El Comercio
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¡Gracias, generosos!
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Antonio Ochoa | 06-02-2018 | 10:17| 0

Hace poco recibí esa carta donde te explican la subida que experimentará tu pensión. La abrí y quedé un poco perplejo. Los membretes parecían los correctos y el tono del texto era tan farragoso y oscuro como cabría esperar de un mensaje oficial. El contenido, por el contrario, sólo podía ser una falsificación. Nadie en su sano juicio malgastaría toneladas de folios, sobres y tinta y miles de horas y kilómetros de carteros para comunicar una subida netamente inferior a ese gasto. Para asegurarme, hablé con otros jubilados y todos habían recibido una misiva similar. Busqué en Internet y no aparecían referencias a ninguna campaña de mensajes falsos como éste. Por increíble que pareciera, aquello efectivamente era una tomadura de pelo, pero no de algún “simpático” particular, sino del Gobierno de España a todos sus pensionistas.

Ya sé que les cuesta creer que tengan el cuajo de hacer algo así, de decir que no pueden subirnos más porque no fueron capaces de ponerse de acuerdo con los Presupuestos. ¿Alguna vez les ha costado ponerse de acuerdo para subirse sus ya exorbitados sueldos, para otorgarse prebendas y privilegios o para repartirse otros “beneficios” mucho menos claros? Es difícil escuchar sin sentir nauseas a los políticos y a sus opinadores mercenarios justificarse con el déficit de la Seguridad Social después de haber oído grabaciones y declaraciones en las que se reparten millones por la jeta; sabiendo que eso es sólo la punta del iceberg, sabiendo que ese dinero nunca retornará a las arcas públicas, sabiendo que los peces gordos nunca irán a la cárcel y que los chicos irán una temporadita tan corta que al final se habrán sacado diez mil euros por día de prisión.

Duele pertenecer a un colectivo que no sólo permite que se le rían así en la cara, sino que no dudará en apoyarlos otra vez para que se sigan riendo. Por mi parte, nunca olvidaré tamaña generosidad y no dudaré en agradecerla como merece cada vez que el futuro me depare la ocasión.

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A empujones
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Antonio Ochoa | 06-02-2018 | 10:14| 0

Dada la proliferación de normas absurdas, ridículas y perniciosas con que continuamente nos afligen, podríamos pensar que los españoles somos líderes continentales indiscutidos en número de legisladores incompetentes y corruptos. Pues tal vez seamos los primeros, pero Bruselas no nos va muy a la zaga en tonterías. No me extraña que Puigdemont haya escogido esa ciudad para vacaciones. Claro que el Parlamento Europeo suele ser el destino final de muchos de nuestros políticos caídos en desgracia y, dado que hasta la fecha no nos han devuelto a ninguno a patadas, seguramente los demás no serán mucho mejores. Y, por si no tuviéramos bastante con los nos caen desde Oviedo y Madrid, los genios de Bruselas han decidido asestarle otro golpe al campo asturiano.

Resulta que el principal peligro para el medio ambiente no son los tubos de escape, ni las chimeneas, ni los residuos radiactivos, ni los plásticos, ni los metales pesados. Son las vacas, esos condenados animales que no paran de contaminar los prados con su orín y sus cacas. Y eso no puede ser. Los sensibles ojos y las delicadas narices de los turistas no deben ser ofendidos por algo tan grosero. Debemos enterrar rápidamente estos residuos para que no se noten. Suele haber mucha competencia para el premio a la Gilipollez del Año, pero en esta edición el jurado lo tendrá fácil.

Algunos iluminados saldrán diciendo que no es tan complicado enterrar el orín y eso es cierto en las llanuras centroeuropeas. El problema es que, para hacerlo aquí, habrá que enterrar también montones de horas de trabajo, millones de euros en maquinaria e instalaciones y, en las zonas de montaña, supondrá en la práctica el abandono de muchos terrenos. Quizás éste sea el objetivo final, quizás les hacemos quedar mal con nuestra carne y leche de calidad y quieran imponer sus filetes producidos en serie o importados de lugares donde los controles de calidad se les hacen a los billetes. Quizás quieran echarnos de nuestra tierra a empujones y éste sea uno más.

