El Comercio
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Fecha: diciembre, 2017
El brindis de Wenceslao López
Luis Arias Argüelles-Meres 29-12-2017 | 8:54 | 0

Ana Rivas, Silvino González, Marisa Ponga, Diego Valiño, Iván Piñuela y Wenceslao López, en primer término, durante el brindis navideño en la Casa del Pueblo. / A. PIÑA

“Pueblo que quiera regenerarse encerrándose por completo en sí es como un hombre que quiera sacarse de un pozo tirándose de las orejas”. (Unamuno).

Leo en EL COMERCIO que Wenceslao López, en su discurso durante la comida navideña que el Grupo Municipal Socialista ofrece a los periodistas que se encargan de la actualidad política vetustense, habló de una serie de proyectos faraónicos y megalómanos del pasado que ahora pasan factura, entre ellos, Villa Magdalena, el Calatrava, el Asturcón, etc. Ya se sabe: la herencia recibida que hipoteca el presente y también parte del futuro.

En este asunto, al margen de las valoraciones que cada cual tenga a bien llevar acabo, los datos hablan por sí solos, y nadie puede negar que, desde el principio de su mandato, el actual equipo de gobierno del Ayuntamiento de Oviedo se encontró con esa realidad que lo limita de forma innegable e inevitable.

Dicho esto, cuando queda aproximadamente un año y medio para que se celebren las próximas elecciones municipales y autonómicas, no se puede afirmar que el llamado tripartito esté atravesando su mejor momento, entre otras cosas, por las disensiones internas que vienen aflorando en los últimos tiempos, lógicas entre tres partidos políticos diferentes, pero que, en todo caso, son perjudiciales en la medida en que desvían la atención de lo que en verdad es más importante.

No sólo estamos hablando de un Ayuntamiento que está maniatado por deudas heredadas, sino que además se viene topando de continuo con limitaciones a la hora de fijar la plantilla de funcionarios, a la hora de recibir la colaboración necesaria de otras administraciones y a la hora de precipitaciones internas que no sólo dan lugar a la confusión, sino que también contribuyen a propiciar un ambiente de desasosiego.

Y, al mismo tiempo que todo esto sucede, lo paradójico del caso es que –como ya escribí en más de una ocasión– a este equipo de gobierno le toca sentar las bases del Oviedo del futuro que pasa por los terrenos y el edificio de la fábrica de armas, por un los proyectos en torno a todo lo que rodea al viejo Hospital, por el futuro de la fábrica de gas, por la entrada a Oviedo desde la autopista ‘Y’, por la circunvalación pendiente de la ciudad, etc.

Sentar bases y cimientos de futuro con una situación económica precaria, llamar a las puertas de otras Administraciones sin grandes esperanzas, vivir en continuo runrún de ruido y furia en lo que se refiere a sus relaciones con la oposición. Y, como guinda, aunque no sea muy explícito el alcalde sobre el particular, no haber tenido con la FSA una relación idílica al menos hasta que tomo el relevo el señor Barbón.

Futuro imperfecto. Presente conflictivo y ruidoso. Pero, eso sí, desde una trayectoria política – la de Wenceslao López– honesta, clara y coherente.

En esto último, me sumo al brindis.

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Viga Azul: El Tartiere fue una fiesta
Luis Arias Argüelles-Meres 24-12-2017 | 4:04 | 0

Por fin, el Tartiere fue una fiesta. Tanto por la intensidad en el juego del equipo carbayón, como por el entusiasmo que se manifestó, más que nunca en lo que va de temporada, en las gradas, con bufandas y luces de celebración.

Se sabía que el partido no iba a ser fácil, sobre todo porque el rival hace buen fútbol y no había cosechado hasta el momento muchas derrotas. Pero el Real Oviedo sigue en racha, imparable buscando el triunfo. Y, así, cuando sólo habían transcurrido diez minutos de juego, vino el primer gol, tras una excelente internada de Diegui en la que el balón terminó en los pies de Aarón Ñiguez, que, con la clase que viene atesorando, tuvo la suficiente serenidad y vista para marcar el primer gol de la tarde.

Fue una pena que Diegui no hubiese aprovechado la ocasión que tuvo cuando se quedó solo ante el portero rival. Aun así, cuajó un gran partido.

La Cultural Leonesa no se amilanó y puso en el campo su técnica y su juego en busca del empate. Pero, en la segunda parte, cuando Carlos Hernández marcó el segundo tanto del partido, el choque parecía sentenciarse como, en efecto, así fue. Sobre este segundo gol hay que anotar que, una vez más, se puso en marcha la magia de Berjón a la hora de dar pases a balón parado. Preciso el lanzamiento del canterano y perfecto el cabezazo de nuestro defensa central, que lleva unos cuantos goles en su haber.

