El Comercio
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Retratos mateínos
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Luis Arias Argüelles-Meres | hace 21 horas| 0

«El contagio de los prejuicios hace creer muchas veces en la dificultad de las cosas que no tienen nada de difíciles».  (Pío Baroja).

A nadie le puede resultar extraño que los carteles promocionales de las fiestas de San Mateo estén provocando sesudas discusiones en la sociedad vetustense. De hecho, nada más verlos, se cae en la cuenta de que se trata de una polémica anunciada.

Sin duda, los retratos propiamente dichos son meritorios. Diría más: el más difundido de todos, el de la señora sentada, nos muestra una imagen de una persona que no sólo suscita serenidad, sino que puede verse en ella todo un personaje con una historia digna de ser contada, tanto literal como literariamente.

Pero, polémicas anunciadas aparte, tengo para mí que, una vez más, nos encontramos con el difícil encaje del marco en el cuadro. Dicho de otro modo: siendo buenos los retratos, lo que cabe preguntarse si se adecuan a lo que se pretende, esto es, a la promoción de unas fiestas. Yo diría que no, o, en todo caso, habría otros carteles mucho más propios para anunciar unos días y noches de asueto y regocijo.

Más propios y, al mismo tiempo, muy de Oviedo. Pongamos que figurasen en los carteles imágenes de la zona de los chiringuitos de las noches mateínas con sus riadas de gentes. Pongamos, el escenario de un concierto, bien anunciado, bien que se celebró ya. Pongamos rostros históricos que dicen mucho de Oviedo.

Perdón por la obviedad: una cosa es hacer carteles que plasmen a personas que representen los trabajos y los días del Oviedo más actual y otro asunto muy diferente es anunciar unas fiestas que, durante las últimas décadas, tienen su foco más importante en los chiringuitos.

No se trata, claro está, de anunciar un Oviedo cotidiano, sino un Oviedo en fiestas, con todo lo que ello supone. El protagonismo tiene que estar en lo lúdico, en el ambiente festivo. Y eso es lo que se tendría que haber plasmado en los carteles anunciadores.

Yo apostaría por algo que recogiese lo que son las noches mateínas, la despedida del verano, el anticipo de un otoño que en Oviedo es esencialmente literario.

Y es que son esas noches mateínas las que tienen el mayor protagonismo en nuestras fiestas. Lo lúdico, lo desenfadado, las risas, las juergas, las tertulias, los viandantes sin prisa, la música hasta el alba.

Y es que, si por algo se caracterizan las jornadas festivas, es por ser una tregua en la que no toca ponerse estupendos, en la que la realidad tiene que ser aparcada, en la que las máscaras y el desenfado piden paso y se convierten en el centro de todo.

Hablamos de fiestas, no de retratos sociológicos.

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Recuerdos de Oviedo: Un domingo en “Salsipuedes”
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Luis Arias Argüelles-Meres | 13-08-2017 | 08:29| 0

“El principio esencial de la mecánica poética —es decir, de las condiciones de producción del estado poético mediante la palabra— es a mis ojos ese intercambio armónico entre la expresión y la impresión”. (Paul Valery).