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Nos sentimos seguros
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Antonio Ochoa | 06-02-2018 | 10:04| 0

Nos explicaba el Delegado del Gobierno hace poco que la tasa de criminalidad en nuestra comarca era menos de la mitad de la media de Asturias que, a su vez, es la mitad de la media española. Es, por supuesto, una buena noticia que influye favorablemente en nuestra calidad de vida y en la imagen que damos de cara al turismo. No tengo duda de que el buen desempeño de los cuerpos de seguridad contribuye a este hecho y de que su cercanía al resto de los vecinos les añade motivación y les ayuda en sus investigaciones. Estoy seguro, también, de que nuestro entorno rural nos ha ayudado a conservar ciertos valores que en zonas más urbanas se han ido perdiendo y, probablemente, los indígenas seamos más respetuosos con lo ajeno y menos dados a la violencia. Pero existen otros motivos para este bajo número de delitos no tan positivos.

No nos roban más porque es poco rentable. Despistar a la policía por las calles de Gijón requiere un conductor experto; hacerlo por la carretera de Genestoso, requiere un genio. Una furgoneta con mercancías y un tractor con rollos de silo pueden tener el mismo valor; pero, entre escapar a cien con una o a treinta con el otro, hay diferencia (aparte de que nos olerían a kilómetros sin necesidad de perros). Las zonas rurales están mayormente habitadas por jubilados de la Agraria y, dadas las “increíbles” pensiones que cobran, si alguien intenta atracar a uno de ellos, debería estudiarse si enviarlo a la cárcel o a un centro especial. Un grupo de individuos en gabardina delante de un banco de Oviedo pasarían desapercibidos, junto a un banco de Tineo atraerían las miradas de todos los transeúntes. Nuestras malas comunicaciones, falta de industrias, bajos ingresos y escasa población contribuyen también a protegernos de la delincuencia. Y, a veces, pienso que no me importaría sentirme un poquito (no demasiado) menos seguro y un poquito (no demasiado) mejor tratado en el reparto de la riqueza y los servicios.

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Esperando
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Antonio Ochoa | 18-01-2018 | 16:40| 0

Tiendo a ser amable por naturaleza y porque creo que lo que sembramos a nuestro alrededor es lo que nos rodeará en el futuro. Por eso, cuando una de las App de mi móvil comenzó a hacerme preguntas sobre los lugares que visitaba para ayudar a otros viajeros, no tuve inconveniente en contestar. Algunas veces, sin embargo, me descoloca un poco. Hace un tiempo, por ejemplo, quería conocer los servicios de que disponía la Estación de Autobuses de Celón. Para los que no la conozcan, dicha “Estación” mide algo más de tres metros de largo por dos de alto y uno de fondo, es de madera y suele conocerse por el aristocrático diminutivo de “marquesina”. Aún sonrío cada vez que la veo y me acuerdo.

Días después, sin embargo, iba en coche camino a Cangas, era de noche, llovía y un viento frío te atravesaba. Al llegar al Puente del Infierno, vi enfrente a tres personas, arrebujadas en sus abrigos, esperando el autobús. En aquel lugar y circunstancias, semejaban almas en pena aguardando temerosas después que el pulgar de San Pedro hubiese señalado hacia abajo. Pensé también que, a aquellos pobres viajeros, cualquier refugio, aún uno con un título nobiliario chiquitín, les habría parecido en aquel momento la antesala de cielo. Porque, cuando la Administración hace grandes dotaciones sin tener en cuenta para nada las pequeñas necesidades de los administrados, el paisaje se llena de elementos superfluos que luego se echan de menos donde de verdad serían imprescindibles.

Es este un paraje solitario, pero la confluencia de carreteras hace que, para los habitantes de muchos pueblos de Allande y Cangas, sea la parada más accesible del autobús de Oviedo. Por ello, confío en que alcaldes y consejeros se apiaden de todos los que tienen que esperan en medio de la oscuridad y la intemperie y les faciliten un refugio y una luz. Porque, si un día nos encontramos esperando junto a algún Puente del Infierno (especialmente aquel de dirección única), todos desearemos que alguien nos ofrezca otro tanto.

