El Comercio
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Autor: oquillas
Manzaninas
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Adrián Ausín | 25-05-2018 | 11:07| 0

La naturaleza, como la Tierra, no para de girar. Tras la cosechona del año pasado, llegó el invierno durmiente, con los árboles esqueletizados, en esa muerte aparente de la que despiertan siempre, a vuelta de primavera, como por arte de magia. Se corchó la sidra entre abril y mayo, y la nueva materia prima asoma ya entre las ramas. Manzaninas como canicas tras ese gran espectáculo que constituyen los manzanos en flor. ¡Ya quisieran en el Jerte! Mientras los árboles se desperezan, las huertas incipientes constituyen la mejor prueba de que mayo reina en el calendario. «Este año viene todo tardío», comentan en Runza. Bueno, si el verano se prolonga hasta octubre podremos hacer como si diera igual.

manzaninas-reduxEn el campo, desde La Pedrera hasta Deva, pasando por Ruedes, da gusto contemplar tomates, lechugas, pimientos asomando un palmo sobre la tierra. El cilúrnigo no ha podido este año tomar prestado el rotovátor. Pero quién dijo miedo. La huerta, a palote limpio, le deja a uno durante un rato una placentera sensación de increíble Hulk. Brazos duros, barriga apretada y mente despejada.

En los cuatro primeros días de huerta no ha habido una sola baja. El babosil dejó frito un bonito caracol de concha rayada, único parte de guerra hasta el momento. Pero seguro que habrá algún combate de más enjundia. En la última temporada, tras plantar por dos veces una hermosa planta de perejil ésta desapareció como por arte de magia. Quizá un único bocado de un corzo o, quién sabe, una expedición de babosas equipadas con armas químicas. Este año, la experiencia invita a fortificar la nueva planta, que crece rodeada de un ejército de palos formando un fortín a prueba de invasores.

La huerta disciplina al hombre. Le marca las estaciones. Los tiempos. Las rutinas. Y, llegado el momento, ofrece sabroso alimento sin pasar por la tienda. Una ensalada de tomate Mariñán con unas tiras de pimientos vale su precio en oro. Unos calabacines talla pequeña apenas hervidos son bocado de Bergoglio. Coger los pepinos de la trepadora para hacer el gazpacho, aliñar una lechuga recién arrancada de la madre tierra… Son placeres fáciles, básicos, elementales. Pero que hacen los días más felices.

El suegro del cilúrnigo, gachu, dice que no pone huerta. ¿Cómo? Querido suegro, la huerta es vida. Así que después de plantar su terruño el lunes, se planta en su casa el jueves siquiera con ocho tomates mariñanes y ocho pimientos para alegrar su pequeño y rentable invernadero. Desbroza, rotura y se hortiga entero. Pero a las dos de la tarde está listo el huertín de Fontaciera, donde llegado agosto los tomates suelen parecer centollos y los pimientos, gambones. La huerta. Eso sí que es una mariscada.

(Publicado en EL COMERCIO el viernes 25 de mayo de 2018)

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Sueños febriles
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Adrián Ausín | 12-05-2018 | 6:17| 0

La fiebre le va a los sueños como anillo al dedo. En un estado febril, se produce una cascada de aventuras imparable. Aunque también proliferan como setas esos sueños repetitivos de los que uno, por más que lo intente, no puede huir. Mientras al otro lado de la ventana luce un sol esplendoroso que incita a bajar al Muro, el gijonés febril sueña una y otra vez con unas estúpidas barras desiguales que debe recortar. Abre uno ojo, mira por la ventana, lo cierra y de nuevo las barras. Así una mañana entera.

suenoLa tarde empieza más animada. Pero de nuevo inquieta. La clásica escena de aeropuerto. De repente va salir el avión desde otra terminal y cuando la situación requeriría una carrera brutal va todo lentísimo. Imposible cogerlo. Es un drama perderlo, pues es un vuelo transoceánico. Sin saber muy bien cómo, sube al avión in extremis después de haber buscado a la esposa por todo el aeropuerto. Entonces empieza otro drama: el avión vuela apenas a veinte metros del mar, de noche y con el cielo tormentoso. Una punta de una roca o una ola un poco fuerte podrían tocarlo. De hecho, desde la ventana se aprecia nítidamente el oleaje. Pinta mal la cosa y pasa lo que tenía que pasar. Tras una hora aterradora, el avión se sumerge de repente en el agua sin más. Parece el fin. Pero los sueños sueños son y el gijonés y su esposa aparecen en una gran playa tumbados entre trozos de fuselaje y algunos cuerpos más esparcidos por el arenal. Hay unos cangrejos tremendos recorriendo algunos humanos inertes. El gijonés febril aventa a uno de una patada que estaba a punto de subirse a la cara de la esposa, que despierta en ese momento ofuscada. Mejor despertar, aunque la presunta isla perdida prometa aventuras.

