El Comercio
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Fecha: noviembre, 2017
Poderoso Yeboah
Luis Arias Argüelles-Meres 26-11-2017 | 4:25 | 0

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Sólo un lunar reseñable en el partido de hoy: el gol, una vez más, encajado tras un córner. Bien es cierto que el delantero del Numancia remató bien. El problema estuvo en que nadie le obstaculizó, y acaso el portero debutante pudo haber hecho más en ese lance. Pero, por lo demás, el Oviedo estuvo intenso, seguro de sí mismo y resolutivo.

Lo más destacable de todo el encuentro, aparte de la intensidad por parte de todos los jugadores que vistieron ayer la camiseta azul, fue, fue,sin duda, la actuación de Yeboah, resolutivo, luchador, incisivo atacando, defendiendo también con ganas no sólo en las jugadas en que se fue atrás, sino también disputando balones al contrario desde su posición atacante.

Y es que, por mucho que el topicazo se repita, no basta con correr, hay que hacerlo con sentido y con visión de la jugada, y en ésas estuvo hoy el delantero ghanés, que cuajó una actuación excelente.

Frente al Numancia, no sólo nos adelantamos en el marcador, sino que además, en la segunda parte, antes del segundo gol del Oviedo que lo metió Dani Calvo en propia puerta tras un rebote de un balón que Diegui había mandado al travesaño, se vieron hechuras, dominio del partido y calidad. Excelente Mossa por su banda, con velocidad y empuje atacando y defendiendo con rotundidad; también se le vio muy bien a Forlín que, sin duda, va cogiendo forma y está llamado a ser un jugador fundamental en este Real Oviedo de Anquela. Por su parte, Linares, aparte del merecido premio que consiguió anotando el tercer gol carbayón, estuvo batallador durante todo el partido. Desde luego, su entrega está fuera de toda discusión.

Por otra parte, a pesar de «la pájara» que nos costó el gol del Numancia, la defensa, con el balón jugado, estuvo solvente y sólida. También hay que destacar a Carlos Hernández en su tarea de rematador y de central. De hecho, no hay una sola pega que poner a ningún jugador, hecha la salvedad del gol en contra.

Poderoso Yeboah. Da gusto ver a un jugador que consigue omnipresencia en la mayoría de las jugadas que tuvieron lugar tras su entrada en el campo. Fue incisivo en todo momento, y no estuvo lejos de haber marcado, sin olvidarnos de las asistencias que dio en ataque. La frialdad de la tarde en el Tartiere fue vencida por un triunfo claramente merecido con un Oviedo que, por fortuna, parece haber dejado atrás su mala racha. Sólo falta que a domicilio vayamos a más, que todo el mundo se convenza de que la capacidad del once azul no tiene por qué ir a menos cuando toca jugar de visitante.

Y, por último, Alfonso estuvo arropado por la afición. Esperemos que se haga con el puesto a base de demostrar que tiene calidad para ello. Desde luego, dejando de lado su salida a destiempo en el gol del Numancia, maneras apunta.

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Recuerdos de Oviedo: Charles Manson: Cuando los malos no sólo habitaban en las películas
Luis Arias Argüelles-Meres 26-11-2017 | 11:34 | 0

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«Yo vivo en el mismo estado de inocencia que un niño, que cree poder alcanzar con su mano un pájaro en pleno vuelo». (René Magritte).

