El Comercio
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Autor: oquillas
El raposo (juguetón) de Fontaciera
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Adrián Ausín | 16-02-2018 | 1:25| 0

Hay ventanas privilegiadas en Gijón. La mayoría solo tienen vistas al bloque de enfrente y eso, salvo afán de cotilleo, aporta más bien poco. Otras miran al mar, palabras mayores. Yluego están las que viven en contacto directo con la naturaleza. En Fontaciera, en plena zona rural, la ventana de un joven matrimonio no deja de sorprenderle un día tras otro. Su casa es la última de una empinada cuesta y tras ella, al otro lado de un vallado traslúcido, hay toda una selva autóctona a su disposición. Entre manzanos, zarzas y praos, la vida salvaje asturiana se manifiesta con una naturalidad pasmosa. En especial, a primera y última hora.


Según cuentan, están incluso cansados de ver corzos. Es habitual divisar jabalíes, que han llegado a entrar en su parcela. Y tampoco se les ha resistido el gato montés, al que han contemplado incluso en disposición de cazar a un precioso pájaro en posición de reposo. Al final, la sangre no llegó al río.

raposo-fotoEl cambio de año ha traído una novedad: el raposo. En este caso no se trata de un depredador de paso, sino más bien de un vecino que ha llegado para quedarse. El matrimonio intuye que tiene su guarida en unas zarzas próximas, pues el bicho se deja ver muchas mañanas. También a media tarde. La cosa se ha vuelto tan familiar que han llegado a abrir la ventana para llamarle y ni se inmuta. Así es como han llegado a grabarlo jugando con una misteriosa pelota azul, a buen seguro robada con nocturnidad y alevosía. La sigue, la muerde, se revuelve con ella y vuelta a empezar. No es misión imposible contemplar un raposo en Asturias. Todo el mundo ha visto alguno en el monte o en la carretera. Ahora bien, tenerlo enmarcado en la ventana de casa haciendo carambolas con una pelota parece más bien ciencia-ficción.

El raposo de Fontaciera muestra un pelaje reluciente y aparenta estar bien alimentado. Tanto como para tener serias sospechas de la existencia de una conexión entre su presencia monte arriba del valle y la desaparición de gallinas que ha empezado a tener lugar en una casa situada, también en un alto, a apenas 500 metros. No hace falta ser inspector jefe para atar cabos.

Hace justo un año, en el alto de La Madera, un vecín puso una trampa para el raposo tras perder hasta 19 aves en una carnicería digna de ‘La matanza de Texas’. Lo cogió. Sin embargo, luego pasó pena por el bicho y lo soltó. Eso sí, en otro valle lejano. ¿Qué pasará en Fontaciera? Ver al raposo haciendo malabares con una pelota azul desde la ventana es un espectáculo demasiado hermoso como para ‘perdonarle’ unas gallinas.

(Publicado en EL COMERCIO el viernes 16 de febrero de 2018)

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Suenan las motosierras
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Adrián Ausín | 10-02-2018 | 1:12| 0

En plena invernada, con los termómetros y el ánimo bajo cero, el campo es la válvula de escape perfecta. Da igual que esté encharcado. Solo es cuestión de ponerse las botas de agua, equiparse y aguardar como un raposo esos tiempos intermedios que van dejando los chaparrones. El frío glacial mantiene la naturaleza estática, hay tal quietud en los prados que cualquier tarea tiene un resultado de larga duración. Una de las principales entre enero y febrero son las podas, que le dejan a uno la misma sensación que cuando sale del barbero. Cortar para fortalecer, para regenerar, para reequilibrar.