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Deseos
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Antonio Ochoa | 08-01-2018 | 17:34| 1

Los artículos de despedida de año suelen estar dedicados al recuerdo de lo que ha sido y los de bienvenida del siguiente,  a la esperanza de lo que queremos que sea. Por ello, dado que la memoria tiene la curiosa costumbre de ir resumiendo por su cuenta, es relativamente sencillo adaptar los primeros a un tamaño aceptable. Al fin y al cabo, si se pueden meter treinta siglos de historia de España en trecientas páginas, bien se pueden analizar doce meses en una. Los deseos incumplidos, por el contrario, no disminuyen, se acumulan. Si intentásemos detallar todos los anhelos pendientes y las esperanzas frustradas en este país sólo en el último siglo, nos saldrían bastantes más libros que a “Guerra de Tronos” y aún más deprimentes.

Por tanto, me circunscribiré a nuestra comarca y a un solo aspecto: las comunicaciones. Porque nadie duda que las malas comunicaciones fueron y son una de las causas de que la población del Suroccidente esté en caída libre, que es el problema más acuciante al que se nos enfrentamos. No creo, sin embargo, que sean las carreteras el mayor obstáculo. Bienvenidas, por supuesto, todas las obras y mejoras, pero, para cualquier vecino de un pueblo, rebajar de hora y media a hora y cuarto la distancia al Centro no supone una ventaja tan significativa. Ni vamos tantas veces ni tenemos tanta prisa. Hay otras carencias comunicativas muchísimo más graves y urgentes.

Imagínense que, por alguna catástrofe tecnológica, un barrio de Oviedo quedase sin internet y sin cobertura de móvil por tiempo indefinido. ¿Cuánto creen que tardarían en amontonarse las protestas? ¿Horas? ¿Cuánto creen que tardaría en formarse un escándalo político y mediático? ¿Días? ¿Cuánto creen que tardaría el barrio en decaer? ¿Meses? Muchos pueblos de aquí llevan así toda la vida y no se vislumbra que la cosa vaya a mejorar. Ignorar este problema y luego pretender que se está haciendo lo posible por fijar población es pura palabrería. Los jóvenes de hoy en día nunca se plantearán quedarse en estas condiciones.

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Problemas
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Antonio Ochoa | 01-01-2018 | 10:55| 0

Como cada diciembre, las ondas y los papeles se llenan de sesudas reflexiones y enciclopédicos resúmenes sobre el año que acaba y no hay duda de que en 2017 el tema estrella será el “problema catalán”. Eso demuestra  hasta qué punto estos tiempos de la posverdad (una manera cursi de decir “falsedad”) nos han afectado. Porque yo no creo que exista tal “problema catalán”. El hecho de que cerca de la mitad de los habitantes de un territorio no acaben de encontrarse a gusto en la España actual no es, para nada, exclusivo de Cataluña. Estoy convencido de que, si preguntamos al resto de los ciudadanos de este país, nos encontraremos con porcentajes similares o superiores. Lo que realmente nos ha traído de cabeza este año (y los anteriores) es, pues, el “problema español”, derivado de una corrupción galopante, un reparto de la riqueza cada vez más injusto y un convencimiento general de que ya no somos todos iguales ante la ley. Es muy difícil sentirse “a gusto” con eso.

Para solucionarlo, los españoles, demostrando nuestra madurez, hemos optado por la negación o la minimización (“No existe”.  “No es para tanto”.), la resignación (“No se puede hacer nada”.), la descarga de responsabilidades en otros (“Alguien tendría que hacer algo”.) o la esperanza en una milagrosa transmutación (“Los partidos que nos han estado robando se van a reformar y van a arreglar las cosas”.).  Los catalanes han hecho lo mismo, añadiéndole un pequeño toque racista (“Los catalanes de verdad no hacen estas cosas”. “Si te roba un catalán, no es tan grave”. “La culpa es del resto de los españoles”. “Convergencia y Ezquerra van a dejar de robar y nos van a salvar”.).  Y lo más divertido del caso es que, si en todas estas frases intercambiamos “catalanes” y “españoles”, tendremos también los eslóganes de los nacionalistas de este lado. Si no dejásemos que nos entretuviesen con el “problema catalán” y pusiéramos manos a la obra para solucionar el verdadero “problema español”, el otro quedaría resuelto al mismo tiempo.

