El Comercio
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Autor: abochoar_517
Bienintencionados
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Antonio Ochoa | 22-02-2018 | 10:03| 0

Seguramente habrán oído hablar del “efecto mariposa”. Es un concepto extraído de la Teoría del Caos, rama de las ciencias que estudia los sistemas complejos. Significa que el aleteo de uno de estos preciosos insectos aquí podría acabar desencadenando un tornado en Texas. Este ejemplo hipotético sirve perfectamente para ilustrar lo delicada que es la forma en la que los elementos del mundo que nos rodea se relacionan y para hacernos ver que nuestras acciones, aún las mejor intencionadas, pueden tener consecuencias absolutamente contrarias a lo que pretendíamos. Nos advierte también de que un problema puede parecernos sencillo simplemente porque no hemos estudiado en profundidad lo que subyace bajo él y que intentar arreglarlo con soluciones “sencillas y evidentes” puede provocar inesperadas catástrofes. Desdichadamente, hay mucha gente que tiene ya demasiadas dificultades con la aritmética básica como para preocuparse de ramas más complicadas y van por el mundo intentando apagar incendios sin percatarse de que lo que llevan en la cisterna es gasolina y no agua.

El mundo está plagado de esos bomberos incendiarios, que atacan las llamitas con sus extintores llenos de combustible hasta que no dejan más que tierra calcinada. Y mientras, desde los medios y las redes sociales, los eternos defensores de lo políticamente correcto los apoyan. Son los mismos que jaleaban a la Inquisición mientras quemaba herejes y a Robespierre, mientras guillotinaba opositores. Los mismos que denunciaban judíos a las SS y a disidentes a la KGB. Gente con la conciencia tranquila porque actúan en salvaguarda de la fe o de la revolución o de la pureza de raza o del paraíso proletario. Uno los encuentra por doquier, con su cabeza llena de buenas intenciones y vacía de reflexión o espíritu crítico. Han encontrado el principal problema del mundo y tienen una solución sencilla para él. No intentes razonar con ellos porque nunca permitirán que les arrebates eso. Uno por uno pueden parecer divertidos incluso, pero, cuando se juntan hasta alcanzar el tamaño crítico, son más devastadores que un centenar de bombas de hidrógeno.

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A oscuras
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Antonio Ochoa | 22-02-2018 | 10:01| 0

Vivimos en una burbuja tecnológica que nos envuelve y que, pretendiendo cuidarnos y protegernos, nos controla y nos vuelve cada vez más débiles y menos autosuficientes. Creemos que así deben ser las cosas, pero, a veces, un soplo de aire frío nos devuelve a la cruda realidad y nos demuestra nuestra impotencia y nuestra total dependencia; como sucedió este lunes en el Suroccidente, cuando despertamos sin electricidad.

Recordé muchos amaneceres similares en mi infancia y casi sonreí con añoranza; error, estos tiempos no son aquellos. Cogí la tableta para enterarme de qué había pasado; error, obviamente no había wifi. Bueno, un cafetito calentito me levantaría el ánimo; error, ni el microondas ni la vitro funcionaban. Desayuno frío -pensé- y un poco de lectura; error, ni la luz ni la calefacción funcionan sin electricidad. Así que, cuando ésta volvió a mediodía, me encontró arrebujado en una manta, cerca de la ventana, rojo de indignación y azul de frio. Imagino los que estuvieron a oscuras mucho más tiempo.

Nuestro nivel de preparación para las dificultades apenas parece adecuado para días tranquilos y soleados. Si hace mucho calor, nos arrasan los incendios, si nieva, quedamos incomunicados y sin electricidad. Viendo esto, o bien rogamos para que el calentamiento global nos traiga un clima caribeño (sin ciclones) o ponemos los medios para deshacernos de los políticos caribeños que nos gobiernan.

Comprendo que pueda haber argayos y problemas inesperados, pero tiene que haber personal y medios para hacerles frente al instante, especialmente cuando era algo anunciado. No se puede tener a la gente a oscuras e incomunicada durante horas sin que algún responsable salga a informar, dar explicaciones y decirles a los ciudadanos cómo y cuándo lo van a arreglar. Todos sabemos que las eléctricas invierten más en comprar voluntades políticas que en mantenimiento (es mucho más rentable) y que los políticos están más interesados en complacerlas a ellas que a sus votantes (son su futuro), pero me parece que el asunto ha llegado ya demasiado lejos y empezamos a estar cansados.

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¡Gracias, generosos!
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Antonio Ochoa | 06-02-2018 | 11:17| 0

Hace poco recibí esa carta donde te explican la subida que experimentará tu pensión. La abrí y quedé un poco perplejo. Los membretes parecían los correctos y el tono del texto era tan farragoso y oscuro como cabría esperar de un mensaje oficial. El contenido, por el contrario, sólo podía ser una falsificación. Nadie en su sano juicio malgastaría toneladas de folios, sobres y tinta y miles de horas y kilómetros de carteros para comunicar una subida netamente inferior a ese gasto. Para asegurarme, hablé con otros jubilados y todos habían recibido una misiva similar. Busqué en Internet y no aparecían referencias a ninguna campaña de mensajes falsos como éste. Por increíble que pareciera, aquello efectivamente era una tomadura de pelo, pero no de algún “simpático” particular, sino del Gobierno de España a todos sus pensionistas.