Fue una de esas tardes de domingo en las que decidimos abismarnos en nosotros mismos en lugar de salir a la calle y quedar con alguien. Fue una de esas tardes de domingo en las que elegimos unas lecturas y una música acordes con la melancolía buscada y la soledad voluntaria. Lecturas de Hermann Hesse, canciones de Brel. Fue una de esas tardes de domingo en las que, a pesar de todo, al final, cuando se acerca la hora de la cena, lo agridulce se va retirando y el ánimo se recupera sin aspavientos, pero con ímpetu. Y, para despedir la jornada, tras la cena, dejamos atrás las horas de ensimismamiento y tomamos la determinación de salir a la calle.
Domingo otoñal, con temperatura benigna, en el que a las diez de la noche, la luz del día llevaba varias horas ausente. Domingo otoñal de aquellos primeros años ochenta en los que los establecimientos del Oviedo antiguo eran un auténtico hervidero de música, conversaciones improvisadas y diversión. Oviedo antiguo que, paradójicamente, poblaba la juventud universitaria. Oviedo antiguo de guitarras, poemas más o menos improvisados, tertulias, noches inacabables, continuos encuentros.
Resultaba imposible recorrer el Oviedo antiguo sin encontrarse con compañeras y compañeros de la Facultad, sin encontrarse con personas conocidas que entonces mostraban una pasión por la política realmente irrepetible. Era frecuente poner sobre las mesas de los pubs, además del tabaco y el mechero, el libro que se estaba leyendo, con afán de compartir aquello, de someterlo a debate. No se leía, salvo excepciones, en los pubs, lo que se hacía era comentar lecturas, frases subrayadas, versos remarcados que daban mucho de sí.
Once de la noche, locales en el Oviedo antiguo, si no de culto, sí de inquietud cultural, al menos aparente. Locales de culto en los que la música de fondo jamás sorprendía y era casi un apéndice de nosotros mismos. Las copas, la pequeña mesa para dos, que no impedía la charla con otros clientes del local. La noche vetustense era también un pañuelo, lleno, en cierta medida, de señuelos.
Tras haber tomado algo en dos pubs, antes de la retirada, dimos un paseo. Recorrimos la calle Salsipuedes. Un trozo de la vieja Muralla, las escaleras con moho, la humedad, la noche cerrada. Un viejo caserón en el que, sin una precisión total, se quiso ubicar la morada de los Ozores, o sea, de “La Regenta”. A decir verdad, aquel escenario era un encuentro con la historia de la ciudad, también con sus leyendas, historia y leyendas que no sincronizaban en el tiempo, pues el testigo de la primera era muy anterior.
Cerca de allí, muy cerca, la vida noctámbula bullía. Sin embargo, en el momento mismo en que nos acercamos al referido caserón, ruinoso, como el viejo hospicio machadiano, nos pareció ver sólo una silueta tremendamente oscura con su no sé qué de inquietante. Allí estaba, inmóvil, como una sombra del entorno y de la noche. Lo cierto es que desconocíamos por completo a santo de qué se encontraba en ese lugar. Lo cierto es que nuestra presencia no pareció perturbarle lo más mínimo.
En un momento dado, parada para fumarnos un pitillo, casi en silencio, como una especie de culto al lugar donde nos encontrábamos, como una forma de embebernos de aquello.
Calle Salsipuedes, cuyo nombre, según nos planteamos, se prestaba a dos interpretaciones muy distintas, pero aceptables ambas. De un lado, como un entorno que se nos hace atopadizo, que atrae tanto que resulta difícil abandonarlo. Por otra parte, como una encrucijada, por su angostura y, en aquellos momentos, por su oscuridad, oscuridad que remitía a un escenario de otro tiempo, incluso a un escenario que, sin llegar a la llamada literatura de terror, sí parecía pintiparado para el miedo, escenario con su extra, con su personaje. No se podía pedir más.
Musgo en el trozo de muralla, humedad en las escaleras, hollín en las viejas piedras. Referencias literarias más o menos creíbles, más o menos hipotéticas. Noche.
Aquella noche en la calle Salsipuedes a la niebla le costaba trabajo entrar, lo que aumentaba las posibilidades interpretativas de su denominación. Desde luego, no era fácil salir, pero costaba lo suyo adentrarse, sin que ni lo uno ni lo otro resultase imposible.
Calle Salsipuedes, metáfora pluscuamperfecta de Oviedo. La Muralla que, además de dar cuenta de la historia, podría expresar también lo que es la ciudad cerrada a la que tanto trabajo le cuesta abrirse al mundo, o sea, “La Regenta”. Calle empinada que también (y tan bien) plasma lo endiablado y dificultoso de la orografía de Oviedo.
Cuando dejamos atrás el Oviedo antiguo, ya en la plaza de la Catedral, la niebla se iba haciendo densa, al tiempo que la temperatura era agradable gracias a que durante horas había soplado el viento de las castañas, el regentiano viento sur que tan adentro llevamos, el aire de las castañas.
De “El Lobo Estepario” como lectura vespertina, a hipotéticos escenarios regentianos.
A decir verdad, aquel personaje que habíamos visto en lo oscuro tenía su no sé qué del protagonista de la novela de Hesse. A decir verdad, aquel itinerario nos confirmó aún más nuestro apego a la ciudad, a una ciudad en la que las calles y sus viandantes son a veces literatura en estado puro.
Calle Salsipuedes, Oviedo, su historia y su leyenda, en estado puro.
Y hasta sólido, líquido y gaseoso.

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¿Con flores a Clarín?
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Luis Arias Argüelles-Meres | 11-08-2017 | 07:33| 0

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Recientemente, tuvo lugar en Gijón una ofrenda floral a Jovellanos que pone de manifiesto el fervor y la devoción que la ciudad le profesa a su hijo más insigne. Desde luego, no le faltan méritos para ello, tanto por la categoría intelectual del personaje como por los continuos y fértiles desvelos del ilustrado hacia su Gijón natal.

Y ese acontecimiento de la ofrenda floral a Jovellanos en Gijón me llevó a preguntarme una vez más por la compleja y contradictoria relación que hay entre Oviedo y Clarín. Porque, siendo incuestionable que el ovetense al que nacieron en Zamora es el personaje más ilustre que jalona la historia de nuestra ciudad, no lo es tanto que en nuestra capital se le valore como realmente se merece, eventos oficiales aparte.

Para empezar, un pequeño detalle de nuestro callejero: la vía pública dedicada a Clarín no está entre las principales calles de la ciudad. Para seguir, aún persiste aquel Oviedo que no agradeció nunca el retrato que Alas hace de Vetusta. Y, para ponerle la guinda al pastel, no se puede negar la existencia de cierto esnobismo vetustense que se reclama clariniano y que, sin embargo, tendría cabida en ‘La Regenta’. ¡Ay!

¿Con flores a Clarín? ¿Llegará un momento en que en Oviedo sea de conocimiento público que Clarín no sólo descolló como novelista, sino que además fue el intelectual que más se adelantó a su tiempo en España, con el mérito añadido de haberlo hecho desde una ciudad aislada dentro de un país en el que los afanes de modernidad chocaban con la política oficial y con gran parte de la sociedad?