Pero el sueño vence una vez más. Esta vez, la bahía de Gijón es diferente. Por su derecha, un poco más allá de El Rinconín, hay una barrera rocosa y una lengua de arena atravesadas que asoman en las bajamares. Los incautos, como el soñador, y los surfistas van entonces a caminar por este surco milagroso. Pero, claro, luego sube la marea y se forman dos oleajes opuestos; el natural hacia la costa y el que vienen de vuelta contra la barrera de roca y arena, que empieza a desaparecer. De repente, el soñador no sabe muy bien hacia dónde debe nadar para salvarse. Vienen tan altas las olas y en todos los sentidos que apenas puede orientarse. La situación es dramática. Pero a diferencia de los surfistas, que también las están pasando canutas, el protagonista de este episodio guarda un as en su manga. Y despierta.

Nunca pensó que tener fiebre fuese tan entretenido.

(Publicado en EL COMERCIO el viernes 11 de mayo de 2018)

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Greystoke también fala
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Adrián Ausín | 05-05-2018 | 6:15| 0

La historia de la creación, faltaría más, también debería tener su versión asturiana. Como ‘Rambo’ o ‘El exorcista’. El primer homo sapiens asturis habría sido gestado en los árboles del Monte Deva, tras la unión de dos chimpancés que experimentaron una extraña deriva al combinar accidentalmente la sidra y los oricios. Esi primer playu miró al horizonte, vio la Campa Torres y dijo a los suyos:«Seguidme». Así empezaron los cilúrnigos, aquellos pioneros que al asentarse en la Campa fundaron sin saberlo la nación gijonesa y al decir «ye guapu» mientras contemplaban el horizonte alumbraron ese hablar que llamaron primero bable y lluego llingua.

Se anunciaba ayer la emisión de ‘Greystoke. La leyenda de Tarzán’ en versión bablística, un nuevo intento, tras el éxito mundial de ‘El rostru impenetrable’, de demostrarnos a los ignorantes cilúrnigos del siglo XXIque eso que hablamos por el Muro, aunque no nos demos cuenta, es un idioma en toda regla. No hay más que preguntar a uno de Valladolid si cuando le decimos eso de ‘rostru’ lo entiende o necesita diccionario. ¡Qué poco valoramos lo nuestro!

greystokeTras admirar a Marlon Brando falando como si tal cosa, ahora nos pondrán a Christopher Lambert de idéntica guisa. El buen salvaje criado entre monos por accidente llega a su palacio en edad adulta, rescatado para la civilización. El tráiler nos avanza el recibimiento y volvemos a tener serias dudas de que un mesetario entienda el idioma astur:
–Ven pacá, voy llevate al tu cuartu. Espero que nun pases frío.
–Cuidau con les escaleres. Son muy ensidioses.
La celebración de la Semana de les Lletres se completa con el doblaje de ‘Orixe’ y ‘Ocean’s Eleven’, menos glamurosas. El público bilingüe aguardará ansioso ‘La vida de Bryan’ en versión asturiana para rematar con humor la campaña cooficial en los labios del mismísimo Jesucrito crucificado, dando lustre a este idioma que se encamina a estar vigente en todas las ventanillas de la administración pública. «Perdonailos, Señor, porque nun saben lo que facen».

(Publicado en EL COMERCIO el viernes 4 de mayo de 2018)

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La maquinona de Cabueñes
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Adrián Ausín | 29-04-2018 | 10:13| 0

Una nave espacial, en cutreversión de cine sesentero, sufre un ataque. El enemigo le ha disparado un rayo láser que produce una explosión en la popa y sus mecanismos empiezan a fallar y a gritar. En la sala de mandos todas las luces se encienden y se apagan en sintonía con un infernal sonido intermitente, entrecortado por los extraños rugidos del motor de la aeronave, el chirriante destello de una especie de radial, los disparos con que replican los protagonistas y los martillazos de un tripulante negro, y bigotón, para desbloquear la puerta.