1971, cuando el arriba firmante tenía 14 años, la edad en la que la infancia se va quedando atrás, la edad en la que se reciben informaciones que dan cuenta de que se acabó la protección de la niñez, esto es, que la vida te puede golpear.
1971. Fue en ese año en el que se tuvo noticia del juicio contra Charles Manson y sus secuaces. Aquello conmocionó al mundo, aquello produjo, además de un considerable revuelo, una enorme confusión. Aquel barbudo con túnica, con aspecto de iluminado, había cometido crímenes macabros sirviéndose de la ayuda de personas a las que había conseguido manipular de forma aterradora.
Podría decirse que, en el momento en el que Manson alcanzó un protagonismo gigantesco, nos dimos cuenta de que los malos no sólo habitaban en las películas y en los relatos de miedo, sino que también existían en la vida real.
Lo cierto es que, al ver la fotografía de aquel personaje en periódicos y revistas, al leer, aunque fuera someramente, las horribles matanzas que había llevado a cabo, recordé una serie de televisión que se titulaba ‘¿Es usted el asesino?’, que se había emitido en televisión cuatro años antes, en 1967. Hubo una noche en la que me encontraba mal y mis padres estaban viendo aquel programa de Chicho Ibáñez Serrador. Cuando me acerqué a la sala, vi una escena en la que el señor Larose daba a entender que él era el asesino; su carcajada me produjo pánico. Con todo, aquello no era real, era una serie televisiva. Pero Manson no era un personaje de ficción, aunque podría haber salido de una terrible pesadilla.
Nunca olvidaré que me detenía en los quioscos cada vez que veía en la portada de revistas o periódicos el rostro de aquel individuo. Y, en casa, leí todas las informaciones que venían en los periódicos y revistas que se compraban. De algún modo, interioricé a aquel personaje.
En 1971, vivíamos en Santa Susana. Una tarde, tras salir del colegio, después de la merienda, en la terraza de casa leí un amplio reportaje sobre el juicio a Manson y su ‘familia’. Se decía que el propio Manson había pedido la palabra. Y aquello me hizo recordar una película de un asesino en serie que había decidido defenderse a sí mismo, película que había visto un año antes durante el verano. La habían emitido un domingo por la noche.
El cine, siempre el cine. Los malos menos temibles eran los de las películas del Oeste. De peor calaña resultaban los criminales que protagonizaban películas cuya acción transcurría mayoritariamente en el desarrollo de un juicio, aquellos en los que el abogado defensor protestaba, en los que el fiscal cargaba las tintas contra el acusado.
Pero, a los 14 años, los malos no eran sólo de película, no eran siempre criaturas que comparecían en pesadillas, también existían en la realidad. Fue Mason el que personificó todo aquello.
Y, a pesar de haber leído noticias y reportajes sobre los crímenes de aquella especie de secta a cuyo frente estaba Manson, no conseguía entender lo que les había llevado a asesinar a Sharon Tate: no se trataba de una venganza personal, tampoco el robo era el principal motivo. ¿Qué podía haber en aquellos cerebros y en aquellos corazones?
No, aquello no podía ser una maldad de ficción, aquello no era una pesadilla que la realidad desmentía al despertarnos. Aquello iba en serio, catastróficamente en serio.
Leyendo aquel reportaje, fue inevitable hacer la película de los hechos relatados. Resultaba horroroso imaginar el terror que padeció Sharon Tate. Resultaba escalofriante imaginar las escenas en la que le asestaban tantas y tantas cuchilladas. ¿En el nombre de qué? ¿En el nombre de quién? ¿Querían matar la belleza? ¿Querían asesinar a alguien que encarnaba el glamour del cine?
¿Cómo era posible que aquel personaje, además de horror, hubiese suscitado tanta fascinación?
Aquel juicio también, más que conmover, conmocionó al mundo. Aquel hombre sanguinario y violento, aquel asesino indeseable, parecía haber salido de un cuento de terror que aún no se había escrito.
Me preguntaba a mis 14 años cuánto tiempo transcurriría hasta que se proyectase una película que relatase las matanzas de aquel personaje. Me preguntaba también si acudiría a verla. Me preguntaba en qué cine de Oviedo la proyectarían.
Me preguntaba cómo podían ser sus canciones, pues había leído que el personaje en cuestión era un músico frustrado. ¿Alguien las escucharía en el caso de que hubiese discos a la venta de Manson? ¿Podrían ser emitidas en programas musicales de radio?
Con motivo de su muerte, leí recientemente que, con Manson, se acabó la inocencia de los años 60. Sin duda, fue así. Pero eso fue para su generación. Sin embargo, para quienes entramos en la adolescencia, este personaje significó, sobre todo, una prueba fehaciente de que los seres más malvados y más terribles no sólo existían en el cine, no sólo eran de ficción.
Desde luego, contribuyó a que nuestra entrada en la adolescencia fuese un auténtico mazazo.