Dos hechos diferenciales entre Oviedo y Gijón. La nuestra es una ciudad de novela, mientras que Gijón es, sobre todo, una ciudad de cine. Y, en segundo lugar, en Oviedo no se venera tanto a Clarín como sí sucede en Gijón con el ilustrado.

¿Cómo no preguntarnos por qué tuvo que transcurrir tanto tiempo, mucho más allá de la muerte de Franco, para que su hijo, el Rector Alas, tuviese en Oviedo el reconocimiento que realmente se merece?

¿Con flores a Clarín? ¿Llegará el día en el que el Oviedo oficial y la ciudad en su conjunto muestren su gratitud y devoción hacia alguien que, además de otras muchas cosas, representa  la mejor España, la mejor Asturias y la época más esplendorosa de nuestra Universidad?

Llegará, tendrá que llegar.

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Recuerdos de Oviedo: Una tarde de verano en el Aguaducho
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Luis Arias Argüelles-Meres | 06-08-2017 | 04:03| 0

«La puerta de la felicidad se abre hacia dentro, hay que retirarse un poco para abrirla: si uno la empuja, la cierra cada vez más». (Kierkegaard).

«Estar aquí como el arte. / Sin qué, para qué, por qué, / viendo que se mueve el aire». (Carlos Bousoño).

Oviedo, principios de julio de 1980. Quedaban pocos minutos para que la librería Santa Teresa cerrase aquella tarde cuando salí de casa; pero llegué a tiempo para comprar un libro del que me habían hablado con entusiasmo. Se trataba de ‘La Historia Interminable’, de Michael Ende. Era uno de esos escasos días en nuestra tierra sin apenas nubes, con calor sofocante.

Aunque ya estaba empezando a refrescar, en el camino de regreso, compramos sendos helados en el paseo de los Álamos, que fuimos saboreando despacio. Al llegar al estanque del Campo de San Francisco, decidimos tomar un refresco. Allí estaba el Aguaducho con sus mesas y sombrillas, como destino pintiparado para ello.

Toda una delicia el refresco que parecía reclamar la presencia de una brisa fresca. Toda una delicia tener aquel libro en las manos que prometía una lectura voraz y aprovechable. Todo un lujo, aquel momento de sosiego no sólo porque el atardecer estaba próximo, sino también porque la cercanía del estanque con sus patos, cisnes y pavos reales tenían su no sé qué de mágico.

Y los refrescos, con sus rodajas de limón y sus piedras de hielo, servidos en vasos de propaganda de una conocida marca constituyeron el acompañamiento perfecto para aquel momento.

Abrimos el libro varias veces, por rigurosos turnos marcados por la cortesía mutua. Y, de repente, reparé en la caseta del bar, que durante todo el invierno permanece cerrada.

A decir verdad, tenía –y tiene– su gracia que algo tan pequeño cuando está cerrado, pueda, llegado el momento, expandirse tanto con sus mesas, asientos y sombrillas, con todo lo que ello acarrea de poder de convocatoria.

Las burbujas del refresco, la luna por la que esperábamos, el comienzo del libro recién adquirido.

Tarde, en efecto, sosegada, de un tiempo de vísperas de las fiestas del verano a orillas de Narcea. Me esperaba mi pueblo, Lanio, me esperaba mi río, me esperaba mi paraíso.

¡Qué espera tan agradable la de aquel momento en el Aguaducho!

Una espera que, bien mirado, abarcaba mucho más, cuando se iniciaba una década, la de los ochenta, en la que, como escribí muchas veces, los miedos de los primeros años de la transición se iban retirando para dejar paso no sólo a las grandes esperanzas, sino también a unas vivencias en las que, internamente, las libertades cobraban protagonismo y se adueñaban de nuestro sentir y de nuestro pensar.

Un tiempo en el que los buenos libros no sólo estaban para ser devorados, sino que también –y sobre todo– eran acompañantes insustituibles.

Había mucha gente alrededor del estanque, de todas las edades, que se dejaban oír mucho más que el conjunto de personas que ocupábamos las mesas de la terraza veraniega del Campo de San Francisco.

Estábamos con las primeras palabras de ‘La Historia interminable’ y, una vez más, hablamos de los mejores comienzos de novelas que conocíamos. Y, en pleno mes de julio, el arranque preferido seguía siendo el mismo, el de la ‘Sonata de Estío’, de Valle-Inclán, que reza así: ‘Quise olvidar amores desgraciados y decidí recorrer el mundo en romántica peregrinación’.

A nuestra izquierda, dos pavos reales desplegando sus colas, como abanicos en lo que al cromatismo se refiere, exhibiendo poderío y belleza.

Nos hacíamos los remolones, prolongando nuestra estancia. Los vasos ya estaban vacíos, pero la plenitud de aquello no había descendido lo más mínimo.

Un libro de cuya lectura esperábamos mucho. Un atardecer con el sosiego del místico que resultaba muy reconfortante. Unos pavos reales que daban lustre al marco y al cuadro del que formábamos parte. Unos cisnes ajenos al modernismo y a lo que vino después. Unos patos que comían con avidez trozos de barquillos que les lanzaban los niños que por allí se divertían. Una puesta de sol que no veíamos bajo los árboles. Un tráfico que iba a menos. Un fin de curso que se había quedado atrás.

