El Comercio
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Autor: abochoar_517
Ayudando
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Antonio Ochoa | 14-12-2017 | 9:42| 0

Algunas noticias y declaraciones en los medios nos llevan casi a concluir que los habitantes de las zonas rurales somos unos locos inconscientes a los que hay que atar corto para que no pongan en peligro la supervivencia del planeta. Me parece terriblemente injusto que olviden lo mucho que aportamos al mantenimiento de la civilización urbana. En estos tiempos en los que la contaminación del aire asfixia las ciudades, nosotros tenemos en marcha dispositivos que capturan miles de toneladas de CO2. Poseemos unos artefactos enormes, llamados “castaños”, que lo atrapan, lo encapsulan en unos nódulos llamados “castañas” y, con ayuda de otros dispositivos llamados “cerdos”, lo convierten en jamón. Hay otros artificios medianos, llamados “viñas”, que lo convierten en vino y millones de otros pequeñitos, llamados “hierbas”, que, con ayuda de unos grandes aparatos ambulantes, llamados “vacas, lo convierten en leche o filetes. Así que, cuando estas navidades se peguen una opípara cena con estos productos, recuerden que eso es CO2 de sus coches reciclado gracias a nosotros.

Y qué decir de esa otra gran preocupación que es la pérdida de biodiversidad debida a la extinción de especies. Mientras muchos se limitan a combatir el problema a base de palabras, nosotros ayudamos con obras. Soltamos cabras, ovejas y vacas al monte para que los lobos y los buitres puedan comer. Tenemos colmenas, cerezos y otros frutales para que los osos se alimenten. Plantamos patatas y maíz para que los jabalíes no pasen hambre. Sembramos huertos para que los topos y los ratones proliferen y las rapaces no desaparezcan. Y todo eso lo hacemos a sabiendas de que no recibiremos nada a cambio, a sabiendas de que las indemnizaciones son una broma, de que tienes que llevar más papeles a la Consejería para que te paguen cien euros por destrozos que al banco para que te presten un millón. Todo esto lo hacemos altruistamente, porque amamos nuestra tierra y porque, si alguien tiene que comerse los frutos de nuestro sudor, preferimos que sea un oso antes que un político.

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Eureka
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Antonio Ochoa | 04-12-2017 | 6:39| 0

Seguramente habrán oído ustedes muchas veces la expresión “acordarse de Santa Bárbara cuando truena” referida a aquellos que no se acuerdan de enfrentar los problemas hasta que ya es tarde. El Gobierno asturiano y los sindicatos mayoritarios la han venido usando como patrón de conducta en el tema del carbón y, ahora, le han dado otra vuelta y, además, han decidido “acordarse de los truenos cuando llega Santa Bárbara”. Reunidos en sesudo cónclave en vísperas de la patrona de los mineros, han llegado a la conclusión que detrás del cierre de las térmicas hay una mano negra y no precisamente la de un picador. No es de extrañar, sin embargo, que hayan tardado tanto enterarse porque, ¿qué saben ellos de manos negras? Dudo que nadie en el gobiernín se haya ensuciado nunca las manos (trabajando, quiero decir) y, si alguno de los líderes sindicales paleó carbón alguna vez, fue hace tanto tiempo que ya ni se acuerdan (ni quieren acordarse).

Pues sí, detrás de la operación de acoso y derribo al carbón nacional hay intereses espurios. Lo hemos venido denunciando muchos desde hace años. Aunque entiendo que nunca nos hayan leído; probablemente no les gustaría lo que decimos. Mucho más guapo es reunirse un día, decir que hay mucha gente mala por el mundo y volver al confortable despacho a seguir cobrando por no hacer nada. Porque eso es exactamente lo que van a hacer después de tan geniales conclusiones. No se pondrán gravámenes ni restricciones al carbón importado que, además de contaminar el aire como el nacional, contamina también la política y la economía del país. No se meterá en cintura a las empresas eléctricas que abusan a placer de los ciudadanos porque, cuando los ministros y consejeros dejen el cargo, ¿dónde van a colocarse? No, no van a hacer nada. Seguirán pasándose la pelota unos a otros o echándole la culpa a Bruselas, que es también muy socorrido. Pero al fin han descubierto que el problema es que hay alguna mano alargada en la sombra. Eureka.

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En línea
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Antonio Ochoa | 14-11-2017 | 12:50| 0

Aunque no nos importe si la luz es una onda o una partícula y pensemos que “cuanto” es sólo una pregunta, la tecnología va igualmente transformando nuestras vidas hasta extremos que no hubiéramos podido ni imaginar hace treinta años. La posibilidad de estar conectados de manera permanente, sencilla y barata ha revolucionado el modo de relacionarnos unos con otros y, con ello, el edificio entero de la sociedad. En países como España, de personas ya de sí tradicionalmente sociables y comunicativas, el efecto ha sido brutal. El móvil se ha convertido en una extensión de nuestras manos y notaríamos más su falta que la del dedo meñique.

Como consecuencia, hemos pasado de ser gente no excesivamente aficionada a la lectura a recibir y transmitir la mayoría de nuestra información en forma escrita, cosa para la que no nos habíamos preparado. Y el peor problema no son los fallos ortográficos o sintácticos (aunque también), sino nuestra poca capacidad de defensa frente a la manipulación, la mentira o la calumnia. Privados del oído y del lenguaje corporal, somos víctimas fáciles de cualquier engaño. Casi todos somos capaces de leer un texto, pero no nos han enseñado a interpretarlo en profundidad, probablemente porque no interesaba que aprendiéramos.