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La fábrica de loza de San Claudio: el arte como salvador de la historia
Luis Arias Argüelles-Meres 24-11-2017 | 4:29 | 0

Detalle de una de las instalaciones ubicadas en el claustro. /

“Si mis coetáneos fueran generosos, podrían recordar, pero la condena del poco generoso es no tener memoria”. (Ortega y Gasset).

Bien se sabe que las ruinas suscitaron a lo largo del tiempo excelente literatura. Bien se sabe que la decadencia, artísticamente expresada, fue, es y será generadora de grandes obras de arte. Bien se sabe que, a veces, la historia necesita del arte para ponerle voz y rostro, para ser rescatada en el presente y para hacerla hablar. Éste es el caso, a mi juicio, de la exposición en el Museo arqueológico, en la que dieciocho artistas reconstruyen el esplendor que tuvo la Fábrica de Loza de San Claudio en particular y aquella arquitectura industrial de principios del siglo XX que nunca renunció a la voluntad de estilo.

Fíjense: continente y contenido. Un edificio abandonado, amenazando ruina y, en su interior, desperdigados, restos de las diversas piezas de loza que allí se fabricaban. Desperdigados y rotos, sobre superficies mugrientas y abandonadas.

Lo que puede verse en la exposición del Museo Arqueológico vienen a ser las cenizas de un esplendor del que dispusimos hasta hace muy pocos años. Cenizas sin rescoldos. Vajillas despedazadas, trozos de loza como muñones de las piezas que configuraban.

Y, más allá del valor artístico que esta exposición atesora, acaso habría que reparar en lo que viene siendo nuestra historia más reciente como un proceso de alarmante decadencia. Estamos hablando, entre otras cosas, de una Asturias que fue vanguardia a principios del siglo XX en lo artístico, en lo literario y en el pensamiento, frente a la situación actual en la que formamos parte del furgón de cola.

Para el viceconsejero de cultura, según leo en EL COMERCIO, lo esencial de esta exposición pasa por la ruina y el abandono, que suscitan un intento de salvación. Desde luego, hay mimbres más que suficiente para una salvación de nuestra memoria colectiva a través de estas obras que podemos contemplar el en Museo Arqueológico.

Es el arte, en efecto el que acude en salvación de la memoria, en este caso, de una memoria referida no sólo a nuestra arquitectura industrial, sino también a lo que allí se fabricaba, una loza con pretensiones artísticas, una loza que remitía a nuestra tierra, una seña de identidad de lo que hemos sido capaces de hacer, pero no hemos sabido o podido mantener ni tampoco incorporar al futuro más inmediato.

Una exposición que nadie debería perderse.

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Recuerdos de Oviedo: El Antiguo Tartiere: Glorias y agonías
Luis Arias Argüelles-Meres 19-11-2017 | 11:48 | 0

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«Para que una conciencia pueda imaginar, es necesario que escape al mundo por su misma naturaleza En una palabra: que sea libre». Sartre.