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Sin palabras
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Antonio Ochoa | 26-12-2017 | 17:16| 0

Llegadas estas fechas, un fino y persistente urbayu de paz, amor y tolerancia nos empapa hasta los huesos, mitiga nuestros fuegos y nubla nuestra visión. Todos esos bípedos ambulantes, que normalmente pululan por ahí estorbándonos, vuelven a parecernos, incluso, humanos. Los miramos atentamente y casi podemos percibir una chispa de inteligencia en sus ojos. Nuestras defensas frente a los demás caen a mínimos y nuestro usual instinto gregario se exacerba. Sentimos la necesidad de reencontrarnos con conocidos y familiares que usualmente tratamos poco o, en algunos casos, evitamos. Queremos acercarnos, abrazarlos, hablar, compartir una copa con ellos y ese es (¡Ah!) uno de los peligros navideños. La palabra es una mercancía delicada, hasta intercambiada entre amigos, peligrosa, entre gente que no se conoce demasiado bien y explosiva, si se mezcla con alcohol.

Debajo de esas frías cenizas y esos rescoldos apagados por la llovizna de amor navideña, siguen ardiendo las brasas que nos han enfrentado todo el resto del año (o toda la vida) y basta un comentario imprudente para atizarlas y que estallen fieras otra vez las llamas del conflicto. El camino por unas fiestas pacíficas está sembrado de trampas y la prudencia no es una opción, es una necesidad. Empezaremos por evitar zonas peligrosas como el fútbol o Cataluña, pero no hay ninguna ruta completamente segura. Si no conocemos el terreno, iremos sondeándolo con cometarios neutrales y, si vemos que la cosa se caldea, cambiaremos inmediatamente de tema. Pero habrá que tener cuidado y ser rápido. A veces, empiezas diciendo algo tan inocuo como: “Hace un día precioso” y acabas discutiendo sobre el cambio climático y los incendios forestales. No deje que los villancicos le engañen, los habitantes de este país hemos pasado mucho más tiempo peleándonos entre nosotros que con los de afuera; por algo será. Lo mejor es siempre hablar poquito, sonreír mucho y asentir pensativamente de cuando en cuando. Todo el mundo le considerará un conversador ameno e inteligente. Es una buena táctica, incluso, para todo el resto del año. Felices fiestas.

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Indios
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Antonio Ochoa | 20-12-2017 | 11:58| 0

Cada vez estoy más convencido de que, dentro del Gobierno regional, existe un departamento secreto, la Oficina de Asuntos Indígenas, que se encarga de gestionar todo lo relativo a las alas rurales asturianas y que funciona según el modelo de las reservas indias americanas del siglo XIX. Sólo así se puede explicar que, vengan de la Consejería que vengan, todas las normativas, disposiciones y leyes nos peguen siempre en el mismo carrillo. Sólo así se puede entender que, en nombre del progreso, nosotros los indígenas, nuestra cultura y tradiciones hayan sido llevados al borde de la extinción en unas cuantas décadas. Nos negamos a adaptarnos a la “modernidad”, a ser “competitivos”. Nos aferramos a nuestros antiguos modos de vida “salvajes” y, por tanto, en beneficio de la “civilización” tenemos que ser eliminados.

Imagine que Pachu, harto de la vida urbana, pretende volver a sus orígenes y recuperar la abandonada casería de sus ancestros. Para empezar, rehabilitar la casa le va a costar una montaña de documentos, fotos, permisos, licencias y trámites anteriores, intermedios y posteriores. Con un buen abogado y un montón de dinero, será afortunado si termina en tres años. Preparada la casa, le tocará prepararse a él. Antes de poder comprar gallinas o limpiar “veras”, deberá acabar la “carrera” de ganadero. Necesitará carnét de conductor de Pascualín, de manejo de animales con psicología, de sulfatador de ortigas, de manipulador de huevos y muchos más, cada uno de ellos con su examen y sus tasas. Después, tendrá que aprenderse tochos enteros de legislación para saber dónde hay que pedir permiso para cortar leña y dónde, para “cavar” un trozo de monte (hay que pedir los dos, sí). Necesitará aprender a evitar los cantaderos de urogallos (aunque nadie haya visto uno allí en siglos) y las molestias a los jabalíes (aunque luego bajen todas las noches al pueblo a echar un pincho), porque ellos son animales y tienen sus derechos y Pachu es ahora un indígena salvaje más de la Reserva, no tiene ninguno y su viacrucis continuará…