Esta jaula de grillos, con la que nos describían el futuro hace cincuenta años, se puede revivir de forma gratuita en pleno 2018 en el Hospital de Cabueñes. Basta con que la traumatóloga pida una resonancia para el paciente. La emoción, por llamarla de alguna forma, está servida. Un modernísimo aparato estrenado este año le someterá al cilúrnigo a veinte minutos de ruidos tan dispares, extraños y galácticos (lo de los martillazos es literal) que no dejará de mirar a uno y otro lado a ver dónde está la cámara oculta. ¿Es una broma? ¿Cómo es posible? ¿A qué viene este escándalo? Tal es la situación que, pese a dejar la cabeza fuera del cilindro torturador, las enfermeras dan unos tapones para los oídos a su sufrido, y último, paciente del día antes de iniciar la sesión. ¿Y la otra máquina, la más antigua, mete más ruido o menos? «Parecido», aclararán sonrientes al final.

resonancia-reduxSi los sonidos se asociasen a las correspondencias asimiladas por nuestro cerebro uno no saldría vivo de esta maquinona. La radial lo habría cortado en pedazos y el martillo pilón lo habría aplastado como una lata de Coca-Cola para ser reciclado a continuación al contenedor de orgánicos, con premio póstumo para la familia por la adecuada separación de residuos. Pero no. Cuando extraen al cilúrnigo del tubo futurista éste sigue entero, con sus calzas, sus calzoncillos y ese batín de Ágata Ruiz de la Prada abierto por detrás con el que más que ‘Star Trek’ le pondrían a rodar seguramente ‘Alguien voló sobre el nido del cuco’.

Cuando se corra la voz de la banda sonora de la ‘maquinona’ de Cabueñes quizá los pacientes en lista de espera renuncien a la rápida llamada del hospital, que la tiene al ingenio trabajando mañana y tarde (antes de que explote). Y acaso aparezca un nuevo público vestido de R2-D2, C-3PO, Darth Vader y Chewbacca. En vez de los Yelmo, los fans del cine aeroespacial ya pueden llevarse las palomitas al hospital.

(Publicado en EL COMERCIO el sábado 28 de abril de 2018)

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De mayor quiero ser… playu
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Adrián Ausín | 21-04-2018 | 11:12| 0

En aquellos colegios familiares de los años setenta solo había una actividad extraescolar:la fiesta de fin de curso en un merendero. Así era, al menos, en aquel entrañable colegio Eliska de la calle Padilla. Por estas fechas, las profesoras empezaban a decir aquello de «este año nos vamos a Canarias», una promesa que levantaba los bienes y hurras de los niños. Sin embargo, llegado el momento, el festejo se celebraba siempre en Los Maizales, en Santurio. Todos los años igual; de Canarias a Los Maizales, un recorte que suscribiría el mismísimo Montoro. Pero, pese a la merma viajera, era todo un éxito.

reduxEstos días preveraniegos puede verse desfilar por la arena de la playa a grupos de escolares de seis y siete años pertenecientes al colegio San Vicente de Paúl, que traslada la clase de Educación Física a cielo abierto aprovechando su vecindad, el buen tiempo y las bajamares. Comandados por José, los niños recorren el arenal desde el Piles hasta San Pedro recibiendo una clase magistral de gijonismo. Lo primero es la seguridad. Toca hablar de los colores de las banderas, de las funciones de la caseta de salvamento, de la protección solar… Y José intenta que sus alumnos acierten. ¿Qué tiene alguien que necesita a un socorrista? «Flato». ¿Qué suena por megafonía? «Tan, tan, tán…». ¿Cómo os estáis portando hoy? «Maaaal».

La preocupación del profesor es llevar a la tropa agrupada y eso, claro está, con los atractivos de la arena, los pozos y algún que otro tesoro, es misión imposible. A los niños, explica, les viene muy bien espoxigar al aire libre, pues quizá su jornada esté a caballo entre el aula y su casa. Así, mientras el tiempo acompañe y la playa no se masifique, el San Vicente traslada sus clases de gimnasia a pie de mar. Unas veces, para practicar deporte. Y otras, para dar un paseo didáctico que incluye la explicación práctica de la desembocadura de los ríos, el reciclaje de los diferentes tipos de basura o los peligros de las mareas.

Patear San Lorenzo también permite empezar a formar a los futuros playos. Hablarles del Piles, la Escalerona, San Pedro, Cimavilla… En la mente de José está el darles un adiestramiento explícito en este sentido, pero cuando mira a los renacuajos que tiene alrededor se corta un poco. «Quizá sea prematuro». Mejor ir introduciendo conceptos y completar el ADN local cuando estén en Secundaria, etapa en la que la salida a la playa está asimismo incluida en la atractiva ‘oferta’ del San Vicente, una buena cuna para ir formando al playu del mañana.

PD.-Próxima clase a pie de arena: conjugación adecuada de los algoritmos «qué ye ho» y «vas decime tú a mí». Cuanto antes, mejor.

(Publicado en EL COMERCIO el viernes 20 de abril de 2018)

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Sobre el autor Adrián Ausín
Adrián Ausín (Gijón, 1967) es periodista. Trabaja en el diario EL COMERCIO desde 1995. Antes, se inició en la profesión en Bilbao, Sevilla y Granada. Sus aficiones apuntan en muchas direcciones: naturaleza, bricolaje, viajes, fotografía, cine y literatura. Todo ello con epicentro en Gijón.