Durante mucho tiempo se dijo que Oviedo no era una ciudad para el veraneo, pero, desde luego, sí puede serlo para el verano.

Un niño rubio caminaba en el medio de sus abuelos, que le ofrecieron un barquillo, pero –¡ay!– la criatura quería un helado y el acuerdo no parecía muy fácil de alcanzar.

Antes de irnos, recordé lo mucho que habíamos frecuentado de pequeños la guarida de Petra, aquella osa tan familiar para todos nosotros.

Al dejar el Aguaducho, decidimos ir a la playa al día siguiente a primera hora de la mañana. Apenas corrían nubes por el cielo, paseamos por el acantilado. Nos acompañaron dos libros, el recién adquirido y otro que se había publicado muy recientemente, ‘Expresión y Reunión’, de Blas de Otero, en cuya portada podía verse una soga, la de la angustia y la de la censura.

Al irnos, los pavos reales ya se habían marchado y el niño que quería un helado, al final, se había salido con la suya, lo disfrutaba, al tiempo que su abuela le advertía que se lo comiese despacio. Aquello estaba tan frío que podía hacerle daño.

Un cisne escondió su cabeza. Pura quietud.

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HACER POLÍTICA A GOLPE DE TUITS
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Luis Arias Argüelles-Meres | 04-08-2017 | 10:04| 0

Caunedo y Rosón en el pasillo anterior al Salón de Plenos.

“El humor es la manifestación más elevada de los mecanismos de adaptación del individuo”. (Sigmund Freud).

“A fin de cuentas, todo es un chiste.” (Charles Chaplin).

Aunque suene de forma muy similar, no se trata de un baile, sino de textos muy reducidos. Algo cuantitativo, pues. Lo cierto es que la red social Twitter tiene un protagonismo cada vez mayor en la vida pública, tanto global como llariega. En la primera, ahí tenemos a Trump y sus afirmaciones tan brutales y disparatadas. En la segunda, en lo que a Oviedo se refiere, les sugiero que no se pierdan la noticia que publicó EL COMERCIO acerca de la batalla que acaban de librar Rosón y Caunedo en la susodicha red social tras el último Pleno en el Ayuntamiento carbayón.

Política a golpe de tuit. La frase corta, el ataque, eso que se da en llamar el ‘zasca’ entre el exalcalde de Vetusta y el actual edil de Economía. La fiesta, por decirlo de algún modo, sigue tras el Pleno, mediante la discusión virtual.

A decir verdad, no me parece justo que la red social llamada Twitter se desprestigie tanto, porque en los caracteres permitidos no sólo cabe la brocha gorda y la descalificación, sino también el aforismo y la frase ingeniosa. Y además hay algo muy importante a tener en cuenta: obliga a ejercer la capacidad de síntesis, algo que admiro mucho no sólo como lector, sino también como docente.

Quien no es capaz de resumir tiene muy difícil esbozar un discurso convincente y brillante. No hay que incurrir en el conocido tópico que habla del torrente de palabras y del desierto de ideas. Hay que aprender de concepto y hay que enseñar con ese fin.

Y, en lo que respecta a las descalificaciones entre ambos ediles, sin entrar a fondo en el asunto, sería muy deseable que la sutileza asomase más, la sutileza y el sentido del humor, que son mucho más persuasivos y eficaces que ‘los madreñazos’ retóricos y dialécticos, que, además, resultarían más resolutivos y despertarían guiños entre el público lector.

Sería muy de agradecer que se renunciase por parte de todos los grupos municipales a la chabacanería, apostando por el ingenio.

El método socrático, el de la ironía y la mayéutica, no es fácilmente alcanzable, pero hay que aspirar a él.

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Recuerdos de Oviedo: El Vasco: Modernidad y Posmodernidad
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Luis Arias Argüelles-Meres | 30-07-2017 | 21:07| 0

‘‘Hay quien cruza el bosque y sólo ve leña para el fuego’ (Tolstoi).

Cuando se demolió la vieja estación de El Vasco, ya se hablaba, aunque muy poco, de la posmodernidad. Y se hablaba muy poco de semejante cosa sobre todo porque no sabía muy bien qué demonios era aquello. Hay que decir que, a pesar del tiempo transcurrido, no se podría asegurar que el conocimiento sobre el significado de tal palabro, que pretendía, entre otras cosas, dar nombre a una era, haya avanzado mucho. Pero, eso sí, lo pos nos invade: la posverdad, el poscomunismo, y así un largo etcétera.

Por eso, cuando leo en EL COMERCIO que esta vez, en lo que a la vieja parcela de El Vasco se refiere, la cosa va en serio, no puedo menos que celebrarlo, con el ferviente deseo de que, aunque el estropicio que supuso aquella demolición, nunca podrá ser subsanado, ese paraje deje de ser un amasijo de cemento al que tan difícil resulta darle un destino que ponga fin a una parálisis que deja la entrada de Oviedo con un aspecto, cuando menos, desolador.

¿Cómo no recordar el entusiasmo del señor Mortera, cuando Calatrava habló de sus trillizas torres, con las inquietantes particularidades que tendría aquello? ¿Cómo no recordar aquel anuncio de doña Paloma Sainz con la buena nueva de que en la parcela de El Vasco se construiría la Ciudad de la Justicia? Recuerdo haber escrito en su momento que no parecía muy apropiado construir sobre una injusticia poética una Ciudad de la Justicia.