Puede decirse que, a partir del segundo gol, la alegría y el ambiente festivo se apoderaron del Carlos Tartiere. La posesión la tenía la Cultural, pero se estrellaba contra una defensa oviedista muy segura. Y entonces llegaría el tercer gol, obra de Cotugno que fue toda una apoteosis de alegría.

Una defensa segura y concentrada. Un centro del campo batallador e incisivo. Y una delantera con ambición y lucha. A resultas de todo ello, la victoria de ayer en el Tartiere no fue agónica. No se miraban los relojes con ansiedad esperando que llegase el final del encuentro.

No, no fue así, se ganó con autoridad a un equipo que –insistohace buen fútbol, a un rival cuyos aficionados que se desplazaron al Tartiere se comportaron con una elegancia admirable, animando a los suyos, pero sin ningún comportamiento bronco.

Fiesta en el Tartiere, digo, para cerrar el año en nuestro estadio, para demostrar que una buena racha se sigue manteniendo y que este equipo lucha, empuja, brega y, además, ofrece destellos de calidad.

Con toda la prudencia que es siempre obligada, ante la Cultural se consolidó el sentimiento de que hay motivos para la esperanza.

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Recuerdos de Oviedo: Aquellas Navidades de 1980
Luis Arias Argüelles-Meres 24-12-2017 | 10:45 | 0

«Lo que uno tiene por sí mismo, lo que le acompaña en la soledad sin que nadie se lo pueda dar o quitar, esto es mucho más importante que todo lo que posee o lo que es a los ojos de otros». (Schopenhauer).

Finalizaba 1980. Se vivían las vísperas de un año que traería un fallido golpe de Estado en España, un atentado contra el Papa más viajero del que se tiene noticia. Estábamos, también sin saberlo, en la última década de la llamada guerra fría. Nadie se imaginaba por estos lares que no estaba tan lejos la cuenta atrás del fin del bloque soviético. Y, en Oviedo y en España, UCD estaba en su última Legislatura. Vísperas, pues, de muchos cambios, parte de ellos difícilmente previsibles en los últimos días de 1980.

En nuestro más acá, en Oviedo, Riera Posada era el Alcalde de la ciudad. Y, en nuestro equipo de fútbol, García Barrero ya había debutado en el conjunto azul el 26 de octubre de 1980. García Barrero, hijo del legendario Falín y sobrino de Emilín, extremo de aquella mítica “delantera eléctrica”, que escribió las páginas más gloriosas del oviedismo, fue un futbolista con potencial que, al final, nunca llegaría a explotar del todo. Ahí estuvo su drama, muy propio del oviedismo. Le faltó muy poco para llegar a ser un futbolista de primera línea, condiciones para ello tenía, pero las circunstancias se conjuraron en contra. Pero no llegó a alcanzar la gloria futbolística a la que parecía estar destinado.

Navidades de 1980. El día de Nochebuena, en nuestra casa en la calle Toreno, horas antes de la cena, estaba sobre la mesa del comedor un libro de Zubiri que había despertado tremendas polémicas. Su título era, de por sí, muy llamativo, “Inteligencia sentiente”. En el suplemento cultural de “Diario 16”, el citado libro había recibido fuertes varapalos. Sin ir más lejos, Juan Cueto Alas hizo una crítica demoledora de aquel libro de Zubiri. En enero del 81, López Aranguren salió en defensa del pensador del que venimos hablando.

Navidades de 1980. Entrábamos en una década en la que el mundo iba a transformarse considerablemente. Pero, insisto, no se contaba con aquello. Disfrutábamos de unas libertades que irían a más a lo largo de aquella década, vivíamos las vísperas de la famosa “movida”, que no fue sólo madrileña, y, ante todo y sobre todo, aún estábamos en lo irrenunciable, y no en lo posible. Eran los tiempos de lo relativo y no de lo absoluto. Y, en nuestra Facultad de Filología, el estructuralismo y la semiología dominaban en gran parte el discurso.

Nochebuena de 1980. No se tenían muchas esperanzas de que el Oviedo retornase a Primera División. El Palacete de Concha Heres ya había sido derribado. Con ello, como escribí en esta misma página, se perdió una batalla cívica importante. Y, en Asturias, vivíamos también las vísperas de que, en lo político, el PSOE se convirtiese en el partido hegemónico de nuestra tierra.