motAsí, desde Fano hasta Castiello, desde Fontaciera hasta Deva, en la zona rural es moneda común en estos días toparse con el sonido de las motosierras haciendo su contradictoria labor. Pues cortan vida para renovarla. Y, de paso, llenan las leñeras de provisiones para afrontar con éxito otra guerra paralela: la del calor contra el frío, la del fuego contra (en casos extremos)la nieve.
Antes de empezar la tarea, es bueno rodear el árbol, escrutarlo, analizar inclinaciones peligrosas sobre las que puede cebarse un vendaval, descubrir ramas que distorsionan la armonía interna y, con el plan de ataque en mente, arrancar la motosierra. Cuando el grosor es importante, procede ir de fuera adentro, lo cual permite ya trocear los tucos para la chimenea en el propio árbol. El característico sonido balbuceante del acelerador inunda el campo a media mañana, dejándose oír en la distancia como una injerencia no del todo desagradable. Del eficaz trabajo de la motosierra salen enseguida una montaña de troncos, por un lado, y otra de ramas, por otro. Ambas para quemar, una en la vivienda y otra en la hoguera cuando haya secado un poco. La poda resulta esencial con los manzanos que, en su caótico crecimiento, tienen especial querencia a las declinaciones más inverosímiles, los chupones y cruces de caminos que acaban afeándolos y haciéndolos vulnerables. Algunas veces, ojo, también graciosos.

La peligrosa maquinona hace su tarea a velocidad de vértigo. Solo falta criterio. Luego vendrán las tijeras de podar para las ramas menores. Finalmente, una buena inyección de cobre y antídotos contra las ‘formas invernantes’, esa maravillosa semántica que engloba a línquenes, hongos y musgos varios. Una buena fumigada resultará providencial para que, llegada la primavera, todo esté en perfecto estado de revista.
El campo le marca los tiempos al hombre. Seguirlos es garantía de éxito. Y de paz interior. Cuando en un par de meses la sidra esté fermentada en las barricas, lista para el embotellado, quien haya hecho ahora los deberes podrá laborar tranquilo mientras su pomarada se despereza con fuerza. La motosierra actuó a tiempo.

(Publicado en EL COMERCIO el sábado 10 de febrero de 2018)

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La partitura
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Adrián Ausín | 09-02-2018 | 9:55| 0

El silencio forma parte de la partitura. Hay silencio antes y hay silencio después. En la naturaleza, el silencio es una nota musical más, con la que congenian maravillosamente los pájaros, el viento, el sonido del río e incluso los animales salvajes. Entre los hombres, cuando se hace el silencio la cosa cambia. Puede ser un reposo. Pero puede ser un drama.

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Sin cucho no hay paraíso
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Adrián Ausín | 26-01-2018 | 7:16| 0

Un joven lleva al güelu a Cabueñes con una parálisis que le afecta a la mitad de su cuerpo. El señor pasa de los 90 años y en Urgencias le notifican que la cosa no tiene remedio. Plantean internarlo con un tratamiento farmacológico y el chaval pregunta: «Pero eso, ¿no puede tomarlo en casa?». La respuesta es afirmativa. El hospital le ofrece entonces una ambulancia para regresar al hogar, en la zona rural de Villaviciosa, pero rechaza la oferta:
–Trájelu yo, llévolu yo.

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El peligro de las boñigas
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Adrián Ausín | 08-01-2018 | 9:31| 0

El cilúrnigo ha saltado al prau del vecín a recoger boñigas cuando ocurre algo inusual. Está agachado, absorto en su tarea, con un cubo y una pequeña pala sin percatarse de que Adolfo ha soltado las vacas. Éstas se han mostrado siempre esquivas. Sin embargo, hoy pasa algo extraño. Tres hermosos ejemplares, en especial una res blanca, se dirigen a paso inusualmene rápido hacia el intruso, que se percata de repente de su aproximación con el rabillo del ojo. En un instante pasan al trote, levantando mucho el culo como si estuvieran en un ruedo americano y dirigiéndose directas a su objetivo. «¡Eh, tú, esas boñigas son nuestras!», podrían estar pensando. O «¡eh, tú, esti prau ye nuestru!». Una de dos. O las dos cosas a la vez. El caso es que trotan.

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Sobre el autor Adrián Ausín
Adrián Ausín (Gijón, 1967) es periodista. Trabaja en el diario EL COMERCIO desde 1995. Antes, se inició en la profesión en Bilbao, Sevilla y Granada. Sus aficiones apuntan en muchas direcciones: naturaleza, bricolaje, viajes, fotografía, cine y literatura. Todo ello con epicentro en Gijón.