Pero el hecho es que, al mismo tiempo que se iba asomando el óxido en el Calatrava vetustense, veíamos la parálisis en la parcela de El Vasco. Cemento, hierros, posmodernidad.

Ella, la pérfida burbuja inmobiliaria que fue añagaza para la economía del país, habitaba la parcela de El Vasco. Y sólo hablo de lo que estaba a la vista, pues lo que subyacía daba –y sigue dando– pavor.

Pero, a juzgar por lo que EL COMERCIO publica, esa parálisis, peor que la aluminosis más temida, metafóricamente hablando, llega a su fin. Se construirán viviendas y espacios públicos, dando vida y forma a lo que, en efecto, es una de las principales entradas de Oviedo, cercana, además, al cogollo histórico de la ciudad.

Y, a decir verdad, si uno se acerca a lo que fue la parcela de El Vasco, es muy fácil percatarse de que estamos contemplando el paso de la modernidad a la posmodernidad. La modernidad que supuso aquel ferrocarril vasco-asturiano, cuando esta tierra era pujante en bancos propios y en industrias.

Hablamos, por una parte, de algo que fue muy importante en aquella Asturias que se adentraba en la modernidad. Hablamos también de una demolición que supuso una falta de sensibilidad estética que roza lo imperdonable. Pues eso: de la modernidad a la posmodernidad.

Y, leyendo las noticias y reportajes que viene publicando EL COMERCIO sobre el asunto que nos ocupa, a uno le apetece adentrarse en esas galerías, en esos espacios públicos que se van a crear, adentrarse guiado por la imaginación y la memoria.

Y, al recorrer esos espacios, los ayes nostálgicos darán cuenta del recuerdo de aquella cantina con tamaña voluntad de estilo; los ayes nostálgicos también darán cuenta de la estética de los anuncios que había en los andenes.

Y, mientras tal travesía imaginaria tiene lugar, sin perder de vista que se pretende que esa entrada de Oviedo tenga un aspecto que esté estéticamente a la altura deseada, uno se imagina deambulando por las galerías y restaurantes que allí habrá, asomándose al Oviedo de siempre, al tiempo que la memoria dará sus latidos como el corazón en el relato de Poe.

Me acerco a la parcela de El Vasco, y, ante ese paisaje de lo inacabado y demolido, ante esta metáfora visible del pelotazo que quiso ser y no fue, uno lleva la información recién leída como salvoconducto para un futuro que tape las grietas de un desaguisado que nunca se debió haber permitido.

Me acerco a la parcela de El Vasco y me imagino tras los ventanales de una cafetería o restaurante, incluso en una terraza de uno de esos establecimientos, si la hubiere, como espectador de un paisaje dual, el que se recuerda y el que se muestra ante los ojos.

«El punto de vista crea el panorama», escribió certeramente el joven Ortega que daba sus primeros balbuceos de un perspectivismo filosófico aún incipiente.

En este caso, hablaríamos de un punto de vista que otea lo que tenemos ante nosotros sin que ello suponga amnesia de lo vivido, visto y contemplado.

Pues bien, no sólo imágenes, también sonidos. No quisiera oír los rugidos del tráfico circulando por delante; preferiría rescatar el chachachá de los trenes, sus silbidos de entrada y salida, así como el runrún de aquella cantina que tanto podría contar de la intrahistoria de Oviedo, del Oviedo donde en su día la modernidad se abrió paso.

Entrada, puerta de entrada a Oviedo, sin ningún salsipuedes de especulaciones posmodernas, sin burbujas tramposas, sin estropicios estéticos.

Entrada, puerta del Oviedo moderno, sin laberintos posmodernos.

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El Pregón de Montecerrao: el marco y el cuadro
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Luis Arias Argüelles-Meres | 28-07-2017 | 03:59| 0

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Antes el aburrimiento que un placer mediocre.” (Edmond Goncourt).

Las imágenes del polémico pregón de Montecerrao, sin necesidad de escuchar lo que se decía o cantaba en aquel escenario, dejan muy claro que aquello era una puesta en escena marcada por la vulgaridad y la chabacanería. Se trata justamente de la importancia del marco en el cuadro, que, a decir verdad, encajaban al cien por cien, y no precisamente por su buen gusto.

Tras la polémica, se suscitaron cascadas de comentarios y desmentidos que, en primera instancia, desembocaron en una especie de Pleno improvisado en el Ayuntamiento de Oviedo en el que compareció el autor del pregón, declarándose víctima de no se sabe bien cuántas maniobras torticeras que se hicieron sin contar con él.

Lo que me sorprende es que el foco de la mayor parte de las declaraciones estuviese en las gogós. Y, por favor, entiéndase bien esto que digo. Desde luego, no es que su presencia fuese de un nivel artístico abismal, sino que, con ellas y sin ellas, aquello parecía una horterada superlativa.

No sé si el pregonero cantaba, recitaba o peroraba, pero, como digo, la puesta en escena era, en el mejor de los casos, tal y como declaró el edil de Ciudadanos, de “muy dudoso gusto”.