Primero, en el 600, más tarde, en otro seat, en un 850. En esos coches viajé de niño en compañía de mi padre, desde la plaza del Carbayón hasta el antiguo Tartiere. Todavía era posible aparcar cerca del estadio sin necesidad de estar allí mucho antes de la hora de los partidos.
Muchas tardes grises y lluviosas, muchas agonías en los años en los que el Oviedo parecía condenado a no conseguir nunca el ascenso a Primera división. Pero también fueron frecuentes los momentos de gloria, que coincidían con goles que resolvían un partido, con clamores victoriosos.
Tengo escrito en más de una ocasión que al Oviedo le salvará siempre la gloria que lleva incorporada en sus entrañas. Esa dialéctica de agonías y glorias viene a coincidir con lo que en mi pueblo se dice de las vigas de castaño, donde conviven el ciernu y el ágamo. Hay una parte en esas vigas indestructible, que nunca se apolilla. Pues bien, algo de eso sucede con nuestro equipo, pues las glorias alcanzadas están y estarán siempre ahí, aportando una grandeza que nunca agonizará.
Aquella niñez en la que me sentaba con mi padre en la famosa Tribuna que había sido todo un logro arquitectónico. Aquella niñez en la que mi padre me contaba las pasadas glorias azules de la legendaria y gloriosa delantera eléctrica. Y semejantes relatos no quedaban en modo alguno empequeñecidos por malas rachas, por partidos muy mal jugados, por resultados agónicos, por derrotas.

Glorias y agonías, agonías y glorias. ¿Cómo no recordar a Prieto, con su extraordinaria calidad, malogrando a veces jugadas, acaso por excesivo individualismo, acaso por arrastrar lesiones? ¿Cómo no recordar a Achuri, un delantero vasco que vino del Burgos, intentando marcar goles que, al final, no llegaban? ¿Cómo no recordar la efectividad de un futbolista como de Diego, efectividad que se traducía en victorias, a veces, insisto, agónicas? ¿Cómo no recordar los últimos minutos de un partido en el que el Oviedo encajó un gol, estando de portero Madriles? Nunca olvidaré su melancolía, sobre el suelo del césped, paralizado sin coger el balón para que el juego se reanudase. ¿Cómo no recordar, hablando de porteros, lo mucho que admiré a Alarcia?
A veces, la grada de General, donde estaba el marcador simultáneo, ofrecía una imagen de montones y montones de paraguas. A veces, el aroma de los puros que se fumaban durante los encuentros se apropiaba de la atmósfera, convirtiendo aquello en una nebulosa que tenía su magia.
Antiguo Tartiere, glorias y agonías, también en la adolescencia, adolescencia en la que el Oviedo contaba con Javier y Uría como extremos, adolescencia en la que subíamos y bajábamos de categoría casi de temporada en temporada, tras un ascenso a primera en el que el guardameta Lombardía fue el principal baluarte. Adolescencia con las melancolías propias de la edad, a las que había que añadir las que generaba el juego del Oviedo.
Pasaron los años, hasta que llegó el ascenso a primera división tras aquella promoción contra el Mallorca. Las glorias fueron más frecuentes que las agonías. El Tartiere estaba lleno de gente en cada encuentro. Hubo grandes jugadores, canteranos y extranjeros, hasta que llegó el descenso a los infiernos de la tercera división, hasta que llegó el momento clave para saber quiénes eran oviedistas de verdad.
Lo cierto es que el nuevo Tartiere no fue, como esperábamos, el escenario para seguir disfrutando de un Oviedo consolidado en primera división. Lo cierto es que, años antes de la demolición del antiguo estadio, ya se especulaba con nuevos escenarios para el fútbol. Por ejemplo, en los terrenos contiguos a la Fábrica de Armas.
Lo cierto es que, ¡ay!, llegó el día de la demolición, espectáculo al que, desde luego, no quise asistir. Es más, ni siquiera me detuve a mirar en la prensa fotografías de aquel episodio en el que se ponía fin al escenario donde se habían plasmado las grandes glorias del Real Oviedo, desde su partido inaugural en 1932, cuando dos jugadores de la delantera eléctrica jugaron con la selección española frente a Yugoslavia: Gallart y Lángara. ¡Ahí es nada!
Previos a la demolición, con imágenes del entonces Alcalde, ataviado con un sombrero, señalando el solar donde se construiría en nuevo Tartiere, con polémicas, con confusionismo, pues nunca estará claro si aquello fue inevitable.
Antiguo Tartiere. No sólo los episodios de gloria que me habían contado, de jugadas prodigiosas de Herrerita, de la potencia chutando de Antón, del efecto de la rosca en los saque saques de esquina de Emilín, de la eficacia goleadora de Isidro Lángara.
Más allá de eso, estamos hablando de una zona en la que se fueron a vivir muchas personas que se habían trasladado a Oviedo desde el occidente de Asturias. Estamos hablando del privilegio que suponía tener un estadio de fútbol a pocos pasos del centro de la ciudad. Estamos hablando de una demolición que hizo chirriar al oviedismo de siempre.
Y más tarde llegaría el Calatrava, aquel afán de convertir Oviedo en un Camelot al gabiniano modo. Óxido, despilfarro, ruina, locales comerciales vacíos, porque los negocios no parecen asentarse en este emplazamiento.
Siempre nos quedarán las glorias, siempre nos quedará el viejo Tartiere, siempre lamentaremos aquella demolición, cuyas consecuencia no fueron buenas no sólo para el oviedismo, sino también para la ciudad.
El nombre de Herrerita sigue en el callejero cercano al Calatrava. La gloria frente a la ruina.
El ciernu frente al ágamo.