Vuelvo al libro de Zubiri, más bien, a la figura de aquel filósofo que, en su momento, había estado tan cercano a Ortega. Su forma de escribir, sin embargo, no apostaba por la claridad, tal y como había planteado Ortega en su primer libro. Y su actitud ante la España de su tiempo había sido de un total alejamiento de cualquier compromiso con la realidad social. Desde su burbuja, filosofaba de un modo totalmente ajeno a lo que había estado sucediendo durante el franquismo, a los afanes y desvelos de su propio país. Esencialismo en estado puro. ¿Valía la pena leer a Zubiri, que se mostraba totalmente al margen de su tiempo? ¿Qué había sucedido entre Ortega y él? ¿Qué opinaban los discípulos orteguianos de Asturias acerca del ex jesuita? De todo esto, hablé con mi padre en aquellas navidades de 1980. Y, en el caso que nos ocupa, podría decirse que su forma de escribir era también profusa, confusa y difusa.

Las bandejas con los turrones sobre el mármol de los aparadores. Los postres, pues, a la vista ya desde los aperitivos. El mensaje navideño de un joven monarca lleno de generalidades. La cena, como siempre, a las diez de la noche.

Faltaba una semana para las felicitaciones por el año que iba a comenzar. Y, siguiendo la tradición no escrita, la Nochebuena estaba marcada, tópicos aparte, por hacer balance del año más que por las expectativas para el próximo.

Luces navideñas en el árbol que no faltaba. Nacimiento con figuras que se habían ido incorporando desde nuestros años de infancia. La sopa de pescado y el cordero que venía de Burgos. La televisión apagada desde el momento mismo que comenzaba la cena. Volvía a encenderse tras los postres.

Tiempo detenido en el fútbol y en la política del día a día. Democracia recién estrenada en la que los miedos iban dejando sitio a las esperanzas.

Navidades de 1980. Se me antojan marcada y señaladamente ingenuas. Tengo el convencimiento de que el futuro que ya estaba llegando no se dejaba ver, ni siquiera podía atisbarse desde los libros más sesudos de aquellos días, y no sólo en el tocho de Zubiri.

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ZONA AZUL EN OVIEDO
Luis Arias Argüelles-Meres 22-12-2017 | 10:53 | 0

En este caso, no es pleonasmo hablar de zona azul en Oviedo. En este caso, nos encontramos una vez más con una empresa privada que gestiona lo público. Y, aparte de eso, parece obligado a estas alturas considerar que forman parte del paisaje las máquinas expendedoras de tiques que nos dan un tiempo para aparcar los vehículos en la práctica totalidad de las calles de nuestra capital.

Cierto es que todo esto no debería colisionar con la existencia de grandes espacios de aparcamiento sin zona azul, pero que contasen con una mínima vigilancia que diese seguridad a las personas que dejan allí sus coches por un tiempo superior a una gestión, o a unas pocas horas.

El hecho es que, según la información que firman Gonzalo Díaz-rubín y Juan Carlos Abab en EL COMERCIO, los controladores de la zona azul podrán informar de las infracciones que se cometan en la zona azul a la Policía municipal, que es a quien corresponde poner multas, en este caso de 90 euros, si bien la cuantía de la sanción podrá reducirse si se paga en un determinado tiempo.

Parece obvio que no es de recibo la impunidad de quien deja su vehículo horas y horas en la zona azul sin renovar el tique de marras; también es cierto que no parece del caso que una empresa privada pueda multar a la ciudadanía.

Por tanto, aceptando que esta norma que, según la información de la que venimos hablando, entrará en vigor a principios de año, pueda ser asumible y razonable, tendría que estar acompañada por explanadas de aparcamiento fuera de la zona azul, y no sólo por el tema económico, sino también y, sobre todo, porque hay circunstancias que dificultan en grado sumo que una persona pueda estar cambiando el tique de aparcamiento, por mucho que también se pueda llevar a cabo sin desplazamiento a través del teléfono móvil.

Tengo para mí que no falta mucho tiempo para que los coches particulares dejen de tener las ciudades expeditas para circular y aparcar masivamente. Pero, mientras eso llega, hay que contar con mecanismos correctores que impidan limbos normativos. Y la noticia que aquí nos trae está claramente en esa línea.

De paso, estaría bien saber si hay voluntad, también en este asunto, de acabar con las privatizaciones de lo público.

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Recuerdos de Oviedo: Por la Losa de RENFE
Luis Arias Argüelles-Meres 17-12-2017 | 8:02 | 0

Oviedo, mayo de 1999. Vísperas de elecciones autonómicas y municipales. Se inaugura La Losa de la Renfe. Confieso que tenía curiosidad por recorrer aquel nuevo espacio. Sin embargo, no acudí a tan solemne apertura por temor a electoralismos y a un ‘fartódromo’ más. Por otro lado, las actuaciones musicales anunciadas eran de primer nivel. ¡Sería por perres!