O sea, al espectáculo del pregón de marras, hay que sumar el que vino después con declaraciones, acusaciones  y desmentidos. Todo un record de vulgaridad.

Ciertamente, volviendo a las gogós, no comparecieron de un modo muy diferente al que se puede ver en orquestas que actúan por las verbenas y romerías, lo cual no justifica que ello signifique elegancia, que, en todo este asunto, escaseó, por no decir que fue inexistente.

Acaso había que preguntarse qué es lo se entiende por un pregón, o, en todo caso, no parece que fuese necesaria esa puesta en escena, en la que las gogós de marras fueron la guinda del asunto, ramplón a más no poder.

Y, como colofón de unas fiestas que parecen haber sido perseguidas por un gafe, resulta que la traca final de fuegos artificiales acabó en incendio. O sea, que no habría que hablar de aguafiestas, sino de todo lo contrario, pero con idéntico resultado. ¡Madre mía!

Confieso que todo este culebrón tuvo su no sé qué de dadaísta. Y que, ante todo y sobre todo, fue una horterada, con su pachanga, su vulgaridad y su escandalera sainetesca.

Un poco de estética, por favor.

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Recuerdos de Oviedo: Alrededor de la Balesquida
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Luis Arias Argüelles-Meres | 24-07-2017 | 10:29| 0

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“La mitad del mundo no puede comprender los placeres de la otra mitad’’. (Jane Austen).

Oviedo, sus rincones. Vetusta, sus referencias. Todo se concentra a veces en espacios muy pequeños, en este caso, entre la Plaza de la Catedral, la capilla de Balesquida y la calle la Rúa. No sólo Clarín, también Pérez de Ayala. No sólo ‘La Regenta’, también ‘Belarmino y Apolonio’. No sólo la historia, también la literatura, fundidas y hasta confundidas.
Oviedo, sus rincones. Transité desde muy pequeño la calle la Rúa, pues mi madre nos llevaba de visita a la casa de unas amistades tan estrechas como heredadas de otras generaciones. Por eso, al llegar a la plaza de la Catedral, soy consciente de que algo me lleva a dirigir mis pasos camino de esa calle tan transitada en la infancia, camino de ese domicilio, cuyo número de teléfono sigo recordando y nunca voy a olvidarlo.
Alrededor de La Balesquida. ¿Cómo no recordar aquel martes a última hora de la mañana, cuando regresaba de la Facultad, cuando me pregunté si alguna vez había visitado la capilla de la Balesquida? Acaso lo hubiese hecho de niño en compañía de mi madre, pero lo cierto es que no conseguía rescatar imagen alguna de esa capilla tan omnipresente en la historia de Oviedo.
El hecho fue que me adentré en el pórtico de la Balesquida. Y me llamó mucho la atención no sólo la paz que allí se respiraba, sino también la separación con el templo, como si, al visitar aquello, uno se adentrase en una estética de confesionario.
Alguien estaba allí rezando, o eso parecía, era una señora mayor que estaba muy concentrada en sus oraciones. Y, a decir verdad, me sentí un intruso, alguien que podía incordiar, que, sin que mi voluntad intermediase en aquello, podía distraer a aquella persona de sus propósitos.
Así pues, decidí irme, y me perdí la contemplación de aquello, que postergaba para otro momento en el que no hubiese posibilidad alguna de que llegase a ser un incordio.
Lo cierto es que no tardé mucho en adentrarme en el pórtico, estando aquello sin gente. Y las sensaciones fueron las esperadas: paz y, como dije antes, una suerte de estética de confesionario. Y me quedé convencido de la importante función de aquel pórtico, al menos, estéticamente.
Por otro lado, pensé que no sólo San Tirso hace de contrapunto a la Catedral en cuanto a la dimensiones, sino que, de algún modo, la capilla de la Balesquida también desempeña esa función.
¡Cuántas cercanías, históricas, artísticas y literarias! Muy cerca, volviendo a los escenarios de ‘La Regenta’ están el Casino de Vetusta y el Palacio de los Vegallana. Y, al fondo, claro está, la Catedral.
Cogollo de Oviedo, cogollo de Vetusta, cogollo de Pilares, cogollo también cercano el de de Lancia: ‘Clarín’, Pérez de Ayala y Palacio Valdés. La muy novelada, la muy pía, la muy bien tratada artísticamente.
Piedras y maderas nobles, culto literario, culto religioso, culto artístico.
Cuando bien entrada la adolescencia, leí la novela ayalina que tiene como protagonistas a Belarmino y Apolonio, la calle la Rúa tuvo para mí otra referencia importante, a una edad distinta, en la que la literatura rescataba uno de los itinerarios de la infancia más recorridos.
Alrededor de La Balesquida. Sin entrar en el importante significado histórico que tiene en Oviedo, tengo para mí que, a tenor de su importancia, no se repara en esta capilla todo lo que realmente atesora.
Cogollo de Oviedo y remanso de paz. En más de una ocasión me pregunté acerca de las personas que frecuentaban mucho la capilla de la Balesquida, por qué la elegían en lugar de decantarse por San Tirso a la Catedral, qué encontraban de especial sobre todo en el pórtico.
Desde luego, no resultaría muy difícil inventar personajes que la frecuentaran, contando su día a día, y un buen poema o un relato interesante haría justicia poética.
La Catedral no sólo cuenta con la prosa soberbia y poderosa de Clarín, sino que también tiene presencia en magníficos poemas. Por ejemplo, de Unamuno; por ejemplo, de José Vela. Nos falta quizás ese relato y ese poema sobre La Balesquida.
Porque, a decir verdad, al adentrase en el pórtico, literariamente hablando, uno se siente en un escenario pintiparado para un diario íntimo, para un relato de misterio o para un poema borgiano sobre los dones, en este caso, de Oviedo.
Alrededor de la Balesquida. Historia e intrahistoria de Oviedo que merece un tratamiento literario especial.
En ocasiones, me pregunto si Unamuno, aunque no haya escrito al respecto, reparó en La Balesquida. En ocasiones, me pregunto por las idas y venidas de clérigos y estudiantes universitarios en el Oviedo más decimonónico. En ocasiones, me pregunto por el tránsito de turistas en este lugar, no de ésos que van a hacerse la foto, sino aquellos otros que recorren nuestra ciudad con afán viajero, movidos y mordidos por la curiosidad.
Mañanas y tardes de lluvia en Vetusta. Mañanas y tardes de grandes flujos de personas.
La Balesquida sigue estando ahí, siempre estuvo ahí, lo seguirá estando.