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¿Crisis en el tripartito?
Luis Arias Argüelles-Meres 17-11-2017 | 4:01 | 0

Seguro que el ‘gabinismo’ está encantado al tener noticia de que se está hablando en los medios de una especie de crisis en el gobierno municipal a resultas de las discrepancias surgidas en torno a la comisión de investigación sobre Aquagest.

Por lo que leo en EL COMERCIO, al grupo que encabeza Ana Taboada no le agrada que el PSOE apoye un nuevo aplazamiento antes de elevar a definitivas las conclusiones de la comisión de investigación sobre Aquagest.

Sin entrar en otras consideraciones, siendo cierto e innegable que Wenceslao López es alcalde de Oviedo gracias a la generosidad de Ana Tabaoada, lo que no puedo poner en duda es el interés del primer edil de Oviedo a la hora de perseguir la corrupción. Distinta cosa puede ser que considere que las conclusiones deben ser matizadas o acordadas, pues, como bien se sabe, en asuntos de esta índole, las formas pueden ser decisivas.

¿Crisis en el tripartito? Doy por hecho que las tres formaciones políticas que forman el equipo de Gobierno son conscientes de la satisfacción que esto produce en los entornos mediáticos y políticos que consideran negativo todo lo que tenga que ver con este gobierno municipal que se formó –conviene recordarlo una vez más– en contra de lo esperado y al margen de los círculos de poder de los dos grandes partidos, pues la FSA, como consecuencia de lo sucedido en Gijón, prefería que el gabinismo siguiese gobernando Oviedo antes de darle la Alcaldía a la formación política que le había negado el apoyo en la ciudad de Jovellanos.

Desde luego, se puede estar de acuerdo o en desacuerdo con la postura de Wenceslao López acerca del asunto que nos ocupa. Dicho esto, no me parece acertado ni justo considerar que le falta voluntad política contra la corrupción, entre otras cosas, porque estamos hablando de un político que no es precisamente el paradigma de lo que se puede considerar ‘un hombre de partido’. Y, en su larga trayectoria, no se pueden encontrar actuaciones o posturas tibias con respecto a casos de corrupción.

Sin duda, el llamado caso Aquagest está marcando la legislatura. Ahora bien, a la hora de poner sobre la mesa las conclusiones extraídas de la comisión de investigación sobre el asunto, no son de recibo los apremios ni las prisas excesivas.

Y no me parece justo poner de manifiesto en público que al alcalde de Oviedo le falta voluntad política para que las cosas se aclaren y se pongan sobre la mesa, al tiempo que no hay que olvidar que no procede que nos pierda un afán de protagonismo excesivo.

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