La prensa, al hacerse eco del acontecimiento, refería que, además de otras ventajas, aquel nuevo espacio de la ciudad era un lugar pintiparado para tostarse al sol. Eso sí, sin playa, sin aquella playa que, en su momento, Gabino de Lorenzo había prometido llevar a cabo.

Si la memoria no me falla, la mencionada inauguración tuvo lugar la víspera de un martes de campo. Y recorrí la Losa por vez primera tres días después de su puesta de largo oficial.

Hacia sol, la brisa era agradable. Tan pronto puse allí los pies, me di cuenta de que aquello era la estética gabiniana en estado puro, sobre todo, por las fuentes. Y, por otro lado, se trataba de un espacio cómodo y agradable para pasear, justo por encima de las vías de la Renfe, del punto de partida de aquellos trenes en los que había hecho tantos viajes a Madrid. Me vinieron muchas imágenes de aquel tren expreso cuyo destino era la capital de reino, que se detenía hasta en los apeaderos y que tardaba un montón de horas en llegar al rompeolas de todas las Españas. Ahora, por encima de las vías, no había sólo aire, también aquella Losa vinculada a algo que dio en llamarse ‘Cinturón Verde’, que daría de sí no sólo como materia histórica, sino también novelesca.

En aquella campaña electoral del 99, creo recordar que la propaganda del entonces regidor de la ciudad se basaba en una imagen en la que se podía leer que se presentaba ‘con los deberes hechos’. Y, desde luego, la Losa era lo que colmaba su transformación de la ciudad a lo largo de los mandatos anteriores.

Y es que, hace muy pocos días, paseando por la Losa, recordé mi primera andadura por allí, así como aquel tiempo de vísperas de tantas cosas, no sólo de elecciones autonómicas y municipales, sino también de una serie de acontecimientos que darían la entrada al siglo XXI y que tanto transformarían el mundo.

Volviendo a aquel momento, a los últimos días de mayo de 1999, ni por asomo proliferaban tanto como ahora los teléfonos móviles. Aun así, no era infrecuente ver a mucha personas conversando a través de ellos, bien peripatéticamente, bien con la comodidad que da un banco en el que sentarse a charlar. Aquello –lo de los móviles– ya empezaba e iba en serio.

Desde la calle Uría, accesos a la Losa por medio de escaleras automáticas, también desde la Estación de la Renfe. Por otra parte, me resultaron llamativos los edificios que se construyeron al lado, con sus fachadas coloristas y con su ambición de altura.

Oviedo era una fiesta, Oviedo era un fartódromo. Oviedo era una ciudad de adoquines y esculturas por doquier. Oviedo era una ciudad que deslumbraba a los visitantes por su limpieza. Eran los años dorados del gabinismo, tras dos mandatos en los que apenas tuvo oposición. Y se despedía de ellos con aquel espacio añadido que fue la Losa.

En mi estreno recorrí la Losa un par de veces, hasta que decidí hacer una parada, acompañada de un café y de la lectura de la prensa. Reconozco que no me concentré demasiado en el periódico, pues más bien me dediqué a observar el movimiento de gentes que, a medida que avanzaba la tarde, se iba incrementando.

Y me resultaba significativo constatar que la mayor parte de quienes por allí caminaban no eran personas mayores, pues había un amplio muestrario de distintas edades, desde estudiantes con sus mochilas hasta paseantes solitarios que iban observando detenidamente. Era un tiempo de estreno por aquel nuevo espacio.

De repente, se nubló la tarde con amenaza de lluvia, aunque aquello no hizo a las gentes caminar apresuradamente para poder resguardarse a tiempo antes de que la lluvia hiciese acto de presencia. Pero no llegó a llover.

Un paseante hacía todo tipo de aspavientos mientras se comunicaba por medio de su teléfono móvil. Sus gestos eran de confirmación de verdades indubitables, de total certeza. Un señor paseaba a su perro, aunque era este último quien tiraba de su amo. Y, muy cerca de mí, alguien hizo un alto en el camino para fumar. Se despojó de su bolsa de la compra y apagó su móvil. Se diría que necesitaba concentrarse en el ritual de humo, abismándose hasta quién sabe dónde dentro de sí mismo. De la bolsa de la compra, que no era de un supermercado, sino de una librería, sacó un libro de Walter Benjamin, acarició el volumen antes de ponerse a leerlo. Y, en su gesto, se dibujaba un inequívoco no sé de qué de melancolía, un inequívoco asomo a un texto que tenía textura –y tersura– agridulce.

No tardó mucho en cerrar el libro. Y, antes de reanudar la marcha, se fumó otro cigarrillo.

Oviedo, 1999. Vísperas de tantas cosas, muchas de ellas, inesperadas, y mucho menos locales de lo que la mayoría se esperaba.

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