedaba lejos Uganda, sino también la vida pública.

A la salida de la cafetería, el cielo estaba gris, aunque no amenazaba lluvia. Soplaba el regentiano viento sur. En los quioscos de prensa, la increíble noticia ocupaba la portada de casi todos los periódicos. Todo un encuentro con lo grotesco.

Encuentro duro, a decir verdad. No habíamos leído aún a Baudelaire, pero sí sentíamos su imperativo, que dice que “hay que ser sublimes sin interrupción”. Lo sublime de la adolescencia frente a lo grotesco de la realidad. El aislamiento de los primeros sueños compartidos frente al ruido y la furia de lo que sucedía en el mundo.

No sólo los sueños colectivos, sino también los de cada cual, los más íntimos, los más personales que tienen mucho que ver con los enamoramientos de la adolescencia. De aquello, no podíamos ni queríamos desprendernos.

Ser sublimes sin interrupción en una España que seguía sufriendo una de las dictaduras más duraderas del siglo XX. Ser sublimes sin interrupción en aquel Oviedo que, en el ámbito universitario, el estudiantado había celebrado a su modo y manera, la reciente revolución de los claveles portugueses. Ser sublimes sin interrupción era, por un lado, tarea casi heroica por lo difícil, pero, por otra parte, se trataba de algo inevitable en lo que se refiere al sentir propio e intransferible.

La soledad de dos, en efecto, de aquellos que quieren aislarse del mundo y vivir momentos en los que no sólo está garantizado lo sublime, sino que además existe la certeza de que es justamente en esos instantes cuando sale a relucir lo mejor de nosotros mismos, nuestra mejor versión, que tanto pudor nos da que pueda conocerse por algo o por alguien que sean ajenos a esa soledad de dos. Momentos con sus canciones, con sus poemas, corto repertorio, pero que, al mismo tiempo, rompe las compuertas de los límites, muestra la salida hacia lo infinito.

Cafetería Orly, Oviedo en 1974. Estoy totalmente convencido de que toda la clientela de aquel día habrá contado infinidad de veces la anécdota de que estaba allí el día en el que las portadas de los periódicos se hicieron eco de aquel suceso tan grotesco que sonrojó al mundo.

Minutos antes de encontrarnos con aquello, nuestra atmósfera estaba marcada por la música de Nicola di Bari. Lo sublime y lo abyecto. Lo onírico y lo real. La adolescencia frente al resto del mundo. La adolescencia que se rebela para no contaminarse de realidad.

Y, al final, ¿qué habrá sido de aquella ministra de Idi Amin?
Y, al final, ¿en qué se convirtieron aquellos sueños de la adolescencia?

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VIGA AZUL: VER PUERTA
Luis Arias Argüelles-Meres 21-01-2018 | 5:22 | 0

Partido disputado en el estadio Carlos Tartiere de Oviedo. /ÁLEX PIÑA.

Un frente cálido que hizo desaparecer el frío de la jornada anterior. Un comienzo de partido en el que se escenificó el crecimiento de los días en esta última quincena de enero. Un buen ambiente en las gradas como consecuencia de la excelente racha que viene cosechando el Oviedo.

En este marco empezó un partido con muchos cambios obligados, y, según iban transcurriendo los minutos, en la primera parte se veía que faltaba la profundidad por las bandas de otros encuentros. Diegui no culminaba sus arrancadas que, en la mayor parte de las veces, terminaba retrasando el balón. Por su lado, Varela se empleaba más en tareas de contención  que en avances con ambición ofensiva. En cuanto a Aarón, no lograba, como acostumbra a hacer, alcanzar el punto justo para disparar tras varios regates. Y, hay que reconocerlo, el Almería se defendió muy bien antes del descanso, dejando la iniciativa al Oviedo, pero evitando lances peligrosos.

Desde luego, en la primera parte, el Oviedo no supo o no pudo hacer un fútbol brillante. Y, tras el descanso, el Almería encontró su ocasión de marcar en un contrataque en el que, Diegui primero y Varela después, no lograron neutralizar, respectivamente, al autor del pase que le sirvió a su compañero atacante para marcar el primer gol del encuentro.

Pero, como viene siendo costumbre en la última racha del Oviedo,  el once carbayón no se vino abajo. Salió Toché y volvió a encontrarse con el gol. El Oviedo vio puerta. A partir de ahí, lo que no hubo de calidad, se suplió con ambición ofensiva hasta que Berjón transformó el segundo gol que nos daría la victoria.

Estuvo acertado Anquela a la hora de cambiar el esquema del equipo sacando a Toché por un defensa. Y, una vez más, Saúl Berjón fue decisivo, no sólo por transformar el segundo tanto, sino también por su asistencia a Toché. Además, la mayor parte de los lances ofensivos pasaron por sus botas.

Con un resultado adverso, frente a un equipo que se defendía con oficio, el Oviedo fue capaz de remontar. La clave estuvo en esa ambición que facilitó que viésemos puerta, ello a pesar de que se malograron muchas jugadas de ataque que no llegaban a crear ocasiones.

Ver puerta. Otro encuentro más en el que hubo que sufrir para ganar. El guion de Anquela se cumple. Bien es verdad que hay que tener en cuenta que no sólo se consiguió la victoria frente a un equipo ordenado, sino que además las bajas obligadas por la acumulación de tarjetas de titulares indiscutibles como Forlín y Cristian Fernández  no mermaron ese espíritu de remontada que nos sirvió ante el Almería para sumar tres puntos más.

Para seguir arriba, atisbando el sueño del ascenso.

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