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EL MURAL DE CLARÍN
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Luis Arias Argüelles-Meres | 21-07-2017 | 15:00| 0

Aspecto actual del mural de 'Clarín' en Santa Clara.

Leo en EL COMERCIO que el mural de Clarín va a ser retirado como consecuencia del deterioro que sufre. Ante ello, resulta inevitable preguntarse si el referido deterioro no pudo ser combatido antes de llegar a la situación actual. Y también resulta inevitable que la nostalgia nos invada por partida doble.

¿Por qué por partida doble? En primer término, por el contexto histórico en el que este mural fue creado, o sea, en los años ochenta. Hay que recordar que en aquella década, por una parte, “La Regenta” cumplió cien años, y, por otro lado, aquellos años ochenta fueron mucho más vitales y febriles que las décadas que vinieron a continuación. Hablamos de una época en la que no se había renunciado a lo irrenunciable, en la que los derechos y libertades se sentían en carne viva, en la que los sueños colectivos no se habían malbaratado ni traicionado.

Pero vayamos al mural y a Clarín. De entrada, no voy a negar que me encanta su ubicación actual, tan  cerca del Oviedo de mi infancia, del Oviedo que más frecuento. Y, en otro orden de cosas, por lo que leo en EL COMERCIO, se convocará un concurso para una obra que se ubicará en el mismo lugar. La obra debe recoger, como el mural anterior, momentos de la vida cotidiana de Clarín.

Clarín, sus trabajos y sus días en Oviedo, en la Vetusta que literariamente eternizó. Me atrevo a sugerir a los artistas que decidan participar en el concurso que convocará la Concejalía de Cultura que se lean un texto memorable de Fernando Vela que tiene como título “Un día en la vida de Clarín”, así como los escritos que, en su día, le dedicó Azorín a Leopoldo Alas en los que también habla de su vida cotidiana.

Un mural que recoja el día a día de un catedrático de Universidad y escritor que – por mucho que se pretenda afirmar lo contrario- no fue tratado en vida como realmente se merecía, y que, pasado el tiempo, los odios de los que fue objeto siguieron ahí y explican en parte trágicos sucesos.

¿Cuántos ovetenses saben dónde se escribió “La Regenta”? ¿Cuántos ovetenses conocen el día a día del profesor universitario y ciudadano a lo largo de su corta y, al mismo tiempo, fecunda vida? ¿Cuántos ovetenses se leyeron el texto que escribió Juan Antonio Cabezas inspirado en el aula donde el maestro dada sus clases? ¿Cuántos ovetenses recorrieron las páginas en las que  Pérez de Ayala cuenta cómo eran sus clases, entre otras anécdotas, citando a Renan?

Pues bien, estoy seguro de que un mural de estas características contribuiría no poco a acercar la vida y la obra de Clarín a la ciudadanía ovetense de este momento.

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RECUERDOS DE OVIEDO: AQUELLA TARDE EN CORREOS
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Luis Arias Argüelles-Meres | 16-07-2017 | 14:10| 0

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“Con veinte años todos tienen el rostro que Dios les ha dado; con cuarenta el rostro que les ha dado la vida y con sesenta el que se merecen”. (Albert Schweitzer).