Los textos son como las castañas y hay que buscar bajo el erizo, la cáscara y la piel para llegar a la parte más sabrosa. Pongamos un ejemplo de la actualidad (que apareció en varios medios) para que se entienda mejor: “Puigdemont recalcó que lo fácil hubiese sido incitar a la violencia movilizando a sus funcionarios fieles”. Aparentemente es una apelación a la responsabilidad y la paz social. Quitémosle el “erizo” y centrémonos en las palabras esenciales: “fácil”, “incitar”, “violencia” y “fieles”. Suena como una amenaza encubierta. Sigamos pelando y nos queda: “fácil”, “incitar” y “fieles”, todo un insulto a la inteligencia de sus seguidores. Y otra rascadita nos deja “fieles”, una definición perfecta de lo que ha acabado siendo el catalanismo: una secta. Como ven, lo más interesante está siempre entre líneas.

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Zarzuela
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Antonio Ochoa | 08-11-2017 | 5:59| 0

Décadas de adoctrinamiento independentista han conseguido tergiversar la visión de la realidad de los catalanes y el resto de los españoles. Hemos llegado a creer que el catalanismo era un bloque unitario. Ha afectado incluso a organismos como Instituciones Penitenciarias. Por eso, cuando tuvieron que buscar un compañero de celda para Jordi Sánchez (uno de los jordis), eligieron al “empresario” asturiano Cachero, que también había intentado independizarse de la justicia española. Estoy seguro de que lo hicieron con toda la buena fe y eso demuestra su desconocimiento del tema. Porque los que pretendían independizarse de los tribunales españoles y crear unos propios más amigables eran los del PDeCAT. Este Jordi es más cercano a Esquerra y esos lo que querían era crear un paraíso del proletariado. No es de extrañar que al pobre Sr. Cachero tantas horas de charla sobre nacionalizaciones e impuestos a los ricos le hayan producido sarpullido. Estoy seguro de que, si le hubieran puesto con el Sr. Mas, se habrían entendido a la perfección.

Y es que, si algo ha demostrado el “proces” es que, aunque les cueste reconocerlo,  los catalanes son tan españoles como el que más y años de TV3 apenas les han añadido una fina capa de barniz folclórico. Han intentado orquestar una ópera majestuosa, épica, tipo “El Anillo de los Nibelungos” y lo que les ha salido, como corresponde a su idiosincrasia hispana, es una divertida y absurda zarzuela, tipo “La Verbena de la Paloma”, con Puigdemont haciendo de D. Hilarión. Han querido demostrar al mundo que eran diferentes y, merced a esos plenos que empezaban con una hora de retraso, esos cambios súbitos e inexplicados de dirección y esos aliados conspirando unos contra otros, han hecho una exhibición de todos esos defectos como la impuntualidad, la improvisación y la picaresca de los que tan a menudo nos acusan los extranjeros a los españoles. Esperemos que, a partir de ahora, exhiban también nuestras cualidades positivas (que las tenemos) como la tolerancia, la capacidad de diálogo y el sentido del humor.

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Sesenta años
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Antonio Ochoa | 31-10-2017 | 7:22| 0

El tiempo es un excelente rasero que va colocando a cada uno en su sitio. Hay instituciones que suben como cohetes, iluminan el cielo rutilantes por un instante y desaparecen en un parpadeo. Otras, más humildes, pero de luz más constante, permanecen y terminan por convertirse en una referencia. El restaurante La Allandesa, que ha celebrado este octubre su sexagésimo aniversario, pertenece a este segundo grupo. En innumerables ocasiones, decirle a alguien que yo era de Allande era escuchar la consabida respuesta: “¡Ah, La Allandesa! ¡Que bien se come allí!”, antes de referirse a otras bellezas de la zona. Los españoles tenemos una estupenda memoria gastronómica. Un estómago satisfecho nos hace verlo todo con mejores ojos y tiñe nuestros recuerdos de felicidad. Por eso, esta  comunión entre concejo y establecimiento ha sido muy beneficiosa para ambas partes.

Esta fama no ha sido fruto de la casualidad, sino resultado de décadas de esfuerzo y dedicacion. Quizás uno de sus platos emblemáticos, el pote de berzas, sea el que mejor simboliza esto. Porque, como bien sabemos los asturianos, por sencilla que parezca su receta, su preparación no lo es tanto. Conseguir un nivel de excelencia que pueda resistir la comparación con aquel que hacía la abuela en nuestra infancia (añoranza) requiere tiempo, cocina de leña, cariño y materia prima de primera calidad. Ese ha sido desde siempre el secreto del éxito de La Allandesa: productos de la tierra, generalmente cultivados o elaborados con sus propias manos, y unas cocineras que han dedicado una vida entera y un montón de amor a conservar nuestros platos tradicionales, nada más y nada menos.

En estos tiempos de la deconstrucción y de los recipientes enormes con mucho adorno y raciones diminutas, poder saborear el honesto potaje de siempre y poder repetir cuanto desees hasta la saciedad resulta tremendamente refrescante. Por ello, porque forman parte de mis recuerdos lejanos de aquellos mercados que eran mercados y por haberse convertido en una leyenda en estas seis décadas, vayan desde aquí mi agradecimiento y mi felicitación.

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