Ya sé que les cuesta creer que tengan el cuajo de hacer algo así, de decir que no pueden subirnos más porque no fueron capaces de ponerse de acuerdo con los Presupuestos. ¿Alguna vez les ha costado ponerse de acuerdo para subirse sus ya exorbitados sueldos, para otorgarse prebendas y privilegios o para repartirse otros “beneficios” mucho menos claros? Es difícil escuchar sin sentir nauseas a los políticos y a sus opinadores mercenarios justificarse con el déficit de la Seguridad Social después de haber oído grabaciones y declaraciones en las que se reparten millones por la jeta; sabiendo que eso es sólo la punta del iceberg, sabiendo que ese dinero nunca retornará a las arcas públicas, sabiendo que los peces gordos nunca irán a la cárcel y que los chicos irán una temporadita tan corta que al final se habrán sacado diez mil euros por día de prisión.

Duele pertenecer a un colectivo que no sólo permite que se le rían así en la cara, sino que no dudará en apoyarlos otra vez para que se sigan riendo. Por mi parte, nunca olvidaré tamaña generosidad y no dudaré en agradecerla como merece cada vez que el futuro me depare la ocasión.

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A empujones
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Antonio Ochoa | 06-02-2018 | 11:14| 0

Dada la proliferación de normas absurdas, ridículas y perniciosas con que continuamente nos afligen, podríamos pensar que los españoles somos líderes continentales indiscutidos en número de legisladores incompetentes y corruptos. Pues tal vez seamos los primeros, pero Bruselas no nos va muy a la zaga en tonterías. No me extraña que Puigdemont haya escogido esa ciudad para vacaciones. Claro que el Parlamento Europeo suele ser el destino final de muchos de nuestros políticos caídos en desgracia y, dado que hasta la fecha no nos han devuelto a ninguno a patadas, seguramente los demás no serán mucho mejores. Y, por si no tuviéramos bastante con los nos caen desde Oviedo y Madrid, los genios de Bruselas han decidido asestarle otro golpe al campo asturiano.

Resulta que el principal peligro para el medio ambiente no son los tubos de escape, ni las chimeneas, ni los residuos radiactivos, ni los plásticos, ni los metales pesados. Son las vacas, esos condenados animales que no paran de contaminar los prados con su orín y sus cacas. Y eso no puede ser. Los sensibles ojos y las delicadas narices de los turistas no deben ser ofendidos por algo tan grosero. Debemos enterrar rápidamente estos residuos para que no se noten. Suele haber mucha competencia para el premio a la Gilipollez del Año, pero en esta edición el jurado lo tendrá fácil.

Algunos iluminados saldrán diciendo que no es tan complicado enterrar el orín y eso es cierto en las llanuras centroeuropeas. El problema es que, para hacerlo aquí, habrá que enterrar también montones de horas de trabajo, millones de euros en maquinaria e instalaciones y, en las zonas de montaña, supondrá en la práctica el abandono de muchos terrenos. Quizás éste sea el objetivo final, quizás les hacemos quedar mal con nuestra carne y leche de calidad y quieran imponer sus filetes producidos en serie o importados de lugares donde los controles de calidad se les hacen a los billetes. Quizás quieran echarnos de nuestra tierra a empujones y éste sea uno más.

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Nos sentimos seguros
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Antonio Ochoa | 06-02-2018 | 11:04| 0

Nos explicaba el Delegado del Gobierno hace poco que la tasa de criminalidad en nuestra comarca era menos de la mitad de la media de Asturias que, a su vez, es la mitad de la media española. Es, por supuesto, una buena noticia que influye favorablemente en nuestra calidad de vida y en la imagen que damos de cara al turismo. No tengo duda de que el buen desempeño de los cuerpos de seguridad contribuye a este hecho y de que su cercanía al resto de los vecinos les añade motivación y les ayuda en sus investigaciones. Estoy seguro, también, de que nuestro entorno rural nos ha ayudado a conservar ciertos valores que en zonas más urbanas se han ido perdiendo y, probablemente, los indígenas seamos más respetuosos con lo ajeno y menos dados a la violencia. Pero existen otros motivos para este bajo número de delitos no tan positivos.

No nos roban más porque es poco rentable. Despistar a la policía por las calles de Gijón requiere un conductor experto; hacerlo por la carretera de Genestoso, requiere un genio. Una furgoneta con mercancías y un tractor con rollos de silo pueden tener el mismo valor; pero, entre escapar a cien con una o a treinta con el otro, hay diferencia (aparte de que nos olerían a kilómetros sin necesidad de perros). Las zonas rurales están mayormente habitadas por jubilados de la Agraria y, dadas las “increíbles” pensiones que cobran, si alguien intenta atracar a uno de ellos, debería estudiarse si enviarlo a la cárcel o a un centro especial. Un grupo de individuos en gabardina delante de un banco de Oviedo pasarían desapercibidos, junto a un banco de Tineo atraerían las miradas de todos los transeúntes. Nuestras malas comunicaciones, falta de industrias, bajos ingresos y escasa población contribuyen también a protegernos de la delincuencia. Y, a veces, pienso que no me importaría sentirme un poquito (no demasiado) menos seguro y un poquito (no demasiado) mejor tratado en el reparto de la riqueza y los servicios.

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