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Ayudando
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Antonio Ochoa | 14-12-2017 | 08:42| 1

Algunas noticias y declaraciones en los medios nos llevan casi a concluir que los habitantes de las zonas rurales somos unos locos inconscientes a los que hay que atar corto para que no pongan en peligro la supervivencia del planeta. Me parece terriblemente injusto que olviden lo mucho que aportamos al mantenimiento de la civilización urbana. En estos tiempos en los que la contaminación del aire asfixia las ciudades, nosotros tenemos en marcha dispositivos que capturan miles de toneladas de CO2. Poseemos unos artefactos enormes, llamados “castaños”, que lo atrapan, lo encapsulan en unos nódulos llamados “castañas” y, con ayuda de otros dispositivos llamados “cerdos”, lo convierten en jamón. Hay otros artificios medianos, llamados “viñas”, que lo convierten en vino y millones de otros pequeñitos, llamados “hierbas”, que, con ayuda de unos grandes aparatos ambulantes, llamados “vacas, lo convierten en leche o filetes. Así que, cuando estas navidades se peguen una opípara cena con estos productos, recuerden que eso es CO2 de sus coches reciclado gracias a nosotros.

Y qué decir de esa otra gran preocupación que es la pérdida de biodiversidad debida a la extinción de especies. Mientras muchos se limitan a combatir el problema a base de palabras, nosotros ayudamos con obras. Soltamos cabras, ovejas y vacas al monte para que los lobos y los buitres puedan comer. Tenemos colmenas, cerezos y otros frutales para que los osos se alimenten. Plantamos patatas y maíz para que los jabalíes no pasen hambre. Sembramos huertos para que los topos y los ratones proliferen y las rapaces no desaparezcan. Y todo eso lo hacemos a sabiendas de que no recibiremos nada a cambio, a sabiendas de que las indemnizaciones son una broma, de que tienes que llevar más papeles a la Consejería para que te paguen cien euros por destrozos que al banco para que te presten un millón. Todo esto lo hacemos altruistamente, porque amamos nuestra tierra y porque, si alguien tiene que comerse los frutos de nuestro sudor, preferimos que sea un oso antes que un político.

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Eureka
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Antonio Ochoa | 04-12-2017 | 17:39| 0

Seguramente habrán oído ustedes muchas veces la expresión “acordarse de Santa Bárbara cuando truena” referida a aquellos que no se acuerdan de enfrentar los problemas hasta que ya es tarde. El Gobierno asturiano y los sindicatos mayoritarios la han venido usando como patrón de conducta en el tema del carbón y, ahora, le han dado otra vuelta y, además, han decidido “acordarse de los truenos cuando llega Santa Bárbara”. Reunidos en sesudo cónclave en vísperas de la patrona de los mineros, han llegado a la conclusión que detrás del cierre de las térmicas hay una mano negra y no precisamente la de un picador. No es de extrañar, sin embargo, que hayan tardado tanto enterarse porque, ¿qué saben ellos de manos negras? Dudo que nadie en el gobiernín se haya ensuciado nunca las manos (trabajando, quiero decir) y, si alguno de los líderes sindicales paleó carbón alguna vez, fue hace tanto tiempo que ya ni se acuerdan (ni quieren acordarse).

Pues sí, detrás de la operación de acoso y derribo al carbón nacional hay intereses espurios. Lo hemos venido denunciando muchos desde hace años. Aunque entiendo que nunca nos hayan leído; probablemente no les gustaría lo que decimos. Mucho más guapo es reunirse un día, decir que hay mucha gente mala por el mundo y volver al confortable despacho a seguir cobrando por no hacer nada. Porque eso es exactamente lo que van a hacer después de tan geniales conclusiones. No se pondrán gravámenes ni restricciones al carbón importado que, además de contaminar el aire como el nacional, contamina también la política y la economía del país. No se meterá en cintura a las empresas eléctricas que abusan a placer de los ciudadanos porque, cuando los ministros y consejeros dejen el cargo, ¿dónde van a colocarse? No, no van a hacer nada. Seguirán pasándose la pelota unos a otros o echándole la culpa a Bruselas, que es también muy socorrido. Pero al fin han descubierto que el problema es que hay alguna mano alargada en la sombra. Eureka.

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