¿Cómo no recordar aquellos tres buzones del edificio de correos de Oviedo, que rezaban así: “España, provincia, extranjero”? Confieso que en alguna ocasión, al levantar la parte superior del buzón echaba un vistazo al enorme fondo que se veía, donde, por lo general, se agolpaban montones de sacas a cuyo alrededor estaban muchas gentes deambulando. Pero nunca me había imaginado que llegaría a conocer un lance, dramático de una adolescencia prolongada, que, con el paso del tiempo, me suscita una enorme ternura.
Imagine el lector por un momento que una muchacha se arrepiente de haber enviado una carta a su chico en la que le manifestaba su firme determinación de poner fin a su historia de amor. Que se arrepiente hasta el extremo de llegar a desesperarse y que su propósito es que esa epístola de ruptura no llegue a su destinatario. Y que, llegado el momento, decide personarse en correos para que le devuelvan la misiva de marras. Pero -¡ay!-, le da “mucho corte” presentarse allí sola a formular semejante petición.
Entonces, en un momento dado, decide llamar a un amigo para que la acompañe en semejante empeño. Y, como era de esperar, el amigo en cuestión no se niega a escoltarla.
Aquello sucedió en la tarde de un miércoles de un mes de abril, un día antes de la Semana Santa, en 1979. El destinatario de la carta se había ido a su casa a pasar las vacaciones, en un pueblo de una provincia castellana. Y, justamente el día de la partida, habían tenido una fuerte discusión, que, sin embargo, no recordaba cómo había empezado. Pero aquel desencuentro la llevó a pensar que era mejor que la relación no continuase. Se había pasado dos días escribiendo la carta que aquí nos trae, cartas que, al final, rompía, porque, tras releerlas, siempre encontraba algo que no la convencía, en parte porque no quería ser hiriente, en parte, por no estar del todo persuadida de las razones que esgrimía para la ruptura. Pero, al final, dio con la versión que consideró adecuada, economizando palabras, ocultando reproches, asumiendo el peso de la decisión, con el convencimiento de que era lo mejor para los dos.
La susodicha versión definitiva la redactó nada más comer, hacia las tres de la tarde. Desde su casa en las proximidades del antiguo Carlos Tartiere, bajó andando al edificio de correos donde depositó la carta. Y, en el camino de regreso a su domicilio, no se detuvo ni un instante.
Se encerró en su cuarto a escuchar música y a pensar obsesivamente en lo que había escrito, a imaginar los gestos del destinatario cuando leyese la carta. Por mucho que se repetía a sí misma las razones expuestas en la carta, no pudo evitar sentirse culpable no sólo por el disgusto que se llevaría el que hasta entonces había sido su novio, sino también porque, en el fondo, no estaba del todo segura de haber agotado las posibilidades de que aquella relación pudiese llegar a funcionar debidamente. Al final, fue esto último lo que más pudo.
De modo y manera que llamó a su amigo para que la acompañase a las oficinas de correos a intentar la recuperación de la carta para que no llegase a su destino.
La suerte le sonrió en el sentido de que su amigo estaba en casa y tampoco tenía ninguna obligación ineludible aquella tarde.
Le explicó por teléfono de qué se trataba y quedaron en verse en el bar La Gran Vía, en la Avenida de Galicia. Desde allí se encaminaron a correos.
El inicio de la gestión fue atípico, forzado y un tanto incómodo. Abrieron el buzón y, levantando inevitablemente la voz para ser oídos, un trabajador que deambulaba por allí se acercó a preguntarles qué deseaban. Nuestra protagonista, con la voz entrecortada, sin entrar a fondo en los detalles, explicó que necesitaba recuperar una carta que había depositado horas antes en el buzón, pues contenía una información errónea, según pudo comprobar tiempo después, y aquella información errónea podría acarrear disgustos innecesarios. El trabajador de correos le dijo que sería mucho más sencillo que llamase por teléfono a la persona a la que iba destinada la carta, pues la misiva tardaría en llegarle unos dos días. La respuesta fue la esperada: en la casa del destinatario no tenían teléfono, ni en el pueblo tampoco. El funcionario de correos no pudo no sonreírse, convencido de que aquello era una disculpa fácil.
Les indicó que esperasen un momento, pues tenía que consultar aquello. Tras unos minutos que se les hicieron eternos, volvió y les invitó a pasar por un acceso para ellos desconocido.
Por fortuna, la carta estaba en la saca correspondiente dentro del edificio de correos. La muchacha mostró su carnet de identidad para que pudiesen comprobar que era la remitente, pues su nombre figuraba en el reverso del sobre. No hicieron demasiado caso de aquello, convencidos de que, con tanto dramatismo, no podía estar fingiendo.
¡Por fin recuperó la carta! Pero, para sorpresa de su acompañante, no la rompió, sino que la releyó varias veces camino de casa.
Soplaba el viento desangelado de la cuaresma, que invitaba muy poco a detenerse en la calle. Su amigo la acompañó hasta el portal. Volvió a encerrarse en la habitación y, al mismo tiempo, se sentía agotada y, en cierta medida, aliviada. Digo en cierta medida porque no pudo sacudirse la congoja.
De aquello pasaron más de treinta años. Hoy el edificio de correos no tiene los tres buzones. La protagonista de este lance llegó a casarse con el destinatario de la carta, y lleva más de una década divorciada.
Y su acompañante no deja de preguntarse si hubiera sido mejor para ella que se negase a acompañarla, porque, de haberlo hecho, es probable que la carta hubiese llegado a su destino. No deja de preguntárselo, pero sabe que nada garantiza que, con todo, la ruptura hubiera sido definitiva, ni tampoco que, de circunstancia en circunstancia, su vida hubiera ser mejor, por aquello de que todo es susceptible de empeorar.
Se echan de menos aquellos tres buzones.
¿A que sí?

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